• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Una exposición que alerta sobre la soledad

“Vórtice” de Oscar Molinari e “Inercia” de Gabriela Gamboa en los espacios de La Caja, en Caracas | Cortesía La Caja, Centro Cultural Chacao

“Vórtice” de Oscar Molinari e “Inercia” de Gabriela Gamboa en los espacios de La Caja, en Caracas | Cortesía La Caja, Centro Cultural Chacao

Dos cuerpos de trabajo, “Vórtice” de Oscar Molinari e “Inercia” de Gabriela Gamboa, entablan un diálogo en la exposición “Campos de fuerza” en los espacios de La Caja, en Chacao, Caracas. Los artistas exploran sobre las prisiones humanas a las cuales nos someten la soledad y la violencia en la ciudad contemporánea

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Una sensación profunda de soledad es a lo primero que nos remite la propuesta  de Oscar Molinari en Vórtice. Una soledad incómoda, que apresa y que nos dice que es real porque a diario la vivimos. El ser humano contemporáneo insiste en estar solo: es cada vez más hierático, vive su vida por inercia. Vórtice plantea un conjunto plástico integrado por objetos, fotografías y videoarte. De las paredes sobresalen las fotografías apenas iluminadas y notamos que los retratos son de maniquíes.


Vórtice de Oscar Molinari / Cortesía La Caja

Si hay un objeto feo que “decora” muchas de las calles caraqueñas es el maniquí. Parecieran estar ahí para hacer metáfora de cómo a veces llevamos el día a día: hacemos todo de manera automática. Los maniquíes poseen ojos muy coloridos, sus rostros son constreñidos y los de Molinari parecieran que, tras una sonrisa amable, quisieran explotar. Quieren decirnos algo. Entonces esta pequeña exhibición nos introduce en temáticas interesantes e invita a que reflexionemos, a que de alguna manera nos identifiquemos y así saquemos nuestras propias conclusiones. El tema se ha introducido de manera directa, más no literal:es un hecho, somos seres separados y solitarios mentalmente. Es la sociedad líquida que liquida al ser humano cuando él permite transitar  la vida como autómata. Aunque la temática no es nueva en el arte, no deja de ser sumamente interesante pues la soledad en la sociedad contemporánea sigue dando tela que cortar.

La exhibición trae a la luz un elemento extra: hay un control y un autocontrol sobre cómo comportarnos y sobre la capacidad de tolerancia que tenemos hacia la violencia. Como seres de la posmodernidad cada vez carecemos de tiempo y nos concentramos en un día a día de infinitas tareas, muchas veces poco proporcionales con las horas que ofrece el día. En este afán por perseguir y conseguir cosas nos hacemos tolerantes y partícipes ante la violencia lo cual, naturalmente, nos separa de un existir más sosegado. En las fotografías de Oscar Molinari los ojos de estos maniquíes están controlados por flechas que le dicen hacia dónde mirar, esa mirada constriñe al cuerpo pues no mira hacia los lados, por lo tanto no hay opciones para reconocer otras perspectivas.

Es inevitable preguntarnos¿por qué la selección de maniquíes fue de sólo femeninos? Hasta ahora no estoy muy convencida de saber por qué. La curadora de la muestra, Lorena González, comenta en sus textos de sala lo siguiente: “En Vórtice son distintas las problemáticas que se cruzan para engranar una suerte de ambientación en el espacio museográfico donde distintas series concentradas en los rastros y tránsitos de la figura humana, conforman el punto de enlace para la distorsión, el levantamiento y la consolidación estética de problemas hincados en el desarrollo de nuestra contemporaneidad: la violencia, la muerte, la simulación, la máscara, la evasión, el olvido y el deterioro son algunos de los puntos críticos que conviven a través del video, la fotografía y la instalación: flujo dinámico de una turbulencia esencial de nuestros contextos que ahora se traslada hacia los campos sensibles de la percepción del espectador”. Sin embargo la exhibición no representa  “al ser humano” sino a figuras femeninas.

Seguimos el recorrido de paredes oscuras, paneles negros, maniquíes, luces tenues y rostros distorsionados. En esa medida vamos haciéndonos cada vez más partícipes de  estas  obras y de una posible alerta que emiten: el deterioro de los entornos. En el segundo piso, en la sala 2 de La Caja, aguarda Inercia, una instalación de Gabriela Gamboa. Consiste en televisores de diversos tamaños ubicados en el piso y entrelazados unos con otros a través de cables enredados. Marañas de cables y televisores viejos. Se ubican en un espacio cercado por dos trozos gigantes de plástico que, cuales cortinas de hogar, hacen de ese nuestro espacio íntimo. Este espacio es casi térmico, se siente menos aire que afuera: ahora no sólo estamos solos sino inmersos en una atmósfera tecnológica que asfixia, que encierra. ¿En muchos casos no es así nuestro día a día? Brillantemente nos interroga Gamboa y más tajante lo plasma la curadora al decir: “La compleja situación de violencia que atraviesa la ciudad de Caracas así como el crítico entramado social que ha desvanecido la posibilidad de lo humano y el desarrollo del vínculo; la insertan en un nuevo territorio de aproximación. Ahora el cuerpo se busca en los recovecos de la propia casa como aquel espacio que se ha transformado en la cárcel visual de una existencia anómala”. 

Inercia de Gabriela Gamboa / Cortesía La Caja

En Campos de fuerza la metáfora es clara, es directa: el individuo se borra, se solapa, se lastima, se encierra en las ciudades contemporáneas y se hace tolerante y partícipe de  la violencia. El discurso visual de esta muestra ubica al público como tejido elocuente y primordial: con Molinari porque nos invita a mirar y a reflexionar, con Gamboa porque nos inserta y hace sentir desde varios sentidos la asfixia tecnológica.