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Los funerales de Pueblo Nuevo

Óleo de Mike Davis / Cortesía

Óleo de Mike Davis / Cortesía

Un relato del escritor marabino

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A Obidio Medina

I

«La vida en el Más Allá es como nadar de noche en el lago», dice Manuel que le dijo Isidro. A mí la frase me parece conocida, pero no voy a discutir en este momento. Manuel añade que Isidro vendrá a buscarlo a la noche. Isidro se ahorcó cuando todavía éramos muy jóvenes. Era nuestro center field. Y Manuel se está muriendo. Aunque Manuel murió hace mucho. Murió para que naciera Estrellita: lo mejor de nuestro equipo de béisbol. El pícher. La promesa del barrio. Un día, nuestros rivales empezaron a llamarlo Estrellita. A él le gustó el mote, pero no la burla. Y entre más molesto se ponía más duro lanzaba. Entonces dejaban de fastidiarlo hasta que terminaba el partido, y volvían con más empeño por haber perdido. Lo rodeaban. Lo empujaban. Y salían corriendo. Él quedaba tirado en la tierra, todo sucio. Nosotros casi nunca hacíamos nada y él nos miraba llorando.

Estrellita apenas si nos trataba, pero no faltaba a los juegos. Sabía que nadie iba a tirar la bola como él. Era único. Todos nos odiaban. Nos temían. Nunca perdíamos. Estrellita lanzaba en cada juego. Antes no habían esos criterios absurdos de no más de cien lanzamientos, ni descansos obligatorios, ni cerradores, ni relevistas. El pícher era el pícher. La lomita era suya. Y Estrellita era nuestro pícher. Llegaba maquillado y no sudaba ni gota. No le faltaba glamur. Se ajustaba su walkman a la cintura, se calaba los audífonos y escuchaba a Sheena Easton. Estrellita amaba a Sheena Easton. Estrellita quería ser Sheena Easton. Y yo le hacía de cácher: él miraba al home buscando mis indicaciones mientras tarareaba For your eyes only. Mascullaba la canción con sus labios granate y decía que sí o que no con la cabeza a cada seña. Levantaba los brazos. Suspendía su pierna como una garza altiva, y se lanzaba hacia delante en una especie de latigazo en giro, sin siquiera mirar a la mascota. Estrellita era imbatible y además: alto, blanco, delgado, de ojos azules. Tenía la fuerza de un demonio en su brazo derecho, pero le daba miedo bajar del montículo. Allí se sentía a salvo. Aceptado. Amado. El out veintisiete era su tormento.

Todo el barrio estudiaba en el liceo Udón Pérez. Y cuando Estrellita se volvió Estrellita dejó de ir al liceo. El director, al que todo el mundo llamaba Caridad, fue hasta su casa a ver qué pasaba. Ni así regresó. Estrellita se esfumó del aula. Y a cada juego llegaba con algo raro. Todavía recuerdo cuando apareció con las uñas negras y las cejas puntiagudas (exotic thin). Dijo que así le salía mejor la Ouija y que los espíritus le hacían más caso. No sé si eran bromas.

El barrio se llama Pueblo Nuevo. Y tiene la forma de la letra Pi. Lo escribo en presente porque aún existe, aunque casi todos se han marchado ya. No obstante, en aquellos tiempos de adolescentes malditos, fue el centro de nuestro universo, como el béisbol nuestro destino. Siempre discutíamos sobre quién sería el primero en llegar al Cincinnati. Una vez nos fuimos al Luis Aparicio y esperamos a que Concepción saliera del autopullman para darle la mano. Nos la dio a todos y eso confirmó nuestra fe. Al otro día estábamos en el campo del Udón convencidos de que llegaríamos a grandes ligas. Ender fue el primero en hablar con cierta solemnidad: «Yo voy a ser tercera base». Tenía razón. Era bajito, pelo encrespado y con huecos en la cara. Le decíamos Erredós porque tenía facilidad para la electrónica y cualquier cosa que se enchufara. Siempre andaba con Enrique, primera base indiscutible: medía como un metro setenta y seguía creciendo. Le pusimos Citripio, con eso teníamos al dúo de droides de Star Wars en el infield. En el jardín central estaba Isidro, un flaco melancólico radical a quien parecía no importarle para nada los Reds ni ninguna cosa de este mundo. Y con él, a la derecha y a la izquierda, estaban los hermanos Karamazov, que no se llamaban Karamazov sino Gurov. El padre había llegado desde Rusia escapando del comunismo, decían ellos, y acabó de oficinista en la ferretería del señor Bernardo Morillo. Yo les llamé Karamazov porque en la biblioteca de mi padre había un libro con ese título y me dijo que lo había escrito un ruso. Los hermanos Karamazov eran rubios y gordos y siempre tenían hambre.

