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El excéntrico viaje de Vincent van Gogh

Autorretrato, Vincent van Gogh

Autorretrato, Vincent van Gogh

Como buen heredero de los impresionistas en sus maneras de ver y de sentir el paisaje, para Vincent van Gogh el entorno era fundamental. El lugar que pisaba lo palpaba, sintiéndolo cerca o rechazándolo. Sus sentimientos se han reservado en una extensa correspondencia y en una obra plástica profusa y única, ambas dan luces de que su vida fue un excéntrico viaje

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“Mi padre es pastor protestante de un pueblo de Holanda. A los once años de edad fui a la escuela, quedándome allí hasta cumplir dieciséis. Entonces tuve que escoger un oficio, pero no sabía cuál. Sin embargo, por mediación de unos de mis tíos, socio de la casa Goupil & Cia., marchantes de arte y editores de grabados, obtuve un puesto en su sucursal de La Haya. Trabajé tres años allí. Luego fui a Londres para aprender inglés y después de dos años a París (…)” Estas líneas recogen cómo se describía Vincent van Gogh (Zundert, 1853-Auvers-sur-Oise, 1890) a sus 23 años. Esta carta, datada de junio de 1876, vislumbra que el joven no tenía claro a cuál oficio se dedicaría, ‒incluso por un tiempo el arte no fue siquiera una opción, como sí lo fue la de ser pastor‒, también da cuenta de algo esencial: la vida del pintor holandés se desenvolvió en una constante trashumancia. Un ir y venir la caracterizó; iba y venía en lo geográfico y también en lo psíquico.

En 1878, tras abandonar sus estudios de teología en Amsterdam, marcha a La Borinage, región minera de Bélgica, donde se dedica a predicar y se interesa por conocer más el modo de vida campesina. En esta época, Vincent escribe una carta a Theo (la 133) la cual es considerada una de las importantes porque es la que más brinda pistas para descubrir al artista en lo humano, también lo es porque muestra cómo para él el lugar y la obra estaban completamente conectados: “Tengo ahora que aburrirte con ciertas cosas abstractas, no obstante me gustaría que las escucharas con paciencia. Soy un hombre apasionado, capaz e inclinado a hacer cosas más o menos absurdas, de las que a veces más o menos me arrepiento. Puede que hable o actúe demasiado precipitadamente, cuando sería mejor mostrar algo más de paciencia. Creo que otros también, a veces, cometen  tales imprudencias…Por ejemplo, para mencionar una de las muchas pasiones, tengo una pasión indomable por los libros, necesito desarrollarme, estudiar continuamente, si quieres, igual que necesito comer pan. Eso podrás comprenderlo. Cuando estaba en otro ambiente, en un ambiente de cuadros y arte, me apasioné enormemente, como sabes por ese ambiente, sí, un éxtasis de lo que no me arrepiento. Y ahora, que estoy lejos de mi tierra, a menudo siento nostalgia del país de la pintura (…)”

Gracias a la extensa correspondencia que intercambió, principalmente con su hermano Theo, seguirle el rastro a su vida implica trasladarse de un lugar a otro: un ir y venir constante. Es además adentrarse en un traslado plagado de tensiones pues su personalidad rasgaba los extremos de los sentimientos de bondad y de furia, algo que se acentuó en la medida en que pasó el tiempo. Su terquedad, sus excesos en el modo de vivir sus sentimientos ‒y los de los otros‒, hicieron que Vincent van Gogh, además, tuviera una vida bastante acontecida que no le permitía quedarse en un lugar fijo, era  como si quisiera huir de sí mismo. Para la muestra y ejemplo clásico: cuando, estando en Arlés, en 1888, en medio de un arrebato de ira y a raíz de una discusión con su colega y amigo Paul Gauguin, decide cortar su oreja. Vincent es internado en el hospital de Arlés.

Pero ese genio tozudo también fue el que produjo una obra tan amplia, única y perfeccionada. Un genio que constantemente enriquecía viendo obras de artes en exposiciones y museos, además de albergar un gusto especial por la literatura francesa. Entonces ver cada composición de Vincent  van Gogh es emprender un vuelo con pasaje de abordar a Amsterdam, París, Arlés, Nantes, Cuesmes, entre otras. En él, el referente del lugar es tan importante como el referente artístico. A sus 27 años Vincent vivía para pintar y para trasladarse. Es interesante esto que le escribe a Theo en 1883: “Esta vez escribo desde un último rincón de Drente, adonde llegué después de un viaje eterno en una embarcación que navega a la sirga a través del bresal. No creo ser capaz de describir el paisaje como debiera, porque me faltan las palabras, pero imagínate las orillas del canal como si fueran millas y millas de cuadros de Michel, o de Th. Rousseau, de Van Goyen, (…).”
Sin embargo, este solitario artista no da demasiado crédito a la soledad porque meses después escribe: “Drente es magnífico, pero aguantarse allí depende de muchas cosas, depende de que  uno pueda  superar el aislamiento”

