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Sobre La especie humana

El diálogo inconcluso. Monte Ávila Editores, Caracas, 1970

El diálogo inconcluso. Monte Ávila Editores, Caracas, 1970

Aproximarse a la vida de Marguerite Duras es asomarse a una historia de extrema complejidad, y a una prolífica obra creativa que incluye novelas, guiones y películas. Pero además, a través de Duras es posible llegar a la figura enorme de Robert Antelme que, además de su esposo, fue autor de una obra capital sobre la experiencia de los campos de concentración: “La especie humana”

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El hombre de los campos está en el extremo mismo de la impotencia. Todo el poder humano fuera de él, como está fuera de él la existencia en primera persona, la soberanía individual, el habla que dice ‘Yo’. En realidad sucede como si no hubiese más ego que el de los dominadores a quienes está entregado, como si su propio yo, habiéndole abandonado y traicionado, reinase allá entre los predominantes, dejándolo con una presencia anónima sin habla ni dignidad. No obstante, este poder que lo puede todo tiene un límite; y aquel que literalmente ya no puede nada, aún se afirma donde en este límite donde cesa la posibilidad: en la pobreza, en la sencillez de una presencia que es lo infinito de la presencia humana. El poderoso es dueño de lo posible, pero no es dueño de esta relación que no depende del dominio y que no mide el poder. Esta relación sin relación donde se revela ‘el Otro’. O, si se quiere, la relación del verdugo con su víctima, de la que tanto se ha tratado, no sólo es una relación dialéctica, y lo que limita su poder no es tanto la necesidad que tiene, aunque fuese para torturarlo, de aquel que tortura, sino más bien esa relación sin poder que siempre hace surgir, frente a frente sin embargo al infinito, la presencia de lo Otro como la del Otro. De allí el movimiento furioso del inquisidor que, por la fuerza, quiere obtener un pedazo de lenguaje a fin de rebajar toda habla al nivel de la fuerza: hacer hablar, mediante la tortura mista, es intentar adueñarse de la distancia infinita reduciendo la expresión a estelenguaje de poder por el cual aquel que hablase daría de nuevo poder al poder –y el torturado se niega a hablar, no sólo para no entrar, mediante palabras usurpadas, en el juego de la violencia adversa, sino también para preservar el habla verdadera de la que sabe muy bien que en ese instante se confunde con su presencia silenciosa, que es la del Otro mismo, en él. Presencia que ningún poder, por formidable que sea, podría alcanzar, aun cuando la suprimiese, y es esta presencia que lleva, de por sí y como última afirmación, eso que Robert Antelme llama el sentimiento último de pertenencia a la especie.

 

NOTA

Este es un fragmento de El diálogo inconcluso. Monte Ávila Editores, Caracas, 1970.