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La fobia a la buena arquitectura

La capilla Notre-Dame du Haunt, mejor conocida como la Capilla de Ronchamp

La capilla Notre-Dame du Haunt, mejor conocida como la Capilla de Ronchamp

En 1955 Le Corbusier culminó la capilla Notre-Dame-du-Haut, construida en la colina de  Bourlémont, en Ronchamp, Francia. Quería que fuese sencilla, se sintiese natural, y que tuviera un vitral cuyo estilo se alejara de las tradiciones gótica y románica. El pasado 17 de enero unos vándalos rompieron este vitral firmado por el famoso arquitecto franco-suizo

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El día viernes 17 de enero de 2014 unos vándalos rompieron el único vitral firmado por el famoso arquitecto franco-suizo Le Corbusier (1887-1965), en la célebre capilla de Notre-Dame-du-Haut, mejor conocida como la Capilla de Ronchamp. Los maleantes también ingresaron en la tienda‒librería y rompieron el buzón de colecta de hormigón, que estaba vacío, y que dejaron abandonado en las afueras.

La capilla de Ronchamp fue finalizada por Le Corbusier en 1955, y el vitral destruido ‒el más grande de toda la capilla‒, era el único con la firma del célebre arquitecto. Le Corbusier había dibujado sobre el cristal pájaros, hojas, una luna con rostro humano, las estrellas y un fragmento del Ave María. Le Corbusier no quiso hacer vitrales tradicionales pues los consideraba muy vinculados al gótico y al románico. Quería una capilla sencilla, natural, sin el peso de la historia. La pequeña pero celebrada capilla –que está construida en la cúspide de la colina Bourlémont‒, es considerada uno de los monumentos históricos del siglo XX más importantes de Francia, y es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Luego que se percataron del acto vandálico, se recogieron todos los vidrios rotos, que están en manos de un vidriero, enviado inmediatamente por la Dirección Regional de Asuntos Culturales de Francia, para elaborar copia fiel del original. De inmediato sonaron las alarmas internacionales. Primeramente la Fundación Le Corbursier llamó la atención de todos sus miembros y arquitectos del mundo para hacer una recolecta y restablecer el vitral a su estado original. La indignación fue colectiva. El presidente de la Fundación, Antoine Picon, de inmediato envió un correo a todos los interesados en el Patrimonio. Consideramos que pronto aparecerán los recursos para restablecer el daño, a pesar de todo lo que se diga, es Francia.

Breve historia de Ronchamp

Ronchamp es un pueblo pequeño, de unos tres mil habitantes, ubicado al noreste de Francia en la Alta Saona. Nadie hablaría del idílico lugar si no fuera porque se le encarga a Le Corbusier la Capilla Notre-Dame-du-Haut.

Cuando se le encarga a Le Corbusier la capilla, inicialmente, rechazó hacerla. Poco tiempo antes, las autoridades eclesiásticas habían negado su proyecto para el Monasterio de Sainte-Marie-Madeleine. Craso error para la Iglesia y la arquitectura.  Pero son casos puntuales. Contrariamente a lo que el maestro esperaba, el obispo de Bensançon, Lucien Ledeur, y el sacerdote Alain Couturier,  estaban convencidos de que el arte moderno podía rejuvenecer la Iglesia y le prometieron libertad absoluta de diseño, al ya contrariado Le Corbusier –que además tenía su genio‒. Y le prometieron –asunto que cumplieron‒, que le darían el Encargo del Convento de La Tourette (1960). Había triunfado la Iglesia  y la arquitectura.

Luego de finalizada la obra la misma provocó una convulsión, nuevamente, en el mundo eclesiástico, pero también en la arquitectura. Los más fanáticos de la obra de Le Corbusier estimaron que la capilla era una aberración expresionista e irracional, que contradecía los postulados del líder del racionalismo. Otros vieron en la forma orgánica de la capilla un enriquecimiento humanístico de la arquitectura moderna y en sus proporciones –que seguían regidas por el modulor‒, la prueba subyacente de su racionalidad.

Con la perspectiva que da el tiempo pudiéramos decir que, ciertamente, la Capilla Notre-Dame-du-Haut es una obra atípica del maestro. Sin embargo, su pequeño espacio (la nave central mide 13 x 25 metros) se ajusta a las pequeñas dimensiones de sus obras y la rusticidad de los acabados es coherente con el brutalismo de su arquitectura.

Analizando y escarbando documentos sobre la obra de Le Corbusier encontramos dos tendencias antagónicas: la que se encamina a tendencias universales y, la otra, aquella que da respuestas específicas al entorno.  Le Corbusier escribió para ese proyecto “se empezó con la acústica del lugar, se toman los cuatro horizontes como punto de partida. Ello determina los órdenes. A ellos se dirige la Capilla”.

También el carácter sacro del lugar fue otra fuente de inspiración.  Rememoró el culto al sol desde el megalítico que se continuó con el Imperio Romano, ya que el sitio desde tiempos ancestrales había sido lugar de culto. Un culto que se relaciona también con la Virgen –a quien se le dedica la capilla‒, a la cual se le atribuyen poderes mágicos, ya que esta estructura se levanta sobre los restos de una capilla gótica que fue destruida en la Segunda Guerra Mundial. Al respecto dijo Le Corbusier: “La capilla se alza en las últimas estribaciones de los vosgos… En la antigüedad hubo en este sitio templos paganos y luego capillas cristianas de peregrinación”. Adicionalmente, Le Corbusier siente en ese lugar una energía que lo relaciona con el Genius loci y que la asemeja con los Montes Jurá suizos y la Acrópolis de Atenas.

