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El filósofo que inventaba tomates

José Antonio Marina

José Antonio Marina

Parece demagogia, pero cada enunciado de José Antonio Marina apunta hacia cómo cada quien se hace consciente de las cosas y la capacidad que tiene nuestra inteligencia para ejecutar cambios

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A esta temperatura el problema estaría en las raíces. Tecolotlán es un pueblo del estado mexicano de Jalisco cuyos paisajes secos y luminosos llevan a pensar en Pedro Páramo y El llano en llamas, dos libros que son siempre el mismo desierto de Juan Rulfo, por eso es difícil imaginarse a uno de los divulgadores más importantes del idioma en esta sucesión de casitas centenarias, calles vaporosas, una plaza y dos iglesias que se ven frente a frente. Pero Tecolotlán está a dos horas y media de Guadalajara, la ciudad donde cada año la Feria Internacional del Libro lleva a cabo la que debe ser su actividad más importante: no las mesas de escritores imaginando el futuro de la literatura, sino el programa Ecos de la FIL, que durante una semana de noviembre llevó 97 autores a diversas escuelas y bachilleratos para hablar de lo que viniera al caso. Hoy, por ejemplo, sobre los tomates que a estos 32 grados centígrados tendrían serios problemas para crecer.

José Antonio Marina va de copiloto en el carro y no negocia quitarse la chaqueta a pesar de los cactus como mal augurio. La conductora es una profesora de la Escuela Preparatoria Regional de Tecolotlán que leyó La magia de leer (Ariel) y El vuelo de la inteligencia (Debolsillo): “No sabe cuánto me ha ayudado con los chavos”, dice, y Marina sonríe con genuino agradecimiento, como si miles de personas no le hubieran dicho ya algo similar durante los últimos 20 años. Sus libros tienen un tono educacional que invita a la curiosidad y aunque el crecimiento de su producción lo ha llevado a publicar hasta cuatro libros en un año, Marina no pierde la habilidad para encontrar temas inquietantes y actualizar su aproximación a cada uno de ellos. A Tecolotlán viene con un mensaje para los 400 alumnos que lo esperan con pancartas, regalos y cuatro niñas vestidas de sevillanas: “Os van a decir que esto no tiene arreglo, que no podemos salir de esta crisis, que no tengan ilusión. Eso es mentira, podemos cambiarlo todo hoy y aquí”.

Parece demagogia, pero cada enunciado de Marina apunta hacia cómo cada quien se hace consciente de las cosas y la capacidad que tiene nuestra inteligencia para ejecutar cambios. Si empezó a publicar libros a los 53 años por encargo de Jorge Herralde, editor de Anagrama, es porque el recorrido previo fue exhaustivo y no hay en castellano muchos ensayistas con argumentaciones tan prácticas como relevantes. Aquel libro de 1992 es Elogio y refutación del ingenio y propone un sistema para explicar cómo los seres humanos crean. De ahí en adelante la biografía de Marina es la de un académico preocupado por divulgar, pero cuando conoces su vida anterior y tienes que encasillarlo en una profesión para evitar la repetición de su apellido a lo largo de un texto, la cosa se complica.

Podría uno referirse a Marina como “el toledano”, por aquello de que nació en la cautivante ciudad española cercana a Madrid. Podría uno decirle “profesor de secundaria”, porque en lugar de buscar cátedras bien pagadas en una universidad prefirió dar clases en el Instituto La Cabrera, con adolescentes desmotivados que le dan suficiente autoridad para considerar que “la educación en el colegio es la trinchera”. Podría uno nombrarlo “filósofo”, claro, porque eso estudió en la Universidad Complutense de Madrid, o incluso “fenomenólogo”, para circunscribir más su escuela y ponerle encima el peso de Edmund Husserl y Francisco Varela. Pero a Marina le interesa el camino sinuoso que une la neurología con la ética y sin ser biólogo, ha trabajado con delfines y gallinas en pruebas de inteligencia, aunque sea difícil imaginarlo en la piscina con un traje de neopreno en vez de esa chaqueta bien planchada: ¿delfinólogo? Aún hay más. Interesado en el cerebro, no quedaba muy lejos dar un salto a la genética para comprender también cómo ha evolucionado la inteligencia y lo que empezó como una afición de jardinería ya es una declaración orgullosa: “Soy inventor de plantas. Estoy inventando un nuevo tipo de tomate”, dice con el pecho henchido.

