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El eterno retorno de Juan Luis Martínez

Juan Luis Martínez

Juan Luis Martínez

El poeta anónimo es una obra póstuma del autor. El libro es un fascímil de la obra original que el autor no alcanzó a publicar

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He visto las cajas grises o negras del libro negro o gris de Juan Luis Martínez, ofrecidas en los estantes de una de las más bellas librerías de São Paulo. El poeta anónimo está allí, silencioso como un túmulo, sin que muchos sepan de qué se trata, cuál es el rumor de su silencio o qué significa su anonimia. Charles Cosac, quien asumió con valentía poética la improbable publicación de esta obra, decidió también, acertadamente, que el libro no llevara ningún logotipo, ningún texto de presentación, ninguna información sobre su materia o sobre su autor.

Es un libro hermético, un poema cifrado, una cábala.

Completaba así Cosac un legado y una obra inmensa, al traernos a la plena luz de nuestros ojos la existencia de un “manuscrito” inédito, hallado entre las cosas dejadas por Juan Luis Martínez a su muerte y destinado, según nos cuenta Elianita Martínez, su señora viuda, también, al fallecimiento: es decir, a ser consumido junto con el resto de su obra en una hoguera que Martínez, el día de su muerte, había encomendado a ella para así enviar en forma de humo su poesía al universo.

Cada vez que tengamos en las manos El poeta anónimo deberemos saber entonces que en ella pesa la gravedad de una poesía milagrosa, salvada de la desaparición por las manos amorosas de Elianita, que así nos dio a nosotros la posibilidad de sostener el peso de una muerte que no se incendia nunca, y que es como este libro, a la vez, el eterno presente y también el eterno retorno de Juan Luis Martínez.

Voy a explicarme. Pero antes cometeré la osadía de lanzar una afirmación categórica: Juan Luis Martínez, poeta chileno nacido en 1942 y fallecido en 1996, es la figura literaria que clausura, en la América hispana, la gran tradición poética moderna iniciada por aquel golpe de dados de Stéphane Mallarmé, que había sido implantada y transformada, precisamente en Chile, por Vicente Huidobro, a inicios del siglo XX. Mallarmé, Huidobro, Martínez constituyen pues una genealogía fundamental dentro de la historia de la poesía moderna escrita en América, una poesía que deshace su canto en la mudez del espacio, o que se deshace de versos para hacerse arquitectura de palabras encontradas en el firmamento blanco y oscuro de la página, en la materia densa y leve del lenguaje.

En verdad, los espejos son paralelos: Juan Luis Martínez nace en 1942; Mallarmé, cien años antes, en 1842; muere Mallarmé en 1898; Juan Luis en 1996 y por ínfimos dos años su espacio de vida no se hizo idéntico, sobre nuestro siglo, a la sombra iluminante de Mallarmé sobre el suyo. Aún más: en el delirio de su muerte, Mallarmé ordenó quemar su obra, como también lo hizo Juan Luis. En ambos casos este espejo último del desvanecimiento se ha roto. Porque las obras son más poderosas que las vidas, o que su última sombra, la muerte.

El poeta anónimo es un libro que se ve más de lo que se lee; o que se ve como si se lo leyera; o que se lee como si se lo viera. Poesía encontrada –Ready Made poético– en él no hay una sola frase escrita por Juan Luis Martínez y sí muchas, todas, por él halladas en el babélico laberinto de las lenguas: castellano, inglés, francés, alemán, italiano. Sus materiales –que no su materia– provienen de numerosísimas fuentes: cómics, obituarios, prensa negra, ensayo antropológico, teoría literaria, historia de la pintura antigua, plegarias, misceláneas, caricaturas, noticias, publicidad: felicidad de la nostalgia y nostalgia de la felicidad –como se lee en un título de prensa estratégicamente convertido en verso de El poeta anónimo.