La segunda base se llamaba Tomás. Era el más feo del barrio. Parecía un murciélago adolescente. Tenía los ojos como cerrados y no tropezaba con nada. Tampoco se le escapaba un rodado o lo que fuera que le batearan. Su cuerpo amorfo iba de frente a la bola sin una pizca de miedo. Realmente era feo. Su cara de murciélago espantaba. Nunca le conocí una enamorada, pero era fácil para amigarse con quien sea, menos con nuestro short stop que era el negro más pretencioso del mundo: Estrellita le decía Kunta Kinte. Era grueso y musculoso y lo recuerdo como el mejor campo corto de la parroquia entera. Y este, a fin de cuentas, era nuestro equipo de béisbol. Las futuras estrellas del barrio. No teníamos emergentes ni banca. Puros titulares.

Estrellita se ha echado a reír con la cara de murciélago de Tomás. Tose y deja una horrible mancha de sangre en la toalla. Dice que en adelante me refiera a él como ella. Yo la miro con cierta conmoción y me pide, forzando una sonrisa, que no me asuste: «Anda, Mario, sigue contando», dice llenándose el pecho de aire y acomodando la almohada. Mira al techo como perdida, pero solo está esperando por mí. Añade: «Me encanta que hables como si ya fuera difunta, parece que estuvieras leyendo mi obituario». Sonríe y mira con sus ojos tristes y más azules que nunca. Entonces digo que a Estrellita le emocionaba usar el uniforme de béisbol. Cuando tuvo el pelo hasta los hombros, se sacaba una cola por detrás de la gorra. Una gorra roja con un botón negro en la coronilla. La camiseta y los pantalones eran blancos y se ponía, debajo, una sudadera con mangas largas. Y aunque jugaba siempre con nosotros, en los ratos libres, que eran muchos porque ya no iba a clases, se los pasaba con la hermana de los hermanos Karamazov. La hermana de los hermanos Karamazov se llamaba Tanya. «Tatiana», precisa Estrellita, sin mucho aliento. En fin. Tanya nos miraba por encima del hombro. Tenía casi dieciocho y era una rubia despampanante. Tanya y Estrellita se hicieron muy amigas. Iban juntas a todas partes. Se pintaban las uñas. Se maquillaban. Y de noche les gustaba ponerse a conversar con los muertos. Fue Tanya quien le enseñó a manejar la Ouija. Tanya decía que los muertos se quedan en el barrio donde vivieron, que ese era su paraíso: «si llamas a un muerto en un lugar lejano a su casa, te responde el diablo», decía muy seria porque, si algo no tenía Tanya era sentido del humor. Solo reía con Estrellita y solo de vez en cuando. La típica amargada. Pensé que Estrellita y Tanya eran más que amigas, pero un día, en la cola del cine Costa Verde, vi a Tanya con su novio secreto, nuestro short stop, y a Estrellita con ellos. Conversaban de lo más tranquilos. Se llevaban bien. Lo de Estrellita con Tanya sí que era cosa de mujeres. Recuerdo una vez que Estrellita había tirado tres bolas seguidas y andaba de muy mal humor. Así que pedí tiempo y fui hasta el montículo a sacarle conversa. No le dije nada sobre el juego ni sobre la rabieta que se le veía en los ojos, solo le pregunté si le gustaban los hombres o las mujeres, y se echó a reír a carcajadas: «me gusta ser mujer –dijo–, me gusta pintarme, vestirme, bailar, tener amigas, pero hasta ahí; y los hombres, con tu perdón, son el error más grande de Dios en su vida, ¿alguna otra duda?», «¿podrías lanzar afuera y bajito a ver si este pendejo deja de esperar la base y se anima a batear?» Estrellita volvió reírse y ese día pichó de lo mejor. Y por supuesto que ganamos el juego. Al final, Estrellita se marchó antes de que empezaran a fastidiarla.

