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De fábulas

Quizás, la fábula “El lémur y el lenguaje”, condense la poética de la operación de  desvío con la que Octavio González  intenta transformar el género fabulístico

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Octavio González, poeta, narrador, ensayista, pintor, dibujante, músico, parece ensayar en El Ornitorrinco que quería ser escritor (Mérida: Ediciones Mucuglifo / Fundación El perro y la rana, 2011) las diversas posibilidades del género, tanto en el discurso como en la historia, consciente de la naturaleza ficcional de la fábula, como lo evidencia en la fábula homónima “Las trampas de la ficción”: “en verdad nada la separa (a la ficción) de la realidad”.

Las tres partes del libro confirman el espesor meta/ficcional de la fábula de González: “La filosofía del fabulista” (cuarenta y nueve fábulas), “El peso enorme de la ficción” (cuarenta y dos fábulas) y “La metamorfosis de la cópula” (diecisiete fábulas), en un desplazamiento estratégico narrativo desde la inclusión explícita en la fábula del autor (el fabulista), la reflexión sobre el carácter de ficción del género (la metafábula) hasta la exploración de los límites del carácter didáctico y moral de la fábula, mediante la irrupción del dispositivo de la diversidad del deseo y la sexualidad.

Los epígrafes de José Antonio Ramos Sucre (“El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta”), Juan Villoro (“Si Alfonso Reyes juzgó que el ensayo era el centauro de los géneros, la crónica reclama un símbolo más complejo: el ornitorrinco de la prosa”), Shu Shuehumou (“Un avaro puede amasar una gran fortuna, pero, si sucede algo, quedará como una rata aplastada en la calle. Un hombre de corazón puede arruinarse, pero, si sucede algo, se mantiene vivo como el ciempiés que ha perdido algunas patas”) y Ricardo González Venegas (“Los animales son más fieles a su pensamiento”) parecen señalar la afiliación, canónica  y heterodoxa al mismo tiempo, de González a los protocolos de la fábula: hombres y animales como personajes protagonistas y antagonistas; acciones derivadas de una estructura binaria dialógica como forma (juego/conflicto) de acción y reacción; carácter didáctico y moral (moraleja, que algunas veces alcanza lo inmoral); humor e ironía como procedimientos centrales; entre otros; que en El Ornitorrinco que quería ser escritor son materia y materiales de una desviación protocolaria: González , contamina, cruza, mezcla las poéticas de la fábula clásica y la poética narrativa moderna, autorreflexiva, metaliteraria, con poéticas del arte de la pintura y el dibujo, como lo señala su poema “Caligrafía salvaje”, que cierra el texto de la contratapa del libro: “Deberías aprender a expresarte / de forma natural como lo hace la cebra / Vagar desnudo por la selva / liberado ya de la letra / y llevar los versos al lomo / sin enviarlos jamás a la imprenta / Ser papel blanco / y a la vez escritura, / el poema salvaje que escriben las rayas / en su cuerpo de luna”.

Quizás, la fábula “El lémur y el lenguaje”, condense la poética de la operación de  desvío con la que Octavio González  intenta transformar el género fabulístico: un lémur educado por un maestro filólogo en una biblioteca aislada, descubre a la muerte de su preceptor, al salir al mundo de lo real  “que vivía preso de una metáfora”, y al intentar copular con una lémur hembra en celo, se lo impide su naturaleza incorpórea. Fracasado regresa a la biblioteca y descubre (lee en un diccionario de etimología) que: “El término «lémur» deriva del latín «lémures», que significa «espíritus de la noche»”. Desesperado, incendia la biblioteca, y “como un verdadero lémur liberado de las trampas del lenguaje “se dedica a “copular al fin, chillar, gruñir…”. En esos puntos suspensivos se alojaría el arte verbal, literario, de la fábula de El Ornitorrinco que quería ser escritor: entre el deseo y la realidad, entre el lenguaje y lo real.