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"Yo escribo y no me pregunto demasiadas cosas"

Horacio Convertini / LISBETH SALAS

Horacio Convertini / LISBETH SALAS

Autor del libro de relatos Los que están afuera; de las novelas La soledad del mal y El refuerzo; y ganador de premios como el de Novela Negra Azabache 2012 y el accésit del XXXIII Premio Gabriel Sijé de España, Horacio Convertini (Argentina, 1961) estuvo en Caracas, durante el Festival de Lectura de Chacao, para presentar New Pompey

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El refuerzo (Puntocero, 2010) fue la primera novela que Horacio Convertini publicó en Venezuela. "Es una novela de fútbol", dice el autor, "se presentó en Uruguay, durante el Mundial de Fútbol, había fervor futbolero por la actuación de la celeste y eso despertó interés por la novela".

Convertini cuenta que llegó al catálogo de la editorial venezolana gracias a una recomendación que su maestro y amigo, el escritor Pablo Ramos, le hizo a Ulises Milla. "Ulises le consultó sobre escritores argentinos emergentes. Pablo le sugirió varios nombres y allí estaba el mío.

Le mandé una serie de obras en las que estaba trabajando en ese momento, entre ellas El refuerzo. A Ulises le gustó y fue publicada en 2010". Este año Convertini publicó otra novela con la casa editora venezolana y vino a Caracas para presentarla durante el Festival de Lectura de Chacao. Se trata de otra novela, New Pompey, que no es sobre fútbol, pero sí muy porteña, "una novela-tango del siglo XXI", como se lee en la contraportada.

Este autor sureño, periodista de profesión, dio el salto a la literatura luego de años dedicado al diarismo. Su acercamiento a la escritura de ficción, su relación con los dos oficios y su nuevo libro fueron los ejes temáticos de esta conversación.

­Eres periodista pero decidiste dedicarte a la literatura después de mucho tiempo. ­Básicamente yo le tenía un respeto reverencial a la literatura y sentía que no estaba a la altura. Escribía y rompía. Y buscaba caminos alternativos de expresión. Caminos de expresión alternativos al periodismo, sondeaba, buscaba y no encontraba el lugar. Alguna vez en los ochenta intenté con la historieta, más adelante con los guiones de cine, todo se me hacía cuesta arriba y generaba mayores dudas sobre la posibilidad de encontrar un camino alternativo al periodismo.

Hace treinta años que trabajo en el periodismo escrito y me ha ido bien. Pero necesitaba un cable a tierra que saliera de la realidad y lo informativo para entrar en un mundo de fantasía, en un mundo donde pudiera divertirme, crear, imaginar, liberar algunos demonios interiores. Lo que casi siempre, supongo, hacen los escritores cuando escriben. Finalmente, algunas cosas sobrevivían la trituradora y, un día, perdí el miedo escénico, me acerqué a algunos amigos que son escritores, encontré una voz de aliento y ahí empecé sistemáticamente a escribir y fue como si se hubiera abierto un grifo. Fueron cuatro o cinco años iniciales de una gran producción, de escribir, hacerlo con un gran compromiso y tratar de encontrar la visibilidad como escritor.

­¿Te has preguntado para qué o por qué escribes literatura? ­No. Soy una persona que no reflexiona mucho sobre lo que hago. No tengo una mirada existencial sobre lo que hago. Tal vez de esa deformación profesional que es el periodismo, que es praxis, praxis, praxis. Yo escribo y no me pregunto demasiadas cosas. Desde luego, me pregunto si lo que escribo está bien o está mal, sobre los argumentos, las historias, las formas. Pero no me interrogo a mí mismo por qué hago esto. Entiendo, porque alguna vez me lo han preguntado y eso me obliga a reflexionar, que tiene que ver con una necesidad interna de poder ordenar cuestiones de la propia vida, de los deseos que están desarregladas. Como decimos los porteños, se trata de poner los patitos en fila. Probablemente, una de las formas de poner los patitos en fila es ir a un psicólogo, pagar una fortuna, aburrirte, cambiar cada tres años de psicólogo, y otra opción es escribir. Entonces con la escritura saldo cuentas, con mi madre, con mi padre, con mis amigos; puedo ser un ser cínico, brutal, cariñoso, traidor. Todo eso sin salir de mi casa y sin apagar la computadora.

­New Pompey tiene algo de la novela policial y, a la vez, es un libro muy melancólico. ­Sí, es una novela policial en tanto y en cuanto hay un plan criminal en el medio, pero lo que destila permanentemente es una crisis interna del personaje en donde aparece ese sentimiento que dices, y que me gusta mucho manejar en mis textos, que es la melancolía. Esa sensación de evaluación triste del pasado que hace el personaje Cali de manera permanente.

­Como un presente indeseado, también. ­Absolutamente. Él está en una situación, que es haber regresado a la casa donde se crió después de una frustración amorosa y después de la muerte de su madre, y es una persona que comienza a ser asediada por los fantasmas de una vida que no fue del todo infeliz, pero que tampoco fue lo que a él le hubiese gustado que fuera. Creo que no hay peor infelicidad que la que no estalla de una manera desgraciada. Es decir, la peor desgracia es que tu avión caiga en la cordillera y estés perdido, hambriento y sediento y estés durante 30 días comiéndote a los otros pasajeros. Es una terrible desgracia. Pero creo que la peor infelicidad surge cuando no hay una desgracia así, cuando tu día se encarrilla dentro de límites relativamente normales y, sin embargo, te sientes incompleto, vacío y triste. Es lo que le pasa a Cali, el personaje.

­La estructura de la novela da la impresión de que está compuesta por varios cuentos. Cada capítulo abre y cierra cosas, anécdotas. ­Funciona un poco así.

Entiendo que hay en mí un germen de cuentista que termina siempre aleteando detrás de la novela. Pero también funciona mi condición de lector. Soy un pésimo lector.

Está mal decirlo. Los escritores son gente que lee mucho, muy bien, organizadamente y yo soy un desastre. Soy un lector de autobús o de metro o de sala de espera de un odontólogo. Leo en todos lados menos en mi casa. Y eso hace que siempre esté pendiente de cuándo me van a cortar la lectura, porque llegué al destino, porque la secretaria del odontólogo me llama. Entonces agradezco mucho cuando las novelas tienen capítulos cortos que se -cierran es sí mismos. Tal vez, inconscientemente, lo que busco con mis novelas es que todos los capítulos tengan esa sensación de ser historias que empiezan y terminan, más allá de que siguen un hilo conductor.