Paris y Arlés

La terraza del café de la Placé du Forum, Arlés, c.1888

En 1886 se inscribe en la Academia de Amberes, en donde estudió por corto tiempo por tener diferencias de opinión con su profesor. Así que, al poco tiempo, marcha a París sin avisar. Al llegar, envía esta nota rápida a su hermano: “Discúlpame que haya venido de súbito; he reflexionado tan a menudo al respecto que creo que de esta manera ganamos tiempo. Desde el mediodía, o antes si prefieres, estaré en el Louvre. (…)” En la ciudad francesa vivió dos años. Fueron meses propicios para su enriquecimiento cultural pues se impregnó del ambiente artístico del lugar conviviendo con pintores como Toulouse-Lautrec y Bernand. Daba largos paseos para sacar bocetos, visitaba museos. Es la época en la que más aprovecha de hacer autorretratos pues desea aprender bien a pintar la figura humana pero, al no poseer suficiente dinero para  pagar modelos, se pinta a sí mismo. En París, en medio de esta vorágine artística, su salud mejora. Su sentido del color florece. Pero más tarde algo tenía que surgir: París es muy bulliciosa para Van Gogh así que decide irse a Arlés en búsqueda de un ambiente más tranquilo. Le comenta a Theo: “Durante el viaje he pensado mucho tanto en ti como en el nuevo mundo que estaba viendo. Me dije a mi mismo que acaso vengas a menudo por aquí. Me parece casi imposible poder trabajar en París, salvo que uno tenga un lugar donde retirarse, donde recobrar la calma y la confianza en sí mismo. Si eso falta, uno termina por embrutecerse.”

Quizás son París y Arlés sus etapas más productivas, o en las que se sitúan gran parte de sus obras icónicas Girasoles, La casa amarilla, etc. ‒no obstante en Saint-Remy también produce parte de sus pinturas más emotivas‒- Llegando a Arlés conservaba aún su estrecha amistad con Paul Gauguin a quien deseaba ayudar. También deseaba tiempo atrás tener un taller desde donde poder trabajar e invitar a sus amigos a alojarse. Y entonces alquila La casa amarilla, que describe en varias correspondencias. “El mejor lugar para alojar a alguien es el cuarto de arriba; intentaré dejarlo como un auténtico boudoir femenino.” Así le escribe a Theo durante espera a Gauguin, quien residirá con él un tiempo.

Por varios meses conviven Paul Gauguin y Vincent van Gogh en Arlés. Las cartas a su hermano no paran, describe su trabajo teniendo consciencia de la profusión del color que cada vez emplea con más ahínco, para muestra de ello está la obra El dormitorio. No obstante la relación entre los artistas de a poco se va deteriorando y es cuando surge el incidente de la oreja. La depresión hace que Vincent decida, voluntariamente, internase en el asilo de Saint-Rémy desde donde seguía trabajando.     

Es conmovedora la carta que escribe a sus familiares respecto a sus crisis depresivas y tener que marchar a Saint-Rémy: “A fines de mes me gustaría ir al asilo de Saint-Rémy, del cual me ha hablado el señor Salles…Será suficiente, espero, si digo que no me siento en estado de volver a empezar, de tomar un nuevo taller, de estar sólo en él, aquí, en Arlés o en otro sitio (…) He tenido cuatro grandes crisis, en las cuales no sabía lo que decía, deseaba o hacía (…) A pesar de todo sigo trabajando y he hecho dos cuadros del hospital.”

El ocaso de Vincent

La noche estrellada, 1889

Vincent van Gogh era un excéntrico sin desear serlo. Fue un trashumante nato. Tan sólo tenía 37 años cuando decide quitarse la vida mediante un disparo en el pecho pues temía que se avecinaba una nueva crisis psíquica. En la última carta que escribe a su hermano Theo, desde el asilo en Auvers-sur-Oise, no da señales de sus planes de suicidio, al contrario, como en su mente todo se centraba en el arte, le describió a su hermano cómo estaba estructurando su más reciente trabajo: “Aquí tienes tres bocetos; uno de una campesina, un gran sombrero amarillo, con un lazo de cintas”. Seis meses después murió su hermano Theo.