Ciertamente, la procesión partenónica para acceder arranca desde el pié de la colina en la que se emplaza y pasa por un altozano artificial, en el que debe cruzarse una puerta antes de llegar al propileo, formado por un albergue juvenil y la casa parroquial. El templo se ve en escorzo, igual que los templos griegos ‒que obliga al peregrino a rodearlo‒, siguiendo un recorrido lleno de magnetismo. La falta de aguas subterráneas, en lo alto de esa colina, determina que una fuente desempeña la función práctica de recoger las aguas pluviales que vienen del techo, cuya extraña forma no es más que un receptor de aguas.

Para el campanario, que se ubica frente a la fuente, el maestro había investigado y supo reconocer el entorno acústico en el ámbito de las formas. La matemática y la física infunden vida a la volumetría que se ofrecen a nuestra contemplación. Así que percibió la acústica del paisaje referida a los cuatro horizontes: la llanura del Saona, la montaña Ballon d’Alsace, colinas y valles a los lados. El propósito de Le Corbusier era programar el toque de las campanas para escuchar música moderna de Edgar Varése y “proporcionar a Ronchamp una voz atemporal, procedente de épocas lejanas, hasta alcanzar nuestros días”. Lo que quería era el arte no la teología.

Cuando Le Corbusier le hace entrega de la capilla al obispo le dijo: “Al construir esta capilla he querido hacer un lugar de silencio, de oración, de paz, de alegría interior. El sentimiento de lo sagrado inspiraba nuestro empeño. Independientemente de su carácter algunas cosas son sagradas, otras no.” La capilla se convirtió en el centro económico cultural de un pequeño pueblo que pasó del anonimato a ser el centro de peregrinación de católicos y  amantes del arte. En el año 2011, por necesidades eclesiásticas, se hizo en los aledaños un convento que diseñó el arquitecto italiano Renzo Piano.

¿Y nosotros?

Mientras esas cosas ocurren y alarman al Primer Mundo, nosotros observamos impávidos la destrucción de nuestro pequeño Patrimonio Cultural. El caso de la Ciudad Universitaria de Caracas –también Patrimonio de la Humanidad por la Unesco‒, debería ser objeto de una colecta pública por sus ex alumnos: sería un bello ejemplo de ciudadanía.

Pero estas cosas deberían empezar por nosotros. Me refiero al daño Patrimonial que muchos venezolanos están haciendo a las edificaciones privadas que son iconos de la ciudad.  El artículo 4 de la Ley de Propiedad Horizontal se refiere a que los cambios en las fachadas de los edificios deben tener la aprobación del 100% de los copropietarios. La población lo está desconociendo.

Hay edificaciones que han sido galardonadas como Premios Nacional de Arquitectura y que son Patrimonio Nacional y Municipales y, sin embargo, están deterioradas, y dentro de estas obras privadas hay varios edificios, cuyo deterioro toma niveles de alarma.

Me refiero, por ejemplo, al edificio El Camarón, diseñado por el arquitecto Mario Breto, ubicado en Los Caobos, Municipio Libertador. El alcalde debería poner atención en un edificio que, unido a su forma orgánica, logra una implantación urbana extraordinaria. Otro icono es el edificio Alcavarán ubicado en la urbanización Santa Marta y proyectado por la destacada oficina Díquez, González y Rivas. Es el único edificio en propiedad horizontal de  Venezuela que es Premio Municipal de Arquitectura en el marco de los Premios Nacional de Arquitectura, Patrimonio del Municipio Baruta y Patrimonio Nacional. Un edificio cuya silueta urbana, distribución interna y pureza de las formas, lo hace una referencia obligada. Sin embargo, esa pureza de formas hace que los cambios sean muy marcados y contrastantes. Sus propietarios no la han respetado y han modificado todas las fachadas transparentes (ventanas) y las opacas (romanillas, aires acondicionados, ladrillos calados). Me refiero a sólo dos casos puntuales en este ensayo por motivos de espacio, pero los ejemplos son múltiples.

Si los copropietarios de cada una de esas edificaciones entendieran que mantener esas propiedades en el mismo estado en que fueron proyectadas no sólo es su obligación como ciudadanos, sino que dichos cambios devalúan su inversión, no sé si cambiarían radicalmente su actitud. Esas edificaciones son, para nosotros y haciendo un paralelismo, similares a La Pedrera de Gaudí en Barcelona –rescatado por la Generalitat Catalana‒ o los edificios de Guimard, en Paris, donde la alcaldía ha puesto orden y dinero porque entienden que son parte de la memoria urbana.

A todos los venezolanos que viven en un edificio privado que haya sido declarado Patrimonio Nacional dedico estas notas reflexivas. Igualmente para las alcaldías que también están obligados a respetar las ordenanzas y decretos que ellos mismos crearon.