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Los estratos

Juan Cárdenas | Cortesía Prodavinci

Juan Cárdenas | Cortesía Prodavinci

Los estratos contiene varios pasajes asombrosos, deslumbrantes. La mayoría de ellos tienen que ver con el lenguaje

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Estamos ante una novela polifónica, pero dominada por una voz que trata de poner el resto a raya. Estamos ante una novela detectivesca en que la investigación es vaga, flotante.

Estamos ante un viaje al origen y el origen es un recuerdo, el de la niñera que cuidó al protagonista hasta su inexplicada desaparición. Ya adulto, pero igual de confuso, el personaje ve cómo su empresa familiar y su matrimonio se caen a pedazos, y se desplaza por la ciudad y por la selva en busca de respuestas. El mundo en que Cárdenas plantea las preguntas de esa voz rodeada de voces es un vertedero: la basura, la ruina, el desecho, la antigüedad o la fosa se van sucediendo a medida que lo hacen las sucesivas periferias. No es casual que el zombi, que el muerto viviente sea una presencia metafórica constante, con su deambular por espacios sin vida. O por estratos sucesivos. No sólo topográficos, también temporales: escarbar en la propia biografía es hacerlo en una historia colectiva de desigualdad, de superstición, de explotación, de chistes racistas, de verbo hecho carnes.

Los estratos contiene varios pasajes asombrosos, deslumbrantes. La mayoría de ellos tienen que ver con el lenguaje. Algunos, a través del collage de fragmentos orales y de fragmentos textuales, conducen a la verborrea, a la conciencia beckettiana de la disolución en saliva, en boca abierta ("dijque que dijque que dijquedijquedijquedijque"). Otros, articulados, reflexivos, nos llevan, en cambio, al sexo ("ella que sí, que le gustaba que la rompieran y entonces ya no había membrana sino un charco de lodo") o a la refundación de las palabras ("podíamos salirnos de madre y rebuznar y reducir las palabras a virutas", "había que dar con una palabra para acabar con las palabras"). Todos rebosan violencia y, sobre todo, insisten en las diferencias sociales. En las palabras como abismos de clase, de género, de raza.

La poética de Cárdenas se emparienta con otras que insisten en la extrañeza. Me recuerda a Sergio Chejfec, a Valeria Luiselli, a Yuri Herrera.

Tal vez la novela de un autor nacido en los setenta que más se parezca a Los estratos sea Opendoor (2006), de Iosi Havilio. Pero la del escritor colombiano es más compleja y más madura. Una lectura que nos pone a prueba: más que recomendable.