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A la espera de Los cuadernos negros

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La aparición inminente de Los cuadernos negros (Schwarze Hefte), del filósofo Martín Heidegger en marzo de este año, ha vuelto a replantear con cierta contundencia la sospecha de antisemitismo contra el autor de Ser y tiempo y, por descontado, la valoración de su influencia en el ámbito del pensamiento. Los cuadernos negros son 33 y van a ser publicados en tres volúmenes. Con un total de 1200 páginas, abarcan desde 1934 hasta 1945. El cuaderno correspondiente a 1945-46 –el 34– no va a ser publicado porque ni los herederos de la obra de Heidegger ni la editorial Klostermann, editora de las obras de Heidegger, disponen de dicho cuaderno, ya diré, más adelante, por qué.

Los herederos de estos escritos personales del filósofo, que constituyen una suerte de diario del pensamiento heideggeriano, no estaban muy convencidos de la conveniencia de su publicación, pero la editorial Klostermann logró imponerse, basándose en el hecho de que fue el mismo Heidegger quien estableció, antes de morir, la cronología en la que debía ir apareciendo su obra inédita. Siguiendo ese orden, Los cuadernos negros debían publicarse después de la aparición del tomo 73 de las obras completas, ya en circulación.

Los cuadernos negros de Heidegger, sin ser propiamente un diario, reúnen una variedad de temas de corte teológico-político sobre los que reflexiona dentro de un estilo más suelto al de su obra filosófica en la que cada palabra parece haber sido tallada con esmero. Los ismos de entonces: comunismo, bolchevismo, liberalismo, imperialismo británico y su proyección en el futuro, junto con el tema del judaísmo (judentum) al que se refiere unas quince veces, constituyen una buena parte del argumento de la obra, según ha trascendido. La editorial Klostermann encargó de la edición de los cuadernos a un profesor en la Universidad de Wuppertal, Peter Trawny, considerado como un connotado especialista en el pensamiento de Heidegger.

La acusación del antisemitismo de Heidegger había quedado, al parecer, definitivamente zanjada con la publicación en octubre de 2013 de Le Dictionnaire Martin Heidegger, dirigido por Philippe Arjanokosky y François Fédier en la editorial francesa Le Cerf. Se asienta ahí, que tras una revisión a fondo de los escritos de Heidegger, no hay ni un una sola línea ni antisemita ni racista en esos textos. Le Dictionnaire Martin Heidegger (1472 páginas) está considerado como una obra monumental por la sistematización, en 600 diferentes entradas, del núcleo del pensamiento heidegeriano. Participaron cuarenta y cuatro especialistas franceses, lo que no es de extrañar, ya que en Francia el filósofo alemán ha gozado (en Japón sucede algo parecido) de un suerte de culto, el Heidegger-Kult. El tema del antisemitismo propiamente dicho fue redactado por Hadrien France-Lanord, quien dice en el Dictionnaire, que para considerar nazi a alguien son necesarias dos condiciones: su antijudaísmo y su racismo; ahora bien, como ninguna de estos dos supuestos se dan en Heidegger –a pesar de haber estado en posesión del carné del partido nazi hasta 1946– no fue un antisemita strictu sensu. Comprensible lo del carné tal vez por el deseo de acceder al rectorado de la Universidad de Friburgo.

Pero Peter Trawny, el encargado de la edición, ha hecho público un resumen de Los cuadernos negros asegurando que en ellos se puede constatar explícita y fehacientemente que Heidegger antisemita. A quien más ha afectado esta noticia de Trawny es, desde luego, a France-Lanord, quien después de considerar desactualizado su artículo sobre el antijudaísmo de Heidegger en el Dictionnaire, se ha sentido “profundamente afligido” ante la nueva constatación.

Sin embargo, France-Lanord es un hombre joven que no conoció la Segunda Guerra Mundial, y se halla un tanto descolocado en referencia a las circunstancias en las que se produjo el pensamiento de Heidegger, según ha confesado el director del Dictionnaire, François Fédier.

