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El extranjero que escribe

Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Israel Centeno / Alexandra Blanco/ Antonio Rodríguez / Alex Delgado

Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Israel Centeno / Alexandra Blanco/ Antonio Rodríguez / Alex Delgado

Algunas reflexiones sobre el exilio, la nostalgia y la cultura en un país llamado República Bolivariana de Venezuela con los escritores Juan Carlos Chirinos, Juan Carlos Méndes Guédez e Israel Centeno

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—¿Traidor el que se va?

Juan Carlos Chirinos: Bueno, aún siento, después de quince años viviendo fuera del país, que no me he ido del todo. Nunca se va uno del lugar donde nació, por la sencilla razón de que ese lugar se lleva pegado a la piel. Yo he sido, soy y seré valerano allá donde vaya; y sobre esa capa trujillana se han ido asentando –como confeccionando un palimpsesto– Caracas, Salamanca y Madrid, que han sido las otras ciudades donde he vivido mi vida. A mí me da la impresión de que los venezolanos tenemos la fina cualidad de despreciarnos por razones por las que no despreciaríamos a gente de otros países. Tal vez padezcamos una variante del síndrome de Peter Pan, y sigamos pensando que somos una república joven que aún está en la búsqueda de su identidad y, por eso mismo, somos más sensibles a los ataques patrios.  

Juan Carlos Méndez Guédez: Tengo quince años fuera y cuando voy a Caracas recibo muchísima ternura de la gente, muchísimo cariño, muchísima cordialidad y afecto. Pierdo la cuenta de las frases hermosas que la familia, los amigos, los lectores me dicen o me escriben. Yo de entrada no percibo esa animadversión. Hay una dinámica venezolana impuesta desde el poder: sólo se escucha a quien grita, a quien amenaza, a quien ofende, a quien propone el linchamiento del adversario. Pero yo estaría también muy atento a los susurros, a las señales más sutiles, más bellamente complejas. Existen estos patéticos comisarios del patrioterismo, pero tenemos también la poesía de Rafael Cadenas, un barquisimetano que escribe con influencias orientalistas; tenemos a Slavko Zupcic, un valenciano de origen croata que escribe cuentos donde se alterna su ciudad de origen y su ciudad actual; tenemos a Balza, un deltano que ha inventado un método narrativo propio a partir de sus lecturas de Proust, de Kafka, de Meneses. Y tuvimos y seguimos teniendo en sus palabras a Teresa de la Parra, venezolana nacida en Francia, que creció en España y que hizo una obra que dibuja la complejidad de lo femenino y de aquel país donde se desenvolvía.

Israel Centeno: Venezuela es un país al que le han hecho perder la capacidad para advertir los matices. Entiendo que teníamos algo de eso, pero, incluso en los momentos de la violencia política de los sesenta y setenta del siglo pasado, se buscaron las gradaciones y por eso fueron derrotados los extremos. Hoy en día han triunfado los extremos y como sabemos, ellos se tocan y se dan el vuelto. 
Si algo se ha exaltado en los últimos tiempos es una idea decimonónica de patria, lo más superficial y lo más frívolo del pertenecer a “una tierra, un cielo, un etc.”, se desconoce, no se si ex profeso, que nuestro país se hizo con gente que se fue de sus tierras: italianos, polacos, alemanes, españoles, gente de todas las latitudes. 

—¿Por qué necesita la patria qué la defiendan? ¿De dónde ésta competencia sobre el amor a los símbolos patrios?

JCMG: Libros de Germán Carrera Damas, de José Balza, de Castro Leyva y de Ana Teresa Torres han tocado este punto desde distintos ángulos, y creo que coinciden en que se creó una especie de religiosidad bolivariana que sustituía la reflexión seria sobre lo que hemos sido y lo que estamos siendo. Cantar la gloria de una patria perfecta que aniquila o persigue a sus supuestos traidores es muy cómodo y exime de pensar.
Hay dos frases que siempre me vienen a la mente cuando oigo estas exaltaciones. Una es de un hombre que quiso mucho a Venezuela y al que le tocó vivir veintitantos años más allá de sus fronteras: Rufino Blanco Fombona. Dijo él: “nada hay más patriota que un tonto”. La otra no sé a quién pertenece pero resulta muy acertada: “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”.
Dudamel, el fallecido Inca Valero, o Maldonado son nuestros enaltecidos paisanos. ¿Y qué pasa con eso? Han mostrado ser capaces de ejercer la más vil adulación al caudillo para disfrutar de sus prebendas. En tanto seres humanos no me interesan. Una bandera con ocho estrellas no sustituye jamás la dignidad que ellos desconocen.

