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Los eternos perdedores

Antonio Tello | Fotografía de Jorge Tello

Antonio Tello | Fotografía de Jorge Tello

Los personajes de Antonio Tello parecen desechos, acaso las ruinas del antiguo monumento del ser, llevados por las corrientes de un sinsentido que los moldea, hallándose en ninguna parte

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Una fría tarde de diciembre del año 2011 conocí, en la librería PequodLlibres del barrio de Gràcia, en Barcelona, Catalunya, al escritor argentino Antonio Tello (nacido en Villa Dolores en 1945). Él estaba presentando un libro y la inteligencia de sus reflexiones así como la soltura con la que hablaba me llamaron la atención. Al finalizar su presentación entablé con él una amena conversación. Escritor del exilio, Tello había publicado, con la Editorial Candaya, una recopilación de cuentos escritos entre 1968 y 2009: El mal de Q.


Apenas iniciar mi lectura fui testigo de la desolación de un paisaje conformado por imágenes y palabras que me agobiaron y asombraron. Los personajes, hastiados por una cotidianidad vacía y rutinaria, anhelan, luchan, buscan en vano, encuentran lo que no hay que encontrar o no hacen nada sino observar y ser observados. Perdido el rumbo, caídos víctimas de la gran trampa del mundo se asemejan a los personajes kafkianos. Los de Tello son, más bien campesinos, resentidos, prisioneros, perseguidos y gauchos que habitan la pampa, la provincia y hasta un moribundo que cae de bruces frente a la estatua de Frederic Soler en Barcelona. Sus personajes también son guerreros del pasado o constructores de catedrales, de utopías, encerrados en una inmensa realidad que los encarcela y donde no hay horizontes, sólo un vacío exasperante, una espera inútil. Y acá  recuerdol as palabras de Shakespeare: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”…, y tengo ganas de agregar: “y nosotros somos los eternos perdedores”.
Los personajes de Tello parecen desechos, acaso las ruinas del antiguo monumento del ser, llevados por las corrientes de un sinsentido que los moldea, hallándose en ninguna parte. Tal vez el sueño, las ganas de volar o huir de la dura realidad, los libere por un rato, a la espera de una redención que nunca sucederá. “Supe que mi tiempo había acabado. Que quizás lo agoté el día, cuarenta años atrás, en que sucumbí al horror y profané las leyes de la vida. Igualmente supliqué. Incapaz de comprender mi destino, continúo suplicando” (La agonía del ángel).


Personajes sin patria, sin terruño, en busca de una identidad que los defina, caen en la trampa de la única realidad que los envuelve como una niebla espesa: la del lenguaje. Este los confunde y los aísla, conformando un espacio ilusorio que se vuelve ininteligible para ellos, perdiendo el sentido de su realidad. Antonio Tello, con su dominio del tiempo de la narración, crea una estética propia, un universo propio. Con maestría sus palabras llevan a los personajes hacia dimensiones desconocidas donde luchan para no ahogarse, para no perderse, para no extraviarse, y cuyas vidas culminan en la nada o en el anhelo frustrado. Tello escribe sus cuentos “como una interrogación sobre el sentido del ser del hombre a través de personajes imaginarios y de sus historias, en la época de la “pérdida del carácter milagroso del mundo” (Kvetoslav Chvatik). 


Estos confrontan la cruda e irreversible realidad de la soledad, como agonía, como misterio, como pasión y, sobre todo, como violencia. “Miró al otro, sofocado, con rabia y sintió que la estrechez de esa jaula no contendría la violencia ancestral de la especie” (La jaula). El otro es el peligro, el otro es el que limita, encarcela, reprime, poniendo en evidencia la violencia arquetípica inherente al ser humano. El mundo es una cárcel donde sus personajes se convierten en meras voces del olvido, del miedo y del desamparo, personajes que forcejean entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte, entre el destierro y la patria, entre memoria y olvido. “Sin embargo, al recuerdo de mi patria lo ha devorado la añoranza y un infame error me asusta en el exilio” (Nocturno). 


Con los cuentos de Tello puedo afirmar que no hay despertar de la conciencia, sólo un transitar por la confusión, por las innegables necesidades de destrucción, por la pérdida de la identidad al confundir realidad con ficción, quedando la muerte como única salida. Muerte omnipresente, al acecho entre la pesadilla y la conciencia de las que están presos sus personajes, llevados como un barco abandonado, a la deriva, por las corrientes caóticas de la existencia y de su propio inconsciente.


Estos personajes, yendo a tientas por el estrecho filo de la verdad y de la mentira, ponen en evidencia la verosimilitud de la ilusión, que podría ser sólo una mera pesadilla recurrente y obsesiva. Como su sutil e inteligente referencia a un libro de Adolfo Bioy Casares. “Morel sonrió, tal vez pensando que era posible que todo fuese una invención de alguien, de Dios, o de él mismo” (La reinvención de Morel).


Con un envidiable dominio del lenguaje, con la maestría y la conciencia del que sabe de pérdidas definitivas, del que domina su propia prosa poética, con un idóneo uso del moldeable y flexible universo lingüístico en el que las imágenes y las metáforas contienen el sentido oculto del enigma semántico, el verbo de Tello fluye como la hoja de un árbol llevada armónicamente por los vientos de las intermitencias de su imaginación. Tello me deleitó con sus cuentos, convirtiéndome en partícipe de sus tramas. Al volverme cómplice de su juego narrativo ingresé en un mundo ilusorio, y a la vez tan real, de un laberinto de imágenes y espejismos en el que quedé preso, como sus personajes, y del que no hay salida. Sus cuentos fueron para mí una telaraña que me atrapó en sus redes como si yo fuera un insecto desprevenido. Su realidad, inventada o reinventada, parece definitivamente salir de aquella “unánime noche” borgiana, para culminar, como las olas del mar en las playas del Mediterráneo, “en la oscuridad”, una oscuridad que acecha. “Buscó en sus ojos y supo que todo él era el mapa y las cifras que revelaban los secretos lugares donde yacen, desnudos de nombres, los huesos de los condenados al olvido” (El último jaguar).