Sucede, pues, con este libro que la poesía –o mejor aún: el discurso– han sido llevados hasta un hilo que no puede estar más tenso, y que se transforma en cuerda sonora: el hilo de otras voces, fragmentadas, que no se ofrecen a la inteligibilidad sino que se esconden, se velan a ella, se difieren de ella; sucede entre sus páginas que la única manera de leerlas sea verlas, y viceversa: que la única manera de verlas sea leerlas, a condición de hacerlo como si no estuviésemos destinados a entenderlas.

La clave de El poeta anónimo radica, entonces, en aquella aserción que Gershom Sholem escribía a su amigo Walter Benjamin: no leer la oscuridad transparente de las letras tanto como la transparencia oscura, hermética, a-sonora, muda del blanco que las separa; leer como si no entendiéramos lo que leemos, para colocar en suspenso la certeza antejudicativa que nos lleva, siempre más o menos banalmente, a aproximarnos a un texto como si él nos estuviera dirigido, ofrecido, expuesto. El poeta anónimo exige otro tipo de lectura: aquella de quien sabe, de antemano, que el texto se resistirá como un paño tieso a nuestro entendimiento y nos obligará a estar en él, a permanecer frente a él, viéndolo como si sus palabras fuesen herméticos anagramas, jeroglifos.

Juan Luis Martínez compuso su libro como una summa de collages, filtrados por el cuerpo frágil y arenoso del xérox. Su rareza, el milagro de su existencia procede de ser este libro la culminación inesperada de una obra que en vida de su autor, y por él mismo, sólo vio publicados dos títulos –La nueva novela y La poesía chilena. El poeta anónimo puede haberse iniciado durante los años ochenta y creo poder afirmar que funciona como un testamento. O mejor: como una tumba. La tumba misma de Juan Luis Martínez. Su título es un rébus: no significa lo que profiere. No es lo que dice. Como no era La Nueva Novela de ninguna manera una novela –era el último texto de la gran genealogía Mallarmeana en América, su último golpe de dados– ni era La poesía chilena un libro de poesía –sino más bien un objeto, una caja que contiene, a más de tierra de Chile y su bandera, un librillo que nos espera a todos con sus páginas en blanco y con la copia de los certificados de defunción de los más grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Pablo Neruda.

¿Quién es, pues, el anónimo de El poeta anónimo? ¿Juan Luis Martínez? ¿Las tumbas de todos los poetas que en él aparecen? ¿Las listas de los personajes sin nombre retratados por los pintores Isabelinos? ¿Los muchos, improbables rostros de William Shakespeare, que no tuvo ninguno?¿Los muertos, los asesinados, Lorca y Marat, los esqueletos, los cinco revolucionarios ejecutados en un dibujo de Pushkin, los cinco soldados muertos por el regimiento 29 una noche de 1770, los próceres y los mártires anónimos de Chile? ¿El bello mechón, andrógino, de Sophie Scholl cayendo sobre una paráfrasis mallarmeana del golpe de dados aun cuando lanzado en las circunstancias eternas del fondo de un naufragio?

La lectura de este libro es, con todo, y plancenteramente, eso mismo: un naufragio cuyo fondo no es otro que la muerte y que se concluye con una página en blanco sobre la que flota el dibujo infantil de la litera construida por Rimbaud para ser transportado en Agen, cuando era ya un poeta mudo y estaba a punto de entrar en el castillo de la pureza, en el silencio sin fin de la eternidad.

Lo primero que nos recibe en este libro es una mención a La tumba de Baudelaire, evocación fragmentada en imágenes de una obra de resistencia de Pierre Jean Jouve, publicada el año del nacimiento de Juan Luis Martínez desde la clandestinidad, y cuyo título reproducía el de una célebre colección de textos editados a la muerte de Baudelaire por Stéphane Mallarmé, conteniendo además de homenajes literarios de sus contemporáneos, el túmulo improbable del autor de Las flores del mal, a ser erigido por Rodin y un salvaje frontispicio de Félicien Rops: están echados pues de entrada todos los dados del juego en el que respiraba Juan Luis Martínez.

