• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Diez fragmentos para oírme mientras leo una antología

Yolanda Pantin, años 80 / Foto: Vasco Szinetar

Yolanda Pantin

“La poesía de Yolanda –en palabras de Harry Almeda– se mueve entre los intersticios de esos lugares, sobre los cuales va esbozando su biografía personal. (…) Casa o lobo, la voz fundacional; de Correo del corazón hasta Poemas del escritor, la distancia irónica; de El cielo de París hasta País, lo provinciano y lo metropolitano; y por último, 21 caballos, écfrasis y abstracción poética” Esta semana Papel Literario dedica un Dossier especial a Yolanda Pantin con una muestra de su poesía, ensayos de Antonio López Ortega y Harry Almeda y una colección de fotografías por Vasco Szinetar y Ricardo Jiménez

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El polvo ha llegado para quedarse.

Usted puede permanecer,

o atravesarlo,

 

Texto escrito en la pizarra del bar, primera secuencia de Paris, Texas de Wim Wenders


Uno

Aunque a veces me cueste creerlo, yo también fui adolescente. Ocurría en Turmero, bajo el Sol de los últimos años de los sesenta, cuyos prodigios me perdí por retraído por tonto. Vivía (es un decir) en una modesta urbanización en las afueras del pueblo, hacia La Encrucijada, unidos ambos puntos por una carretera recta con árboles enormes en las orillas.

Un día, junto a los incondicionales coetáneos de la urbanización, decidí ascender El Picacho, esa montaña que se ve desde la orilla de la Autopista Regional del Centro, varios kilómetros detrás de las instalaciones de la Maizina Americana. Decidimos entrarle por un cerrito justo en frente de la entrada del haras Cruz de Hierro, antes de llegar al cementerio. Como inocentes víctimas que van al matadero sin saberlo, nos bebimos todo el agua antes de llegar a esa primera cima. En un rapto de iniciativa poco conocida para mí, llegué de primero. Y entonces descubrí el haras San Pablo, que se explayaba por un espacioso valle hasta el pie de nuestro destino, donde había un muy alto enjambre de sembradíos de caña de azúcar. Vi entonces a las bestias que pastaban lentos y seguros, recostando sus sombras sobre un verde casi amarillento por el verano. Con lógica estupefacta, grité a mis cómplices que si allá abajo había caballos, debería haber agua.

No conocía por ese entonces a Yolanda. Llegué a ella por Casa o lobo.


Dos

Es curioso que esta antología comience hablando de caballos de carrera y concluya con una lectura de las artes espaciales a través de las temporales, y en particular de un segmento de la obra de Kasimir Malevich, La carga de la caballería roja y Blanco sobre blanco.


Tres

Los caballos de carrera son el punto de encuentro entre dos espacios, entre dos formas de vivir y de leer el libro de la cultura. Se crían y pastan en el campo, mientras ejercen su oficio y su fama en la ciudad. La poesía de Yolanda se mueve entre los intersticios de esos lugares, sobre los cuales va esbozando su biografía personal. Pasea su distante y dolida nostalgia desde lo que Kenneth Clark llama el provincianismo (interesado más por el detalle, lo ilustrativo, su interés en lo real, su insaciable curiosidad ante el mundo, como dice Zagajewski [1]), hasta la tradición metropolitana que, en contraste, resalta y perfecciona, cambia y reinventa las reglas de la representación misma.

Campo y ciudad se encuentran a lo largo de esta antología, que me gustaría segmentar en cuatro cimas: Casa o lobo, la voz fundacional; de Correo del corazón hasta Poemas del escritor, la distancia irónica; de El cielo de París hasta País, lo provinciano y lo metropolitano; y por último, 21 caballos, écfrasis y abstracción poética.


Cuatro

Casa o lobo pone sobre el papel la historia de una niña que entreabre sus labios contra el viento, como reza Enriqueta. No es ejercicio de la memoria, es recuerdo, que son cosas distintas. Los terrores infantiles a Dios, moviendo los escaparates en el cielo, alegoría de los truenos. Sentarse en sillas de madera, sentir su dureza. Acariciar al hijo de Show Ring en Gradara. Las provincianas casas de hacienda, cuyos restos aún pueden observarse a lo largo de la Autopista Regional del Centro, dejan entonces de ser monumentos para convertirse en documentos. Es escribir en otro registro la historia del país, cuya modernidad ha arrasado con su naturaleza y con sus casas.

Es ése el núcleo duro de nuestra poesía, que ha inventado nuevos acontecimientos porque desconfía de la mentira de los hábitos. Porque el mundo que nos rodea quedaría desolado si no fuera por el mundo que hay en nuestro interior.[2]


Cinco

Varios puntos de fuga tiene esta poesía: la dolorosa y adrede distancia con lo que nombra, esa patina transparente entre la historia y las palabras que la reseñan, la ironía: Abril es el mes más cruel/ y / los peores poetas / escribimos en primera persona / versos que no importan a nadie // (Escribe: el mundo) // El mundo es el ombligo. También es oíble esa ironía (esta poesía no se lee, se oye) en largos fragmentos de Poemas del escritor y La canción fría.