Eso es lo ha dicho Fédier en una entrevista concedida al semanario alemán Die Zeit, en la que ha asegurando, además, que Peter Trawny saca fuera de contexto los textos en los que acusa de antisemita a Heidegger al referirse a la habilidad de los judíos para la contabilidad, el comercio, la competencia y su carencia de territorio (Weltlosigkeit) no son más que características de su idiosincrasia, de igual manera que referencias de ese tipo hechas a habitantes de otras tierras: bávaros, gallegos, argentinos o lapones no significan ni hostilidad ni rechazo contra quienes ostentan esas nacionalidades.

Y en cuanto a la referencia que hace Heidegger sobre el sentido profético del judaísmo y la interpretación de Heidegger en los cuadernos de que el sentido profético del Führer fue un instrumento de la voluntad de poderío, François Fédier asegura que es justamente lo contrario de lo que piensa Trawny. Hitler pronunció el 30 de enero de 1939 un discurso en el que se consideraba un profeta y la reacción de Heidegger frente a tal exabrupto fue poner las cosas en su punto rechazando ese don profético que el Führer se atribuía tan gratuitamente. Por otra parte, lo de la voluntad de poderío es un asunto de Nietzsche, no de Heidegger.

En todo caso, sean como sean las cosas, la publicación de estos cuadernos va a dar mucho de qué hablar, entre otras cosas por la manifestación por parte de Heidegger de su intento fallido de reformar la universidad a partir del pensamiento griego y encaminarla por la historia del ser. Las generaciones venideras que se ocupen del pensamiento van a disponer al estudiar toda esta gigantesca obra de Heidegger, incluyendo o no Los cuadernos negros, de unas fuentes de inspiración tan vastas como lo ha sido la música de Bach para quienes se dedican a ese arte.

En el semestre 1869-1870 Nietzsche dio un curso en la Universidad de Basilea sobre la gramática latina donde apuntaba lo siguiente: “Todo pensamiento consciente no es posible más que con ayuda del lenguaje”, o sea que pensar no es sino hablar. En esto, por lo visto, coinciden ambos filósofos, Nietzsche y Heidegger.

Pues bien, estos 73 volúmenes de las obras completas de Heidegger, a las hay que añadir los tres tomos de Los cuadernos negros que van a aparecer en marzo, más el que permanecerá inédito, el número 34 como dije, sumarían setenta y siete volúmenes hasta ahora. Ello coloca a Heidegger como el filósofo de mayor producción en la historia de la filosofía e, incluso, en cualquier otro campo.

El cuaderno 34 es importante porque, según se ha sabido, habla de su exclusión como profesor de la universidad alemana. En la edición de la segunda semana de enero, el semanario Die Zeit ha revelado que el cuaderno que haría el número 34 está en poder de un tal Silvio Vietta que vive en Heidelberg. Los padres de Vietta, Egon y Dory, fueron muy amigos de Heidegger e, incluso, Egon Vietta fue vocero del propio Heidegger y todo marchó sobre ruedas hasta que el filósofo se enamoró Dory, la esposa de su amigo Egon. El matrimonio de los Vietta se rompió en virtud de esta circunstancia y Heidegger donó en alguno de sus efluvios amorosos a su amante Dory el cuaderno manuscrito en el que exponía sus reflexiones entre 1945 y 1946. Silvio Vietta, el hijo de Dory, heredó de su madre el cuaderno y es su dueño en la actualidad.

En la entrevista que el periodista le hace a Silvio Vietta, este ha dicho que el cuaderno va a permanecer inédito de momento, y que Heidegger muestra una gran desconfianza frente al pensamiento técnico-matemático que va a conducir a Europa a la larga a una suerte de desierto de pensamiento, oponiéndose por ello al totalitarismo de la técnica a la que considera un instrumento del americanismo.

De todas formas, estas líneas mías no son más que aproximaciones a lo que leeremos una vez que comiencen a circular Los cuadernos negros en marzo, porque hasta ahora dependemos de los adelantos de Meter Trawny que, tal vez, obedezcan, en el fondo, a un mecanismo de mercadeo para convertir a quienes estamos interesados en el pensamiento de Heidegger en súbditos gratuitos, donde quiera que nos encontremos, de esa curiosidad intelectual que constituye por sí misma una poderosa adicción.