Esa tumba de inicio en un libro signado por la hermética presencia de los durmientes me hace pensar que su materia no es otra que la dormición definitiva que llamamos muerte, y el silencio a-poético que la cubre y que llamamos túmulo. El epígrafe, otra vez mallarmeano, de El poeta anónimo, así vendría a confirmarlo: “Tumbas-cenizas (ni sentimiento ni espíritu), ¡neutralidad!”. Desde esas páginas de entrada el libro de Martínez no hace más que dibujar los meandros de la muerte, que se va a anunciando sigilosa en mil y una cifras herméticas: son los sonetos descompuestos como mármoles enfermos, es la melancolía de las más bellas estatuas, el presentimiento de que el logos que las anima se romperá en pedazos; son los cuerpos eternos heridos de muerte; es la M de Kepler, que también es la M de Martínez flotando en un firmamento de estrellas, como la estrella íngrima de Chile, y revelando la verdad de los cuerpos sometidos a la fuerza central de su propio decaimiento, de su muerte.

Entonces, en la mitad exacta de El poeta anónimo, en su exacto centro, en la precisa medianía de su volumen, bajo la égida descifrante de un subtítulo que reza la ausencia de autor, aparece Juan Luis Martínez mismo, por la primera vez nombrado aquí, en la fotocopia de una ficha de biblioteca referida a su propia obra, Le silence et sa brisure, una colección de poemas publicada en París en 1976: el silencio y su quebradura, el silencio que se quiebra siempre en forma de poema.

A partir de allí lo que este libro contiene no es otra cosa que el cuerpo diferido, también roto en fragmentos de otro, en fragmentos otros, el ausentado cuerpo del propio Juan Luis Martínez: su foto de primera comunión con la leyenda de Rimbaud el día de su primera comunión, porque je suis un autre; un estratégico texto sobre el doble como prefiguración poética de la sabiduría infinita y del encuentro consigo mismo; en el corazón central del libro la palabra clave: yo, multiplicándose en la frase: yo que me he perdido.

De la misma forma como La tumba de Baudelaire no era otra cosa que el túmulo construido para su muerte por Mallarmé y constituido, en guisa de cuerpo ausente, por textos y poemas, El poeta anónimo, obra póstuma del gran poeta chileno, que con aquella se abre, pista iniciática de su propia estrategia funeral, es literalmente su póstumo monumento funerario, su propio entierro. En ello seguía Juan Luis Martínez una antigua tradición de libros-tumba –y habría que recordar aquí, de nuevo, el epígrafe mallarmeano que lo abre: “tumbas-cenizas (ni sentimiento ni espíritu: neutralidad!)”– que se inicia quizá con el volumen primero de los Ensayos de Montaigne. Allí, también en el medio exacto, en el oscuro centro de la obra de Montaigne encontramos los poemas de Etienne de la Boétie como una voz ajena y como un cuerpo ausente, enmarcados por los pensamientos de la amistad y de la servidumbre voluntaria, constituyendo en el libro cuya materia no es otro que Montaigne, en el libro-cuerpo de Montaigne la tumba de su amigo, Etienne de la Boétie.

Lo que se revela así es un misterio. Creo sospechar que Juan Luis Martínez dejó El poeta anónimo para otra cosa que el incendio: ahora está aquí a la espera de una hermenéusis exigente que sepa descifrar sus claves innúmeras, y los andrajos del yo que él (no) contiene. No estoy en capacidad ni poseo la autoridad, o el saber, para intentarlo. Otros vendrán. Otros deambularán con mayor certeza por sus páginas hermosas, oscuras, fascinantes. Me compete la satisfacción de haber tomado parte, junto con Charles Cosac y Pedro Montes Lira, con la aprobación de Elianita Martínez, de la empresa que lo trajo de otra muerte al haberlo revelado al público, eslabón último y perdido de una obra fundamental en la literatura moderna. Ahora yace aquí, entre nosotros, ojalá para siempre, este libro único y hermético, salvado por amor constante más allá de la muerte del naufragio de unas cenizas que nunca ardieron.