Tanya se quedó embarazada. A la rusa se la enamoró, como ya dije, el negrito del barrio, tres años menor que ella. Aquello prometía ser un deleite de chismografía, para decirlo en la lengua larga de los literatos rusos, pero su padre le exigió resolver pronto el entuerto. El día que supo que tenía varias semanas con eso adentro, se pasó la noche llorando junto a Estrellita. Lloraba porque ya no podría ir a la universidad. Lloraba porque ya no podría ser enfermera. Lloraba porque eso no le podía pasar a ella. Lloraba porque tenía ganas de llorar y porque no sabía qué otra cosa hacer. Estrellita la abrazaba, pero no lloraba sino que pensaba, y pensaba que aquello no tenía solución, o que la solución no parecía una solución, o que no había, al menos, una solución mágica sino complicadísima, tan complicada como que Tanya se había quedado enamorada, o tan complicada como la vida que le había tocado a ella, a Estrellita, y a todos los demás. Y eso era todo. Solo que a veces sucedían cosas que te hacían pensar en todas esas complicaciones juntas. Esa sería una buena teoría sobre la desgracia. La desgracia como un instante de lucidez. Lo ves todo de golpe, pero no es hora de andar con teorías.

«No pensemos en la barriga en sí, pensemos en el efecto que producirá», le dijo Estrellita que, a todas estas, ya se habían subido a la azotea del señor Gurov y hablaban y callaban echadas bocarriba, como si hicieran ángeles en la nieve. No aguantaron mucho porque el techo seguía caliente por la resolana del día. Bajaron al cuarto de Tanya y pasaron llave a la puerta. Para las desgracias es mejor un público reducido. Y Estrellita siguió pensando mientras Tanya volvía a llorar: «Si no vas a la universidad será peor», dijo Estrellita con el ceño fruncido. Continuó: «Me parece que esa cosa que llevas en la barriga te obliga, más bien, a no dejar pasar ninguna oportunidad», «claro, iré toda barrigona», dijo Tanya, irónica, «no serás la primera, Tanya; haces el primer semestre y pides permiso por el siguiente; luego sigues, apenas te saltarás uno», «¿y quién lo cuidará?», «todos seremos niñera un día a la semana, ya verás, estate tranquila», «¿y Justi?», «¡que trabaje como un burro!», sentenció Estrellita para zanjar la discusión y poniendo malacara.

«No has dicho el nombre del negrito, ¿o lo vas a dejar negrito?», dice Estrellita sin mirarme.

El negrito se llama Justiniano y dijo que se casaba con Tanya. Al señor Gurov, que siempre tenía pinta de fastidio, uno no sabía si aquello le gustaba. Asintió y Tanya empezó con los preparativos. De la jefatura a la iglesia el mismo día. Había prisa. Los hermanos Karamazov se hicieron sus trajes. Papá Karamazov, también. La señora Karamazov dio su bendición, pero desde el Más Allá y le aseguró, a Tanya, que estaría en la boda todo el tiempo. Tanya parecía contenta. Si al principio creyó que no tenía futuro, ahora pensaba que se le venía encima muy rápido. Estaba suspendida en la punta de una montaña rusa y tenía que prepararse para el bajón, la opción de saltar no estaba prevista. Y menos si Estrellita era, oficialmente, su dama de honor. Y Estrellita se lo pensó, no sabía si era un reconocimiento o una estrategia: nadie murmuraría sobre la sospecha de una barriga imprevista, sino sobre ella, sobre esa dama oscura que atravesaría la iglesia desafiando al cosmos y al barrio. Al final no le importó lo que fuera y aceptó.

 

