• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005)

1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005)

Desde hace cinco siglos, desde que los europeos tuvieron noticia del río, el Orinoco ha sido objeto de viajes y diarios de hombres deslumbrados por su inmensidad, belleza y riqueza humana y natural. Hay toda una literatura de viajes consagrada al poderoso río que, desde el siglo XVI puede seguirse hasta nuestros tiempos. “Papel Literario” ha escogido fragmentos de cuatro autores, el inglés Sir Walter Raleigh, el español José Gumilla, el francés Auguste Morisot y el alemán Karl F. Appun, que hoy presenta a los lectores, así como una representación en cine de Julio Verne

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El viaje que depara a los personajes en 1888. El extraordinario viaje de la Santa Isabel (Alfredo Anzola, 2005) a través del río Orinoco es el mismo viaje del que hablan los expertos en el llamado camino del héroe, y que rápidamente se puede asociar con cualquier otro recorrido que se haga en una corriente de agua en el cine, como el tal vez más importante de la historia de la gran pantalla, el de Apocalipsis ahora de Francis Coppola. En travesías como esas, escritores y directores embarcan a sus personajes a enfrentarse a la naturaleza que se va transformando con ellos, generalmente en busca de otro personaje que ha perdido su rumbo en la profundidad de la selva, y cuyo destino ellos deben evadir.

En El soberbio Orinoco de Julio Verne, Juana de Kermos se hace pasar por hombre para hacer su búsqueda a través del río venezolano en compañía de otros hombres. El hombre que busca es el coronel Kernor, su padre. En 1888, una adaptación libre de la obra de Verne, el viaje es el mismo, salvo que el escritor francés (Marco Villarubia) y un geógrafo italiano, el conde Ermanno Stradelli (Ronnie Nordenflycht), son quienes acompañan a la dama (Kristin Pardo). En la historia de Verne el acompañante de Juana sabe que ella intenta pasar por hombre, mientras que en la de Anzola no. Esto último lleva a muchas situaciones que asemejan un tanto las de una comedia de enredos, una suerte de triángulo amoroso que se completa con la presencia determinante del río.

Anzola cuenta que durante el rodaje se adentraron en la selva por más de dos meses a merced del sol inclemente y los mosquitos. Producto de ese viaje la fotografía puede considerarse uno de los rasgos más destacables de la película: los tonos verdes y marrones abarcan la historia casi entera. Los planos desde la embarcación Santa Isabel –la que Anzola dibujó y se pudo reproducir–  revelan un paisaje amplísimo, tupido, abundante e inquietante. Quién va a meterse en esa selva para negarlo.

Pero más allá de la anécdota hay en 1888 otra figura tan importante como la del río. Personificada por Julio Verne, el espíritu de aventura mueve la historia hacia adelante. Son exploradores, están siempre a la expectativa de que algo fantástico suceda. Y sucede lo de siempre, lo que debe suceder. Es el viaje y no el destino lo que vale. Es en la búsqueda de otro donde los personajes se encuentran a sí mismos. Al final, conocemos el destino de Juana y el conde, pero no el de Verne, quien se sugiere continúa el viaje, perenne, a cualquier destino, el que sea, no importa. No todos los ríos nos adentran en el vientre de la ballena para siempre como al coronel Kurtz. Y podría especular por qué en esta película el viaje de este personaje prosigue.

En 1888 la aventura tiene un rival en la rigurosidad científica del geógrafo. Esta será inevitablemente vencida, primero por ella misma (hay otro geógrafo, un francés, del que ya se conoce ha llegado a donde el río nace, haciendo innecesaria la misión original del conde) y finalmente por la aventura misma. Juana se transforma en su nueva obsesión. Verne entones queda solo como testigo luego de ser partícipe del embrollo romántico. Y se puede ver que mientras transcurren, las vidas de los personajes están atadas al río. Su destino y el Orinoco son la misma cosa. Al alcanzar el cauce, Juana y Stradelli han alcanzado también el final de su viaje y de sus vidas. Sabemos que el final los espera sin penas ni gloria. Ah, pero no Julio Verne. Su simbólico viaje por el río continuará porque lo mismo hacen sus historias.