En este libro (escribí en alguna oportunidad, en relación a La quietud [3]) encontramos algunos rasgos que pertenecen de lleno al espíritu de la modernidad: interioridad neutral en lugar de sentimientos, mundo fragmentario en lugar de mundo unitario, fusión de lo heterogéneo, un operar frío que convierte lo cotidiano en extraño, tensiones de fuerzas absolutas. La temática poética de lo imaginario en este libro es una excusa para explorar áreas no tangibles de lo real. Así sucede en los poemas Yo hice el cable submarino, Quiero descansar en la isla de Tobago, El río interior y El día que conocí a Susan Howe, texto donde Yolanda continúa su exploración en el ars poética.

Estos rasgos modernos, tal y como la entiende Hugo Friederich a partir de Baudelaire, abren camino hacia otro aspecto que cabe señalar de este libro: su apertura hacia lo que se ha convenido en llamar la posmodernidad literaria, expresada en su manera de ejercitar la intertextualidad, la ausencia de centro, el deliberado goce ante el pastiche, la nocturnidad vampiresca, las referencias al libro de la cultura y la ausencia de veneración ante la poesía como objeto artístico.


Seis

Muchas veces se confunde naturaleza con paisaje.

La Tierra habla un idioma antiguo. Proviene de un linaje distinto al lenguaje humano. La historia natural juega con fichas distintas a la historia humana, donde el concepto de la muerte plantea finalidades distintas. La lengua de la Tierra obedece a una historia de la Tierra. La lengua de los hombres, a su historia individual y colectiva. Entonces, no comparten la misma médula, ni las mismas nubes. Quizás por eso, nunca llegarán a tocarse, salvo en la tradición japonesa de la pintura de paisajes y el haikú, donde sujeto y objeto se funden en uno solo. Hablar de la Tierra implica conocer la historia de su lengua desde la lengua histórica de hombre. Y ya en este territorio, no hay epoché posible. El poema acerca de la naturaleza sólo obtiene su identidad gracias al paisaje, que a fin de cuentas es una construcción cultural cuyo origen en Occidente está, según los entendidos, en la pintura de los Países Bajos del siglo xvii.

Por eso, el paisaje sólo tiene sentido cuando se inserta en una historia que se cuenta en el poema (o en la pintura, como en Brueghel, el Viejo) o se incuba en la historia personal. Existen dos momentos: la cosidad del paisaje como imagen y la pérdida de esa cosidad cuando se incluye en una historia o forma parte de la Historia. Y las historias son imposibles, pero sin ellas no nos sería en absoluto posible vivir, como nos recuerda Wim Wenders [4].


Siete

Amplios fragmentos de esta poesía me seducen por su balanceo entre el provincianismo y lo metropolitano. Y también por sus puntos de equilibrio en poemas como Somebody love you in Turmero (Gottfried Benn).

Pero, puestos a escoger, me inclino por la primera vertiente, que no dudo en llamar con respeto poesía municipal, aquella que, sin pretensiones intelectualistas, sabe dar en el blanco con asuntos cotidianos y que no teme llamar las cosas por su nombre (naturaleza, espacios, nombres propios), narrándonos una historia. Este afluente, afirmo, es la continuación del criollismo aquél que se inicia con Lazo Martí y pasa por Utrera, Andrés Mata, Sergio Medina, Pedro Sotillo y una buena parte de Aquiles Nazoa, en donde el yo poético está cercano a los objetos que nombra, procediendo entonces por imagen. Luego, ya en plena modernidad, marcada por la distancia y el alejamiento del yo poético de su entorno, la escritura del poema comienza a proceder por alegoría. Esto sucede en los fragmentos que más me tocan de Alejandro Oliveros (Valencia, Nirgua, el río Cabriales), en gran parte de la obra de Eugenio Montejo y, más recientemente, en Crónicas desde San Bernardino, de Arturo Almandoz, o en el poemario Desde la ventana, de Carmelo Chillida. En todos ellos hay un espacio minúsculo que se añora, un paisaje desgarrado del cual se han desprendido sus significados. Se testimonia acerca de un país que ha desplazado sus monumentos, convertidos ahora en cadáveres. Ya significado y significante no se corresponden y sólo queda el vacío. Esto siento cuando leo la parte cuatro del poemario que le da título al libro. Porque una cosa es salvar las bromelias y otra diferente jugar a que sólo embellezcan nuestros días.


Ocho

El Angelus novus de Paul Klee que tanto perturbó a Walter Benjamin nos mira y también mira con espanto las ruinas del pasado. Un huracán sopla desde el Paraíso y el ángel no puede desplegar sus alas, siendo impulsado hacia el futuro, mientras las ruinas humanas se van amontonando hasta el cielo. Sobre esas ruinas, se levanta la poesía de Yolanda. Porque jamás se da un documento de cultura sin que lo sea a la vez de la barbarie, como también nos recuerda Benjamin [5]. El país, como tal, no existe. Es solo una construcción hecha con los precarios materiales de nuestros recuerdos y las ruinas del presente.