II

En víspera de la boda: el calor vaporizaba el asfalto. Y allí, en medio de las emanaciones bituminosas que ascendían, yacía muerto, bocarriba, con los ojos abiertos y cara de desconcierto absoluto, el papá de la hermana de los hermanos Karamazov: el señor Gurov. Tanya lloró más que ninguna otra vez. Abrazaba a sus hermanos y seguía llorando. Los hermanos Karamazov también lloraban, con doble mortificación, porque a esa edad los hombres no lloran, no delante de los demás. Tanya y Estrellita no podían creer ni explicarse que la muerte llegara de esa manera. ¿Es que Dios no existía?, murmuraba la hermana de los hermanos Karamazov para sus adentros. Ahora Tanya tenía tres hijos, pensó Estrellita sin abrir la boca, observando la escena de los hermanos perturbados. Como sea, prefirió esperar a que los agentes funerarios pusieran al señor Gurov en la sala de la casa para, de seguidas, encerrarse con Tanya en el cuarto. Le urgió a que invocara a su madre y le preguntara qué hacer. Tanya, toda trémula como andaba, sacó el tablero de la Ouija y la llamó: la señora Karamazov dijo que la boda no podía suspenderse y añadió, enfática, que el señor Karamazov debía ir a la ceremonia y entregar a su hija aunque fuera metido en el ataúd. «Eso es lo que él quiere», aseguró la difunta como si tuviera al señor Karamazov a un lado. «¡Lo llevamos en el carrito plegable de la funeraria!», saltó Estrellita disolviendo las dudas, y decidió también que los hermanos Karamazov fueran los empujadores de su padre. El sarcófago iría al paso de la marcha nupcial, decorado para la ocasión. Luego habría una recepción-velatorio. En la sala, el muerto y en el jardín, los novios, sin olvidar que las fotos de la boda debían incluir al señor Karamazov, para lo cual se requería colocar el ataúd de forma vertical. El rigor mortis facilitaría que el cuerpo mantuviera su compostura, pero ni muerto se le quitó su habitual pinta de fastidio. Tanya llevaría puesto su vestido de novia hasta el entierro. No habría luna de miel, a cambio, el matrimonio comenzaba su vida con casa propia, dos hijos adolescentes y uno, discretamente en camino. Estrellita pensó, en secreto, que todo era su culpa. Un entierro y una boda, juntos, tenían que guardar un significado muy serio. El señor Bernardo Morillo, que pasó un rato en la sala y otro en el jardín, pareció confirmarle esta sospecha: notificó, a viva voz, que pondría a Kunta Kinte en el cargo del señor Karamazov para que no se pensara que todos los capitalistas son indiferentes al dolor de su nómina. El anuncio de esta decisión lo hizo hacia el final de la recepción-velatorio, proponiendo además un brindis por los novios y por el muerto, «ambos son caras de la misma moneda», dijo usando una metáfora comercial y concluyendo que, entre la sala y el jardín del señor Karamazov, se podía palpar el orden del universo: «nos queda guardar a nuestros muertos en la memoria y seguir la vida como si nada», dijo con los ojos achispados, pero en sus cabales. De lo demás se encargaría la mano invisible del mercado.

Estrellita caminó con más elegancia que la novia. Llevaba un vestido largo hasta el piso. Un corte de princesa de un solo hombro, de chifón, color rosa perla y una faja negra con moño. Estrellita se robó las miradas y la maledicencia de los invitados. El ataúd rodaba, silencioso, sobre un carrito plegable de acero niquelado, con un gran lazo para carro de bodas. Los hermanos Karamazov y Justiniano iban de smoking negro y pajarilla. Todo era sobrio y sigiloso. Hasta la marcha nupcial sonó discretísima interpretada por un solo violonchelo. El resto de los músicos se negó a tocar al enterarse de la rareza de la ceremonia. Fue una boda-entierro con buen gusto y sensibilidad. Y Estrellita fue el artífice. Su fama se extendió más allá del barrio y, desde ese día, se dedicó a organizar eventos de lo que fuera, pero los entierros y las bodas eran su especialidad.

La señora Fedora era bajita y jorobada y su hija, alta y sordomuda. Atendían un abasto estrecho de tablas celestes. Estrellita le decía la Jorobada de Notre Dame porque, además de «popora», tenía un afiche desvencijado de la catedral que se veía desde el mostrador. Ellas fueron las primeras en llegar a la iglesia del Perpetuo Socorro y se ubicaron en la primera fila de la nave derecha. No le quitaron los ojos al extraño cortejo. Se miraban en desapruebo, con cierta grima, por aquél contubernio de ritos que incluía a Estrellita. La señora Quasimoda no sabía ni qué pensar. Una novia embarazada (eso sí lo sabía…), un muerto y hombre que se creía mujer caminando juntos, por todo el medio de la iglesia, de camino al altar. Y este cura hippie acepta que un muerto entregue a su hija en casamiento, y que la dama de honor no sea ni dama ni honorable, se decía la señora Quasimoda y, de paso, le transmitía este pensamiento, con tenebrosa exactitud a su hija sordomuda. Pero la sordomuda no pensaba con los pensamientos que le transfería su madre Quasimoda, sino que tenía los suyos propios, y uno era que Estrellita le gustaba así como la veía, por eso no perdió chance de hacerle ojitos cuando le pasó por un lado.

