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El espejo roto de la confianza en los demás

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En otras ocasiones nos ha tocado hablar sobre el germen incivil que se ha apoderado del ánimo de las mayorías nacionales. El enorme pasivo social que tomó desprevenido al país entrando este siglo hizo posible que el grueso de los venezolanos considere legítima la transgresión, el escamoteo, la ruptura de la ley y el comportamiento unilateral. Un hábito colindante con el caos, ajeno por completo a cualquier criterio de restauración de la justicia, que a veces luce fomentado de forma deliberada por el poder político.

Nunca como ahora en este país habían estado tan debilitados los propósitos comunes.

Nadie puede perder de vista que son rasgos que no nacieron el año pasado: muy por el contrario, tienen un carácter histórico. Pienso, sin embargo, que por primera vez en más de cien años parecen asumidos como una política de estado.

El país asiste al regreso de una virosis que había dado por superada hace algunas décadas.

No es una casualidad que esta sea, en este momento, una de las naciones más peligrosas del mundo. La ruptura tuvo su génesis el 27 de febrero, fecha en la cual los rasgos aludidos parecen haber entrado al torrente circulatorio de la sociedad. El debilitamiento de la democracia y el resquebrajamiento institucional que hemos reseñado en otras entregas han hecho lo necesario para que el cuadro quede completo. La delincuencia, la corrupción, el pillaje, el sabotaje y la depredación son criterios que deambulan sueltos entre muchos ciudadanos, asumidos en esta hora como parte del paisaje. Crecen de manera silvestre sobre la noción de impunidad, en un contexto en el cual la justicia sólo existe para los amigos del gobierno, frente a un Estado que es más inoperante en la misma medida en que se apropia con mayor velocidad de activos y atribuciones.

Tal circunstancia tiene una incontable cantidad de correlatos y ejemplos cotidianos e individuales. En Venezuela nadie puede fiarse en alguien que no conozca. Buscar a "un señor de confianza" para que nos haga una reparación honrada o nos complete una encomienda cualquiera, forma parte de una inevitable pesquisa a la que nos ya nos hemos acostumbrado. Ni el más azucarado e ingenuo militante de la suprema felicidad posible se atrevería en esta hora afirmar que duerme tranquilo mientras sus hijos salen a divertirse o que confía ciegamente en el trabajo de la policía.

No forma esta circunstancia parte de una fatalidad irreversible. La construcción de una alternativa pasa por el fomento de unos valores: el desarrollo de un diálogo nacional, que también puede desglosarse en miles de capítulos diarios, y que debe incorporar necesariamente a los factores organizados del chavismo. La sociedad puede y debe enviar un mensaje contundente al Estado sobre el actual estado de cosas.

Con toda seguridad existen en aquel sector franjas de pensamiento donde pueden conseguirse preocupaciones compartidas sobre estos temas. No queda sino impulsarlas con fuerza ahora que queda claro que no hay rédito electoral por pagar.