El Marina que está en la mesa explicándole a adolescentes mexicanos que la inteligencia no la definen las notas sino “la propia inteligencia que seamos capaces de desarrollar” es tan “tomatólogo” como filósofo. Ve el espacio que separa las sillas improvisadas en el patio como quien calcula la separación que han de tener las plantas de tomate en el campo para crecer bien: medio metro entre cada una a menos que quiera aumentarse la densidad de la cosecha, con el riesgo evidente de que la ambición acabe por dañarla toda. Como después de los 30 grados centígrados las raíces del tomate sufren y su crecimiento queda comprometido, Marina sabe que a cielo abierto, en medio del desierto, no conviene extenderse mucho: “El talento está al final de la educación y la educación debe formar ciudadanos, no solo trabajadores (...) La inteligencia es el uso que hacemos de ella”.

El filósofo habla y los alumnos escuchan. Dos muchachos a la sombra de un árbol se burlan del compañero que tienen al frente. Marina los ve y aprovecha una pregunta sobre qué lo inspira a escribir libros: “Cultivar plantas también es crear, pero ustedes son creadores, ustedes tienen la capacidad de escribir porque tienen memoria y la creación viene de la memoria. Por eso hay que aprender cosas de memoria y para tener memoria es bueno prestar atención: Internet es maravilloso, pero un burro conectado a Internet sigue siendo un burro”. Debe ser el tono, el ritmo acompasado y firme de sus palabras lo que produce el efecto inmediato porque todos los muchachos presentes, incluidos los del fondo, parecen entender una verdad que hasta ahora les había sido negada. “Disminuyan 10% del tiempo de Facebook y dedíquenlo a leer. La lectura nos libera y si no entendéis argumentos largos os van a engañar”, hace una breve pausa, algo de dramatismo contenido y concluye: “Seréis esclavitos contentitos”.

El destallado del tomate consiste en eliminar los brotes que dificultan el desarrollo del tallo principal. La fase es tan importante como el deshojado, durante el cual se cortan las hojas enfermas y aquellas que impiden a la planta recibir más aire y más luz. Cuando se dirige a un adolescente, Marina habla como si ejecutara ambas tareas porque sabe que entre el amplísimo rango de posibilidades que tiene un joven para tomar las decisiones equivocadas, lo que más ayuda es tener claridad, evitar el ruido: “A que todos ustedes quieren ser felices. Pues bien, felicidad es satisfacer tres deseos: pasarla bien, tener buenas relaciones con nuestro entorno y sentir que progresamos, pero no existe felicidad sin salud ni dignidad. En la selva el fuerte se come al débil, sí, pero lo que debéis hacer es salir de la selva y, creedme, es difícil salir de la selva”.

Libros como La inteligencia fracasada, Anatomía del miedo y Las culturas fracasadas, todos editados por Anagrama, son lúcidas lecturas de por qué como individuos nos cuesta tanto salir de la selva. Y cuando muchos individuos se quedan en la humedad de esa maleza, también lo hace la sociedad y cuando le ocurre a la sociedad, la política se convierte en un ejercicio oscuro. Los argumentos que atraviesan la obra de Marina pueden ser complejos, pero se explican con la misma claridad que muestra ante un chico de 15 años, no en vano considera a El vuelo de la inteligencia su texto más personal. Se trata de un libro subrayado desde la imprenta, escrito para estudiantes, pues independientemente de que universidades tan prestigiosas como Harvard y el Tecnológico de Monterrey lo inviten a investigar, a dar conferencias, el nexo elemental que Marina establece entre inteligencia y ética comienza en la escuela, a la luz de la lectura.

“Ya hay estudios que demuestran que el paradigma de Twitter puede dificultar la capacidad de la persona para entender argumentos largos. ¿Tú qué opinas?”. En privado, Marina no da cátedra, conversa de verdad y sobre la marcha elabora posibilidades: “Me pregunto si hay una forma de generar vitalidad en las redes sociales más allá de la espontaneidad, si hay algún modo de aprovecharla para educar”. Ese verbo otra vez. Desde Dictamen sobre Dios hasta sus libros para enseñar a ser padres el método argumental de Marina es limpiar el tallo. Al final, el mensaje es uno: “La libertad no es sencilla porque sólo se da en un inteligencia que sabe dirigir el comportamiento, pero eso incluye nuestros deberes y ejercer un pensamiento crítico”.

Le llaman ética.