A las puertas de la Perpetuo Socorro se arremolinó el barrio esperando a la novia. Tanya llegó puntual, más bella que nunca, en el puesto de adelante de una reluciente carroza de la funeraria Chávez. El capó tenía un gran cruz de claveles blancos y el techo dos majestuosas coronas que habían enviado el señor Bernardo Morillo, a nombre de su ferretería, y otra, un poco más fastuosa, de un italiano llamado Tony Palmentieri. De entre los arremolinados salió don Juan Finito, dirigente de Acción de Democrática, que corrió a abrir la puerta a la novia. Era negro y fortachón y, según decían los viejos, fue el primer habitante de Pueblo Nuevo. Luego ayudó a los hermanos Karamazov y a Tomás a montar el ataúd sobre el carrito plegable que había dispuesto el chofer de las pompas fúnebres. El resto del cortejo había marchado desde la casa del señor Gurov hasta la iglesia, detrás de la carroza, con rostros contritos y enmudecidos. Estrellita los guio en el sofocante trayecto. Volvieron tras sus pasos, pero con el barrio en añadidura. De cortejo pasó a procesión y se cogieron de lobby la calle frente a la casa del señor Gurov. La sala de velación estaba forrada con cortinas de terciopelo rojo. El ataúd era metálico, color caoba, con elegantes herrajes dorados. El “embalsamamiento” del señor Gurov se veía magnífico, a pesar de la perenne pinta de fastidio que no lograron borrarle. Colocaron las coronas de Morillo y  Palmentieri junto a los cirios, además de veinte sillas y un termo enorme de café Imperial. Lo velaron toda la noche. Los recién casados, tomados de la mano y los hermanos Karamazov con ellos, se mantuvieron junto al ataúd, con breves descansos, hasta que llegó la hora del entierro. Los agentes funerarios lo cargaron hasta la carroza y salieron al San José en varios taxis facilitados por las pompas fúnebres. Se armó una buena caravana. Estrellita pensó en atar las tradicionales latas a la parte trasera de la carroza y darle notoriedad al recorrido, pero luego le pareció demasiado escándalo, a pesar de que la señora Karamazov les dijo que estas ahuyentaban a los malos espíritus.

«Ese muerto decidió nuestras vidas», dijo Estrellita. Yo esperé unos segundos a ver si decía alguna otra cosa que no dejara todo a mi interpretación, pero no, no añadió nada y yo supuse, luego, que se refería a que ella se hizo «organizadora de eventos» y yo, «redactor de obituarios» de Panorama. En todos los años que trabajé en el diario, hasta jubilarme, vestí de flux negro, camisa blanca y corbata gris. Pero volviendo al día de la boda-velatorio en casa de los Karamazov, Estrellita se me acercó echa un misterio y me preguntó, casi al oído, si yo había seguido escribiendo cuentos en secreto. Ella era la única que había leído uno, Pepa e’ Zamuro, que después me ayudó a quemar. Ese cuento era una versión gótica-lacustre de Piedra de Mar. En fin, le dije que sí con cierto espanto. Entonces encomendó una tarea que me encarrilaría a mi destino: «Según Tanya –dijo echa un misterio– la señora Quasimoda y la bruja de la Coca Cola son las que más conocieron al señor Gurov, así que sácales todo lo que puedas y escribe una bonita semblanza para que la leas en el entierro». Estrellita era muy mandona o yo demasiado obediente. El caso es que no me detuve a discutir, sino que salí a cubrir aquella pauta rarísima, pero decisiva.

