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Un genio enfermo

21 crímenes de papel 2/21

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La vida de Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849) es el terreno perfecto para la fantasía y el terror; su final alcoholizado desbarrando por las calles de Baltimore aún es caldo de cultivo para disímiles conjeturas: se dice que murió de congestión cerebral, de cólera, de rabia, por las drogas, que en realidad se trató de un suicidio: quizá el rey de los elfos vino en su búsqueda, insatisfecho por el resultado de su obra. Muchos de los poemas y hasta ensayos como su Filosofía de la composición desprenden ese aroma inconfundible con que el espíritu romántico impregna cuanto toca. El cuervo es la historia de un poeta deprimido obsesionado con la partida de su amada Leonor (por más que el pájaro maligno insista —never more—, él seguirá figurándose que de las profundidades del plutónico reino volverá su dicha, acto de melancolía suprema). Por las páginas del genio bostoniano pululan espectros, gatos, ratas, locos y casas a punto de derrumbarse; y, siempre, la muerte de una mujer hermosa, el más bello de todos los temas del dark romanticism.

Rüdiger Safranski dice en Romanticismo que “el espíritu romántico es multiforme, musical, rico en prospecciones y tentaciones, ama la lejanía del futuro y la del pasado, las sorpresas en lo cotidiano, los extremos, lo inconsciente, el sueño, la locura, los laberintos de la reflexión”. Todo esto se puede encontrar en la obra de Poe; y, matizándolo todo, un humor opaco, pegajoso, que ha contaminado la prosa de sus herederos, del H. P. Lovecraft de En las montañas de la locura al Stephen King de El umbral de la noche. Pero, además, Edgar Allan Poe fundó con este relato que comento el género policial, y abrió las anchas puertas de la narrativa negra y el suspense.

Siempre he pensado que Los crímenes de la calle Morgue es a la novela policial lo que Don Quijote de La Mancha es a la novela moderna: el cabo desde donde se puede establecer un comienzo, pues así como en la novela insuperable de Cervantes hallamos al precursor de Mann y Proust, de Faulkner y Wolfe, de Cortázar y Balza; de Mishima y Akutagawa; de Hamsun y Dürrenmatt; de Galdós y Cela; en fin, de Joyce, Beckett y Kafka; asimismo, en el cuento de Poe está el germen de lo que los siglos xix, xx (y xxi) han aportado a este género popular, siempre adorado, siempre despreciado: en la historia protagonizada por Chevalier Auguste Dupin, el “primer” detective de papel, está enrollado el futuro del género, de Holmes al padre Brown; de Poirot y Miss Marple a Járitos y Langdon; de Lönnrot a Marlowe; de Tom Ripley a Juancho Calvo y Jason Bourne. Tal vez sea ese el mérito de lo fundacional: ser el genoma primigenio, el perenne ruido de fondo.

El relato está claramente dividido en tres secciones, aparentemente inconexas: un primer fragmento donde el narrador reflexiona acerca de las habilidades mentales y de la ventaja del whist, popular juego de naipes, frente al ajedrez: “El mejor jugador de ajedrez del mundo sólo puede ser poco más que el mejor jugador de ajedrez; pero la habilidad en el whist implica ya capacidad para el triunfo en todas las demás importantes empresas en las que la inteligencia se enfrenta con la inteligencia”. Y de esta manera preanuncia la aparición de monsieur Dupin, “cuyo único lujo son los libros”, extraño amante de la noche y con un cerebro privilegiado que le permite, en la segunda parte del texto, deducir por simple observación los pensamientos de su estupefacto acompañante, que además es el narrador (y que a nadie se le escape de dónde se alimentó Conan Doyle para crear su famosa pareja Holmes/Watson). Una vez demostrada la innegable habilidad del protagonista, Poe pasa a relatar el verdadero asunto del cuento: una hermosa joven y su anciana madre, madame L’Espanaye y mademoiselle Camille, son asesinadas con brutalidad –la joven es hallada horriblemente incrustada en la chimenea; la madre, descuartizada en un patio adyacente–. Los testigos, que escucharon gritos, no se ponen de acuerdo acerca de la lengua en que esos alaridos fueron proferidos; nadie ha entrado, nadie ha salido, y el crimen no parece tener una explicación lógica. La tiene: Dupin, después de un sesudo análisis, halla la solución que, siempre, será una sorpresa para el que lea por primera vez el cuento, y por eso no la revelo. Baste decir que hace treinta años, cuando, inocente de mí, descubrí al asesino, no pude dormir en paz pensando, no en el espantoso crimen, sino en cómo Poe había podido crear tan delicada y hórrida historia.

Probablemente mi primera lectura de la calle Morgue fue cortesía de Cortázar, uno de sus aventajados discípulos, que lo tradujo; pero estoy seguro, da igual el traductor, de que cuando vuelva a esa calle me estará esperando la malvada prosa del papá de los contadores de historias policiales: Poe, un genio enfermo.


Los crímenes de la calle Morgue

Edgar Allan Poe

Publicado por primera vez en la Graham’s Magazine, Filadelfia, abril de 1841(Vol. XVIII, no. 4).