IC: No están defendiendo a la patria, es una reaccionan defensiva, verse en un espejo los pliegues más oscuros de nuestra alma y espantarse de una forma particular, evadir, negar, defender una entelequia, un valor patrio. Además, creo que sentimos vergüenza de lo que somos, y esa vergüenza, paradójicamente, se expresa en una defensa desproporcionada de valores inefables, de escenas pintorescas. Una actitud costumbrista existencial. ¿Cuál patria voy a defender? La que me asesina, la que me expone, la que hace fraude, la que desmotiva, la que me despedaza si desentono? No tengo la obligación de sentir amor por esa patria, ni verla exaltada en símbolos, usados muchas veces para expresar nuestros prejuicios: xenofobia, homofobia, resentimientos de clase, ideas ridículas de supremacía racial, en este caso de una raza mixta o cósmica o de una vena “heroica”  El complejo de los venezolanos es creernos hijos de los héroes de la independencia. Con eso nos basta, más dos o tres playas bonitas, unos culos salteados de arena, El salto Ángel y las conservas de coco. La idea de la patria viene a ser un atavismo, en  contextos como el nuestro. Habría que replantearse las pertenencias, como un asunto más complejo, hoy día es algo que va más allá de un apego folclórico, paisajístico o gastronómico. 
 
LA NOSTALGIA 

—¿A qué cree que se debe que miremos tanto al pasado y lo veamos como un lugar de felicidad del que fuimos expulsados? 

JCCH: El mito de la edad de oro tiene gran poder en la cultura, y Venezuela no iba a estar exenta de caer seducida por él. Pero creo que, otra vez, las circunstancias socio-políticas a las que hemos sido empujados, han azuzado el interés por la historia, pero –insisto– ese interés siempre ha estado allí. Quizá la diferencia ahora es que un gobierno cuasi (y sin elcuasi) totalitario ha querido, impúdicamente, instrumentalizar para su beneficio la historia, tal como hizo Francisco Franco en la España de la segunda mitad del siglo xx. Mirado en perspectiva, el discurso nacionalista y cerril del presidente no se diferencia demasiado del que usaron Juan Vicente Gómez, Rufino Blanco Fombona o Luis Herrera. En Venezuela, el culto semi religioso a Bolívar existe desde mucho antes de la revolución bolivariana; y siempre ha sido igual de ridículo.

JCMG: Se nos enseñó desde la escuela que toda nuestra gloria reposaba en el pasado. En las gestas épicas de militares del XIX. Un supuesto paraíso perdido que nos encegueció, y que impidió apreciar que los gobiernos de la democracia construyeron montones de universidades, erradicaron enfermedades, dotaron de servicios públicos a millones de personas, crearon museos, orquestas, convirtieron Venezuela en un punto de confluencia cultural. Nuestro país entre el 59 y el 98 fue un lugar con muchos problemas, miserias y contradicciones, pero también fue un lugar de pluralidad, de progreso, de crecimiento, de vitalidad.

IC: El arquetipo de la mujer de Lot, quién mira al pasado se convierte en estatua de sal, se paraliza. Allí está nuestra gran carencia, si ponemos nuestras esperanzas en el futuro, inspirados en un pasado glorioso, en donde las cosas siempre fueron mejor, en El Dorado o la Arcadia criolla y en El Arauca vibrador, no asumimos el único momento sobre el cual podemos incidir para cambiar las cosas. El tema es la responsabilidad. Ver hacia atrás o poner la vida en el futuro, es una manera de ser irresponsable. 

—¿Qué pasa culturalmente en Venezuela? ¿Cómo se desarrolla la literatura en el país?

JCCH: Esta pregunta tiene una respuesta muy extensa y otra corta. Daré la corta: En Venezuela el arte y la literatura están tan saludables como lo pueden estar el arte y la literatura de cualquier otro país del mundo.

JCMG: El gobierno militar ha aislado al país colocando trabas kafkianas para que la gente se vea obligada a leer los poemas de Farruco Sesto, las proclamas del Che, los versitos de Pereira y los discursos de Fidel, pero hay algo hermoso. La gente lleva años resistiendo esta caspa chavista con una actitud que busca la belleza, el esplendor, la lucidez del poema, de la novela, del conjunto de relatos. Veo una literatura plural, de gran riqueza, musculosa, y con ambiciones diversas. Conviven autores de gran vigencia como Balza y Liendo, con voces jóvenes muy talentosos como Rodrigo Blanco, Martínez Bachrich, o gente consolidada como Silda Cordoliani, Óscar Marcano, Federico Vegas, Barrera Tyszka, y los muy brillantes autores de la diáspora: Israel Centeno, Chirinos, Slavko Zupcic, Chiappe y Liliana Lara. 
Y además tenemos un autor que para mí se pierde de vista y que es una de las voces más talentosas de la lengua española: Rubi Guerra. 

IC: Hay un movimiento interesante. Hay propuestas diversas. Han surgido a pesar de la uniformidad y la carencia de contraste de nuestra momentum político, voces contrastantes, con matices; es una paradoja hermosa. 
La literatura y la cultura, nunca deben ser gobierno. Cuando son reales las propuestas estéticas, desentonan y son disidentes. Quizá por eso hay una claridad alentadora en los jóvenes creadores. Ojalá y mantengan siempre esa cosmovisión, esa necesidad trascender los postes limítrofes, siempre reconociéndose en la tradición y reconociendo a su vez que no habría tradición sin el afuera, sin el mundo.