Cuando no quedaba casi nadie en casa de los hermanos Karamazov, a Tanya le entró la quejumbrosa idea de que no tenía fotos con su papá. Y empezó a gimotear. A Tomás, que salió de pronto del baño y vio lo que pasaba, la cara de murciélago se le radicalizó, pero no solo la cara, se puso a decir cosas que parecían asuntos de Drácula, como que la muerte era el acto más humano que se pueda experimentar, que solo habría que preguntarse si en condición mortuoria existe algún tipo de conciencia porque, de ser así, su trascendencia era indiscutible, y sería la superación definitiva de ese estadio primitivo que pretende mantener vivo todo el cuerpo. Los pocos presentes nos quedamos boquiabiertos. Oír a un murciélago, por adolescente que fuera, decir lo que Tomás dijo, no es nada normal, y además siguió diciendo que solo un idiota podía aferrarse a esa idea que limita la vida a un organismo biológico. Entonces se puso a recitar Solo la muerte, pero cambió el orden de las estrofas, quitó y añadió palabras, hizo lo que le dio la gana, pero lo fue diciendo cogido de una agitación demencial que nos heló la sangre. Imposible olvidarlo parado en medio de la sala funeraria, con las cortinas de terciopelo rojo y el ataúd detrás de él, haciéndole escenario:

La muerte está en los catres:

en los colchones lentos, en las frazadas negras

vive tendida, y de repente sopla:

sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,

y hay camas navegando a un puerto

en donde está esperando, vestida de almirante…

 

Acabó cansado, pero de inmediato reasumió su performance. No nos dejó pensar en nada. Solo dijo, con voz firme, que le iba a hacer varias fotos a Tanya con el señor Gurov, pero que lo ayudáramos a sacarlo del ataúd. Kunta Kinte y Estrellita se miraron con pánico y,  sin importar qué tan aterrados estuvieran, obedecieron. Algo había en esa cara de murciélago radical que nadie podía negarse. Y creo que fue cuando hizo la primera foto, que tuve la idea de escribir una obra teatral donde no hubiera actores sino maniquíes, una voz en off diría, dramáticamente, los parlamentos; y un mortecino rayo de luz caería sobre los personajes según tocara intervenir a cada uno, y una mano, curiosa y agradable, haciendo perezosos movimientos, atravesaría el escenario todo el tiempo. Al final de la sesión fotográfica, Tanya parecía satisfecha y tranquila.

La jorobada de Notre Dame miraba a Kunta Kinte con cierta cosa. Decía que el muchacho estaba maldito, que tenía la marca de Caín, que no se imaginaba, bueno, tal vez sí, los motivos del señor Gurov para consentir semejante unión, pero que igual no era asunto de ella. Pero ahora que yo le estaba preguntando por el señor Gurov para escribir el encomendado obituario, podía decirme que era un hombre muy fiel a su difunta esposa, de hecho, la bruja de la Coca Cola, que fue discípula del famoso espiritista Profesor Boscare, le prestaba su cuerpo a doña Gurov para que pudiera satisfacer las necesidades terrenales de su marido. «Yo sé que está pensando que esa vieja es muy fea –decía la jorobada de Notre Dame con una risa siniestra– pero créame que al señor Gurov no le importaba mucho».

«¿Una vez me diste a leer algo sobre Isidro?, ¿cierto?», me interrogó Estrellita en voz queda para que no se le alborotara la tos. Quizás no quería que Isidro la oyera y se apresurara en llegar. Pero saltemos hacia adelante y, dejemos en el aire, un rato, el enterramiento del papá de los hermanos Karamazov. Y empecemos por decir que Isidro siempre andaba como ido, parecía un zombi de “La noche de los muertos vivientes”, mirarlo era como quedarse viendo el pavoroso póster de esa película, pero era un buen center field. Uno suponía que no le gustaba conversar, solo eso, porque de resto casi siempre andaba con nosotros. Su papá era predicador de una iglesia pentecostal del barrio y se la pasaba rezando en idiomas extraños. Cuando íbamos a por Isidro, para jugar en el Udón, el viejo salía todo ojeroso y nos decía que estaba cansado de pelear con el diablo toda la noche. En eso Isidro aparecía con su guante, debajo de una axila, y sin mediar palabra emprendíamos la marcha. Yo volteaba, a veces, a mirar al predicador que se quedaba petrificado en el portón, lelo, viendo para ningún lado. Pero sí, una vez escribí sobre la muerte de Isidro y ahora Estrellita acaba de recordarlo, y voy a decirle de memoria las primeras líneas, quizás ella todavía las recuerde: «La primera vez que escuché los tambores del país de los suicidas, era un imberbe huesudo y con mal aliento. Recuerdo que mi primo Heimar, otro imberbe desgreñado y con granitos en la cara, me despertó una nublada y calurosa mañana de agosto, en plena vacación del liceo y dijo, con ojos brotados y temblando de miedo, que Isidro se había ahorcado en la mata de níspero del patio de su casa. Y con tantos años que han pasado, no olvido que corrí sin lavarme y descalzo a verlo».

