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El extraño mundo de Chernóbil

Chernóbil, 30 años después (II) © Enrique Moya

Chernóbil, 30 años después © Enrique Moya

Enrique Moya exhibe fotografías sobre su visita a la devastada ciudad de Ucrania. La curadora de la exposición brinda estas palabras al respecto

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No son muchos los visitantes que se acercan a Pripyat, la ciudad ucraniana que el 26 de abril de 1986 quedara detenida en el tiempo a raíz del accidente de la planta nuclear Vladimir Ilich Lenin, ubicada en Chernóbil. El evento será recordado como una de las grandes catástrofes nucleares de la historia. Sus consecuencias medioambientales y humanas son aún difíciles de medir, aunque se cuenta que los materiales radioactivos y tóxicos superaron 500 veces a los de la bomba atómica en Hiroshima en 1945.

Se estima que 31 personas murieron en el momento del accidente, alrededor de 135 mil fueron evacuadas de los 155 mil km² afectados, permaneciendo extensas áreas deshabitadas durante muchos años al realizarse la reubicación de otras 215 mil personas. Sin embargo, estudios posteriores han arrojado evidencias de enfermedades y víctimas asociadas a la expansión de la radiactividad, difíciles de contabilizar.

Hoy, a tan solo 3 kilómetros de la planta nuclear, Pripyat muestra a sus escasos visitantes las huellas que el dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, aleaciones de circonio y grafito dejaron para siempre en la superficie, e incluso dentro de su composición no visible, mutando para siempre la estructura y esencia de las cosas, que se nombran en índices de radiactividad. 

Las imágenes de esta muestra son apenas una selección del tránsito de Enrique Moya por Chernóbil, nombre que significa ajenjo en lengua ucraniana, además de ser el mismo de la estrella nombrada en el libro del Apocalipsis según San Juan. En este tránsito por la ciudad fantasma de Pripyat el viajero devela para nosotros los espacios abandonados por una migración forzada y violenta que dejó yermo a un pueblo entero, cuyas ruinas sobreviven entre la maleza y el ajenjo radioactivos.

Paradójicamente Pripyat –también conocida como Zona Muerta–, se ha convertido en el lugar de más vida natural que existe en Europa Oriental. En sus calles habitan, pastan o casan animales salvajes: osos que se creían extintos, jabalíes, lobos, todo tipo de pájaros e insectos y en sus ríos, peces y bagres de gran tamaño que nadie pesca. También animales domésticos que, con el tiempo, se han convertido en salvajes: caballos, perros, gatos, gallinas, entre otros. Además, estudios científicos recientes aseguran que los animales de la Zona de Exclusión han desarrollado algún tipo de protección natural ante la radiación.

A través de estas imágenes transitamos por ese mundo raro, de desvencijadas estructuras, no apto para la vida humana. El documento se presenta como un viaje introspectivo que nos obliga a reencontrarnos con las reflexiones de Heidegger: “¿Y para qué poetas en tiempos de penuria?, pregunta la elegía de Hölderlin ‘Pan y Vino’… La noche del mundo extiende sus tinieblas. La era está determinada por la lejanía del dios, por la falta de Dios”. 

La pregunta es pertinente al enfrentarnos a este registro visual a través del cual el poeta que es Moya nos recuerda, en los comentarios a sus imágenes, que según la Biblia el tercer ángel del Apocalipsis era el ángel portador que contaminaría a las aguas, poco antes del fin del mundo, y que luego de su toque de trompeta caería del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y que el nombre de la estrella es Ajenjo: “…y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo, y muchos hombres murieron por causa de las aguas, porque se habían vuelto amargas”, para luego cuestionar “¿Mera coincidencia? ¿Justicia antipoética?”.