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De cómo escribí un prólogo de Borges

Harold Alvarado Tenorio / Foto cortesía

Harold Alvarado Tenorio / Foto cortesía

“Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme, en el lobby, a Borges, solo e íngrimo. Me le acerqué, le dije que era colombiano, que le admiraba y leía desde niño y que si me permitía hacer una foto con él”

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Vivía en Coahuila 60 cuando uno de los policías nicaragüenses que entraban y salían de la casa me trajo una carta donde madre anunciaba que en la Universidad del Valle acababan de crear un programa de estudios literarios. Siguiendo los consejos de la almohada, abandoné mis cursos para actor con Héctor Azar y Alejandro Jodorowsky para regresar a Colombia en un veterano Volkswagen, haciendo compañía a un canadiense, un jajuaiano y un mexicano durante tres meses por las afligidas tierras de Centro América, hasta las mismas islas de los cunas, donde fui ranchero del mejor mecenas que he tenido: un albañil cartagenero, que me facilitaba carne salada y arroz con coco, en un mundo que solo conocía el ñame y el banano. En la Isla del Tigre  supe lo que era padecer hambre por primera y última vez.

La Universidad del Valle, creada por una gilda de católicos militantes liderados por el poeta Mario Carvajal, había sido elegida por las grandes fundaciones norteamericanas para financiar un programa de estudios a imagen y semejanza de los “colleges” americanos, reemplazando los rígidos esquemas curriculares dictados por el Vaticano, con cursos a elección de los estudiantes y graduaciones mediante acumulaciones de créditos. Pero no contaban con la Historia: la guerra del Vietnam, las agitaciones estudiantiles del mayo occidental, el rechazo a la presencia de los Cuerpos de Paz, el Plan Laso y la ruina de la educación universitaria por la negativa de los gobiernos del Frente Nacional a incrementar los presupuestos para la educación pública.

A esa aventura del ministro de educación y gobierno Pedro Gómez Valderrama (1962-1966) y a las fundaciones yanquis debemos el perfeccionamiento de nuestras segundas lenguas, con maestros y técnicas renovadas por maestros que venían de universidades norteamericanas o europeas. Otra de las primicias fueron los cursos extracurriculares para señoras ricas. Había iniciaciones a la ópera, el teatro, la danza, secretariado de alta gestión, o natación y voleibol. Mientras en las mañanas la facultad de humanidades se poblaba de estudiantes de clase media, por las tardes la regaban chicas de pro y damas culí fruncidas que llegaban en coches último modelo y desfilaban con la moda a cuestas.

Un día apareció, con ese ramillete de frescura, una joven llamada Lila. Era una mestiza, nada agraciada, pero a quien el hábito hacía monje. Iba drapeada de Dior como nuestro señor don Felipe II, y sus inmensos tacones, como sus medias veladas y su pava, eran de la misma tela y el mismo color. Conducía un Maserati Mistral Spider rojo, descapotable, y un bolso de mano del tamaño de una ancheta de navidad en cuero de novilla. Era una chica de Corín Tellado. Lila, que tenía 22 años, era hija de Palma Fértil, una mujer de la vida, nacida en mi pueblo, que regía un lupanar en Menga, y media hermana de un disminuido, nacido con una deformación de los dedos de ambas manos, que malvivía de alquilar equipos de sonido para fiestas sobre una vetusta sueca Monark, y de otro, una suerte de seminarista con la cara atrofiada por el acné, que enseñaba filosofía en establecimientos de enseñanza superior con una cartilla del Padre Farías. Lila, que a los nueve había aprendido las artes amatorias del cabalgar dichoso era la amante de un rico criador de reses bravas y gozaba de una inteligencia natural que envidiaban las hijas bien nacidas que con ella atendían ciclos de Teatro con un experto en Shakespeare, donde recitaba largos parlamentos, en especial de Lady Macbeth, a quien admiraba desde la noche que junto a su veterano amante había asistido, en el Teatro Real de la Plaza de Oriente, a un Macbeth de Verdi. Lila era un prodigio declamando, con la música de la ópera de Shostakóvich, los parlamentos de la perversa reina, pero lo que más asombroso era la polifonía que creaba cuando interpretaba a las brujas del primer acto:

–¿Cuándo volveremos a encontrarnos las tres en el trueno, los relámpagos o la lluvia?