Nueve

Ya el texto había comenzado a descascararse en el poemario País. Ocurrió en Lunes. 8 pm. Una sola línea:

C  ican o

Quiero creer que habla de las reuniones de los lunes a las ocho de la noche en el Calicanto de Antonia Palacios. Luego, lo vacío se anuncia en el poema Querido Igor:


Llamo “certeza interior” a tener conciencia de las pérdidas,

del fracaso y de la derrota.

 

Pérdidas, por lo que hemos acumulado

como saldo de la vida; derrota

por las batallas que no hemos ganado,

ni ahora ni nunca; fracaso

frente a aquella adolescente que

amó los caballos y la pintura

y que ahora se ofrece al vacío.


Me concierne el vacío y la sensación de pérdida que deja el poema Blanco en lo blanco en su estructura misma, que repite frases y vocablos en las tres partes que lo componen, con pequeñas variantes que van agregando y acumulando significados. Siento en este texto el magma de todo el libro.

No puedo dejar de recordar a Kasimir Malevich y la serie de cuadros que concibió con título similar. ¿Cómo dejar de lado la frase que sirve de epígrafe al libro?: Los doce caballos de Malevich son veintiuno

Los sabios profesores de literatura llaman écfrasis a la disposición de escribir poesía a partir de esos objetos culturales que conocemos como las artes plásticas. Tiene una larga y prestigiosa historia: W. H. Auden, Rafael Alberti, William Carlos Williams y, por estos lares, las argentinas Olga Orozco y Juana Bignozzi. Pero una cosa es practicar tales artes sobre cuadros figurativos y asunto diferente hacerlo sobre arte abstracto. Y aquí el riesgo del libro que cierra el volumen. Salvo quizás en el texto La frase, dedicado a Rafael Cadenas, los poemas se desplazan sin referentes.

Me interesa escuchar este libro como una propuesta ante la grave crisis de lenguaje que actualmente atraviesa Venezuela y también como huida del paisaje, el tema recurrente en gran parte de la poesía que se escribe en este país. Se busca un camino que abandona a propósito la descripción y la figuración. Nunca aspira a jugar al arte por el arte. Se camina entre signos mudos, sobre una naturaleza muerta. Se trata aquí de una alegoría sin referentes.

 

Diez

Durante días, nada quise saber de la ciudad, de su fragua y de su hielo, de la densa neblina que nos supera desde hace ya demasiado tiempo. Quizás a esta hora, mientras escribo estas líneas, las cabinas telefónicas arden en las aceras, las calles se han abierto y las grietas sobre el fango conducen a laberintos infernales. Es probable que hasta los centros de comunicación han sido confiscados y nunca más vuelva a conversar con alguien. Necesito concluir.

Al final, resulta claro otro asunto que también es necesario comentar: el arriesgado ojo de los editores de Pre-Textos. A la obra publicada allí de Vicente Gerbasi, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y Alejandro Oliveros, se suma ahora este volumen. Digo riesgo y digo lanzar los dados por una poesía que no se escribe en los tradicionales y manoseados centros latinoamericanos. Es probable que la noche oscura del alma que transcurre en Venezuela tenga algo que ver. También puede concurrir la fatiga de lectores españoles, que ansían pasearse por nuevas campiñas. Al afirmar tales cosas, doy por sentado los atributos y las tesituras de nuestra poesía. Lo que importa y se agradece es la apuesta por estos contrastes periféricos poco conocidos, pero de sólida musculatura. Provienen de un espacio y una manera de decir (y de decirse) que pueden extrañar. Llegan desde un país en donde, como dice Eugenio, nunca cae la nieve.

  

Notas:

[1] Adam Zagajewski (febrero, 2007). El centro no se sostiene[Letras Libres]. Recuperado: 2 de junio, 2014, de http://www.letraslibres.com/revista/convivio/el-centro-no-se-sostiene?page=full

[2] Wallace Stevens (1994). La Relación entre la Poesía y la Pintura [La máquina del tiempo]. Recuperado: 5 de agosto 2014, de http://www.lamaquinadeltiempo.com/algode/ stevens01.htm

[3] En Para llegar a La Quietud: Papel Literario, diario “El Nacional”. Domingo 31 de enero de 1999. 

[4] En la conferencia El estado de las cosas,citada por José Luis Pardo(1991):Sobre los espacios: pintar, escribir, pensar.Barcelona: Ediciones del Serbal. Este fragmento le debe mucho al encuentro con ese libro.

[5]Walter Benjamin (1989). Tesis de filosofía de la historia. En Discursos interrumpidos I. Prólogo, traducción y notas de Jesús Aguirre. Buenos Aires: Taurus.