Citripio, nuestra primera base, era tan alto y recio que aparentaba ser mayor. Ahora que lo pienso, es raro que Tanya no se haya fijado en él sino en Kunta Kinte. En verdad, el amor es ciego. El caso es que Citripio consiguió trabajar de portero en el único bar del barrio: una casucha con techo de zinc, toda pintada de verde. Estaba en un terraplén al borde de nuestra caudalosa cañada. Digo “nuestra” porque a la vuelta de jugar nos metíamos por allí y soñábamos con alguna aventura al estilo del Capitán Nemo o de Jasón y los argonautas, por supuesto, entre heces, manglares y renacuajos. En fin, lo que quiero contar es que en cierta ocasión, un amigo del señor Gurov murió acuchillado en ese antro. Lo cierto es que todos corrimos al sitio –se llamaba La Cocaleca–  y Citripio nos entreabrió la puerta para que pudiéramos ver al cadáver tumbado, bocabajo, con el cuchillo en el espinazo. Era la cosa más impresionante que había visto. Me acuerdo, también, de la cara de impotencia del señor Gurov que estaba junto al cuerpo, y de algo misterioso e incomprensible que le susurraba, al oído, el propietario, otro paisano suyo de nombre, Dimitri Cura, que apenas pudo vendió el bar y se largó no se sabe adónde. Pero Citripio fue el protagonista indiscutible de aquella vez: él decidía quién sí y quién no podía ver al muerto. Años después, Citripio se hizo guardia de seguridad del Servicio Pan Americano de Protección, pero nunca se casó ni tuvo novia que sepamos.

Empero, si lo pienso mejor, fue la muerte de Isidro lo que marcó el destino profesional de Estrellita. Su estilo como organizador de funerales consistía en estructurar el velatorio, y la ceremonia de entierro, según la preferencias y asuntos del difunto y que, además, estuvieran pendientes a la hora del deceso. Entiendo que esto se lo explicó la mamá de los hermanos Karamazov, a Estrellita, en una de las tantas conversaciones que entablaron vía Ouija. Y la idea en concreto, para el servicio de Isidro, parte de una pregunta que le hizo Erredós a Estrellita justo cuando los petejotas estaban bajando el cadáver desde lo alto de la mata de níspero: «¿cómo vamos a jugar mañana contra el básico del Baralt si no tenemos center?» Estrellita lo miró, enternecida, y le dio unas monedas para que fuera a la mercería a comprar un rollo de cinta amarilla, la más gruesa y la más amarilla que hubiera. Y le aseguró, además, que ella se encargaría del resto.

Todo el equipo de béisbol caminó con cierta solemnidad detrás de la carroza fúnebre hasta la entrada del Udón Pérez. Llevábamos una cinta negra en el antebrazo izquierdo. Estrellita se encargó de convencer a los del Baralt: Isidro jugaría en el center y usaríamos un bateador designado. Es decir, delimitamos su área con la cinta amarilla y todo lo que cayera en ese cuadro sería out por regla. Igual para nosotros. Así que cada vez que nos tocaba salir a cubrir, colocábamos el ataúd en el jardín central. Estrellita pichó como siempre y estuvimos bárbaros. Pero fue nuestro último juego. Nadie volvió a coger un guante, excepto Erredós que estuvo a punto de firmar con Tiburones de La Guaira, pero su papá se lo impidió. Por esto renunció al béisbol y se hizo técnico en radiología y fotógrafo. Y en los arranques de la revolución bolivariana se largó a Panamá. No supimos más de él.

