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En el foyer del teatro

El actor Fernando Gómez | Foto: Alexandra Blanco

El actor Fernando Gómez | Foto: Alexandra Blanco

Homenaje al Primer Actor Fernando Gómez

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Me crucé con el famoso actor en la esquina de su casa. Lo había visto la última vez en la función que la Universidad dedicó como homenaje a Luis Pastori, poeta de extensa y reconocida obra, en la que el actor recitó algunos poemas en un marco de música y teatro que muy bien se avenía con el espíritu de Don Fernando.

Desde hace años lo he admirado por su fuerza expresiva en las tablas. Actuar en el teatro y en cine, y después en la perecedera televisión no es tarea corriente. En la juventud universitaria había visto muchas veces su pieza magistral: “El Juicio del Siglo”, viva representación en un monólogo de la defensa del abogado Clarence Darrow, a causa del enjuiciamiento de dos jóvenes en Chicago en la década de los años veinte, por el homicidio deliberado de un niño. Don Fernando surgía de las sombras, apenas iluminado por una luz indirecta y muy tenue, y lentamente, mientras crecía la luz, daba pasos por la escena, miraba a la platea y encaraba el tema que expondría al jurado que éramos nosotros los espectadores. La voz de Don Fernando, potente y sugestiva, era la misma que hoy escuché tan cerca de su abrazo de amigo, pero ahora esta voz tiene latidos diferentes, está cargada de alguna tristeza, alguna desesperanza. Supuse que en su retiro la evocación de sus triunfos se confundía con el ruido del tiempo.

Recordó el actor su época de gloria: “Hombre con Sombrero de Pumpá” y de modo especial “El Círculo de Tiza Caucasiano”. El tono de su voz se hizo entonces persuasivo e íntimo al declamar suavemente, casi un susurro, las últimas palabras del drama, pronunciadas por el personaje principal de esa obra de Brecht,  el juez Azdak: “Lo que existe debe pertenecer a aquellos que para eso valen: los niños, para que florezcan, a las mujeres maternales; los coches, para que viajen bien, a los buenos cocheros; y el valle a los que lo rieguen, para que traiga frutos...” No sé por qué Don Fernando recitó aquellos versos, y no comprendí tampoco el tono enigmático con que los pronunció.  Pero supongo que hablaba de quienes disipan sin reparo los dones de la vida en sus obras, y de quiénes eran los llamados en justicia a recibirlos. Y luego cerró el tema con la celebre frase: “Nolite mittere margaritas ante porcos”. ¿El Sermón de la Montaña en boca del juez brechtiano?

Poco a poco tratamos del cine, y defendió por encima de todo la actuación en la escena de teatro en contraste con la del cine. La presencia activa del espectador, la irrepetible función en las tablas no puede lograrse en el cine porque el actor frente a un público siempre diverso es otro en cada representación. Le mencioné algunas películas que se guardan todavía en la memoria de la gente y en cinematecas especializadas, y nada dijo.

En la brevedad de aquel encuentro Don Fernando estuvo magnífico de arte, tanto que hizo surgir en mí las muchas teorías del arte y su necesidad. Le hice la mención de que cuando lo escuchaba declamar los poemas de Luis Pastori en la Universidad, recordé la frase de Jean Cocteau: “La poesía es indispensable, pero me gustaría saber para qué”. El actor sonrió y me dijo que el arte está en una de las dos esferas del pensamiento y la acción humanas: “No, amigo mío, el arte sí es indispensable aunque pertenezca a la esfera de la posibilidad, de aquello que puede ser de una manera o de otra... La ciencia está en la esfera de la necesidad porque su objeto es lo que no puede ser diferente de lo que es. ¿Y acaso el hombre no es como el arte, que puede ser de una manera o de otra, lo mismo que sus inquietudes y sus obras?” Y comprendí sin dificultad que lo decía pensando en su propia vida, porque todos los que hemos seguido su proyección en la creación teatral sabemos de su sensibilidad en el arte, indispensable, sí, porque llena de motivos la breve existencia y expresa la profunda relación del hombre y el mundo. También porque ya sabía que don Fernando es doctor en  Medicina de nuestra Magna Universidad, y que hizo estudios de especialización en Radiología en universidades extranjeras. En él se reúnen el arte y la ciencia, y ambos están en juego de contradicciones.  El amigo actor tiene las dos caras del drama, o muchas, y pensé en Shakespeare, cuyo rostro no se parece a ningún otro rostro, porque no tiene uno solo, igual que Don Fernando y los verdaderos artistas. Recordé, entonces, aquella parábola de Borges en la que el genio de Avon se enfrenta a Dios y le dice: “Yo, que tantos hombres he sido en vano, quiero ser uno y yo”.  La respuesta de Dios era para el hombre y para el gran dramaturgo: “Yo tampoco soy; yo soñé el mundo como tú soñaste tu obra, mi Shakespeare, y entre las formas de mi sueño estás tú, que, como yo, eres muchos y nadie”.

Insistí en hablarle de la función del actor, de la pasión inconsciente por la que,  aun en la repetición por días y días de una obra, cambia cada vez de naturaleza y de apariencia (el arte, esa apariencia incomprensible), cosas que ya él sabe; y guardó silencio. Le dije la frase de la parábola de Borges y entonces lo noté excitado, tocado por un repentino arrebato. Estaban en ese instante todos los rostros de la actuación, sin los afeites de la escena, y me tomó del brazo con afecto y apremio para invitarme con énfasis al ensayo de la obra que está preparando y de la que nadie sabe. Una obra maestra y desconocida que nunca ha sido montada en la escena. No me habló del tema de aquella pieza de teatro ni de nada que pudiera identificarla, y tan solo escuché su palabra de despedida, con otra voz tocada de plenitud y entusiasmo.

Dije que el encuentro fue breve, pero la extensión de su mensaje me dejó nuevas interrogantes. Me pregunté si nuestro próximo encuentro sería en el ensayo de la pieza teatral desconocida que tantas emociones traería, si el azar me permitiese el maravilloso hallazgo de su obra siempre renovada.