De regreso a nuestro primigenio velorio y atareado con el obituario que se me había encargado, la bruja de la Coca Cola me preguntó si yo sabía de qué había muerto el señor Gurov: «dijeron que del corazón», «¿quién lo dijo?», «la policía». La bruja torció la boca y se puso a colar café sin que nadie se lo pidiera. Nos sentamos frente a la urna del señor Gurov y me dio una vasito que echaba humo. «Antes de que muriera –dijo, mirando en los adentros de su café como si buscara alguna señal– anduvo preguntando por él un viejo que fue de la Seguridad Nacional, un tal Wilhelm Urdaneta», «¿y sabe usted por qué lo buscaba?», «el señor Gurov era un hombre reservado, no me confiaba nada en particular a pesar de lo que se piensa por esta calle», «¿de qué sospecha, entonces?», «no sabría explicarlo, es un pálpito, el señor Gurov era una especie de gestor del abogado que vive al frente del señor Juan Finito», «¿del tullido?», «sí, será eso, pero es un tipo peligroso», «el señor Gurov era oficinista de la ferretería…», «¿te parece que un empleadito va a tener una casa como esta?», dijo mirando hacia el techo y los alrededores. Estábamos solos en la sala, rodeados de las cortinas de terciopelo rojo y de cirios encendidos. Olía a floristería.

La muerte nos hizo crecer antes de tiempo. Y como diría Bioy Casares, la monstruosa urgencia por morir del papá de los hermanos Karamazov y de Isidro, nos dejó ver con claridad que todos tenemos un lado terrible en nuestros adentros, y que no hay manera de iluminarlo así se crea en lo que se crea. Lo mejor es tomarle cariño. Pero la muerte también nos da cierta lucidez, es semejante al impacto con un cuerpo de gran masa que nos descarrila como centro orbital de nuestro sistema planetario, y esa posición periférica es la que nos deja mirar y descubrir que, indisputablemente, existen otros en esta rarísima isla en la que vinimos a dar. Ya sé que la ilustración es exagerada (señalaría un astrónomo serio), pero la muerte tiene el efecto de ese golpe en nosotros. La fuerza de gravedad de la muerte es enorme. Nos saca de la rotación y nos pone a contemplar. Es una catástrofe cósmica para muchos, todavía. Y lo es. Bioy Casares también dijo lo siguiente: «Creo que perdemos la inmortalidad porque la resistencia a la muerte no ha evolucionado». En todo caso, lo que de verdad pensemos de la muerte solo lo sabremos cuando estemos frente a ella. Lo demás es literatura.

Estrellita hace una aclaratoria: «Al tullido lo recuerdo como a una versión maligna de Stephen Hawking. La bruja de la Coca Cola te dijo que el señor Gurov iba todas las noches a casa de ese misterioso hombre. ¿De qué hablaban? Eso no lo sabe nadie. Y yo jamás me atreví, por delicadeza, a preguntar nada en las tertulias, vía Ouija, que Tanya y yo tuvimos con él», explicó Estrellita a punto de toser y descomponerse. Y añadió: «Hasta donde pude averiguar, el tullido era abogado de un tal Palmentieri, El Zar de la Carne, a quien habían intentado matar, varias veces, en el sesenta y siete», «¿vainas de la mafia?», interrumpí casi incrédulo, «imagino que algo así, esos brollos no cambian», «bueno, para cuando me pediste el obituario, la única que parecía saber algo era la bruja de la Coca Cola, y lo que fuera se lo guardó…»

El obituario es nuestra última ficción. Si la muerte nos sorprende rodeados de gente que nos quiera, pues este será la narración de lo que intentamos o simulamos ser. Pero si en vez de eso nos odiasen con especial deferencia, como suele suceder, entonces se trataría de una venganza. Y ya dijo el señor Oscar Wilde que, el mejor ajuste de cuentas, el más extraordinario de todos los imaginables, sería hablar las mil maravillas del finado. Luego, solo vendría el olvido: el cobro perfecto.

Debo decir, pues, que Isidro llegó con puntualidad y discreción. Y aquel fue mi último obituario, escrito con mucha antelación, por cierto, como se hace solo con los grandes personajes. Y Estrellita bien que lo merecía. Pero antes de acabar con este relato malsano, acaso mi propio obituario, volvamos a los días del papá de los hermanos Karamazov, y vean lo que por fin leí, encaramado sobre el mausoleo no sé de quién, durante el enterramiento del señor Gurov, con todo el barrio de auditorio y, en primera fila: Tanya, vestida de novia; Kunta Kinte, los hermanos Karamazov, el equipo de futuros «biliguers» y, por supuesto, nuestra querida Estrellita. Y dije, pues, a voz de cuello, poseído por el espíritu del gran Demóstenes: «Fedor Gurov fue un fiel esposo, un padre amantísimo, un trabajador ejemplar y un ciudadano cabal desde que llegó de su Rusia entrañable a convivir con nosotros, en nuestro barrio, como un pueblonovano más…».