–Cuando finalice el estruendo, cuando la batalla esté ganada y perdida.

–Lo hermoso es feo y lo feo hermoso. ¡Revoloteemos  entre la niebla y el aire impuro!

Tomás Quintero y Guillermo Ruiz fueron los primeros en conocer a Lila. Una noche de esas, luego que ella viniese a las oficinas de la Federación de Estudiantes, nos llevó en su Maserati hasta la tienda donde bebíamos los fines de semana y estuvo con nosotros hasta cuando se nos acabaron los fondos. Ya entonados con el alcohol la convencimos de ir hasta un bailadero de salsa que regentaban unos negros de Guapi y allí tuvimos la primera revelación de la genialidad de Lila. Como no teníamos dinero ni ella tampoco llevaba metálico, o eso al menos decía, decidió sacar de su inmenso bolso ocho botellitas de perfumes y nos invitó a ingerirlos con gaseosa, diciendo que nada era tan excitante como un Nina Richie, un Marcel Rochas, un Givenchy o un Coco Chanel en las rocas.

Fue en esos meses cuando di a Lila una copia de mis poemas de entonces, impresos en mimeógrafo, que ella guardó por años. Lila vivía en una gran casa de esos barrios emergentes que estaban sobre la Avenida de la Circunvalación y tenía un taller de corte, confección y venta de trajes de marca. En la sala de esa casa recitamos más de una vez a Kavafis, Neruda, Borges, Paz y no pocas curdas ganamos bien entradas las mañanas. Memo Ruiz, que moriría comandando la toma del Palacio de Justicia bajo la presidencia del poeta de derechas Belisario Betancur, adoraba a Lila y fue él quien le apodó Lileia Aliluyeva, en honor a un personaje de Poe y de los comunistas rusos que tanto admiraba.

Los viajes más baratos de esos años los hacían a Europa compañías que no pagaban impuestos IATA, remontándose hasta el mismo Polo Norte y pernoctando una noche en la capital islandesa para luego recalar en Luxemburgo, desde donde uno tomaba o los trenes o los autobuses a destino. Reykiavik, que significa “bahía de humo”, era en realidad un pueblito de no más de setenta mil habitantes. Y fue allí, en uno de esos  viajes y en uno de esos hoteles de la calle Laugavegur, donde vi por primera vez a Borges.

Habíamos llegado a Islandia a eso de las seis de la tarde y cuando estaba llenando el formulario de registro en el hostal donde pasaríamos la noche leí el nombre del argentino en un periódico y pensando que anunciaban su muerte pregunté al conserje qué decía la noticia y respondió que el famoso escritor iba camino de Israel a recibir un premio. Le dije entonces si podíamos saber dónde se hospedaba y me respondió que la rueda de prensa se había realizado en un hotel que estaba a cuadra y media del mío. Dejé mis pertenencias y preguntando el nombre el hotel fui caminando hasta el sitio y cuál no sería mi sorpresa al encontrarme, en el lobby, a Borges, solo e íngrimo. Me le acerqué, le dije que era colombiano, que le admiraba y leía desde niño y que si me permitía hacer una foto con él. En esas estaba cuando apareció Norman Thomas di Giovanni, su secretario norteamericano, quien hizo la única foto que tengo con Borges, con una obsoleta Bilora Boy. Di Giovanni dijo que tenían que irse. Me disponía a despedirme cuando se acercó a ellos María Kodama, que ya llevaba el pelo pintado de gris con vetas marrones y esas piernas que ni el paso del tiempo ha logrado arruinar.   

Llevaba ya varios meses en Berlín, asistiendo religiosamente a la biblioteca del Iberoamerikanisches Institut para recopilar materiales sobre la obra de JLB, cuando a mi buhardilla de la Uhlandstraße 99 llegó una carta de Lila donde contaba que se había casado con un aristócrata medio arruinado, que vivía junto a su madre en una destartalada habitación del Hotel Alférez Real, y cuyo único propósito en la vida era la difusión del pensamiento de Durruti y la inoculación masiva, entre las masas, del jugo de papaya, que, según él, curaba todos los males del cuerpo y el alma. Para tal fin, crearon la Editorial Piraña, procediendo al establecimiento de diversas colecciones temáticas, entre ellas de poesía, que deseaban inaugurar con mis versos.

Lila y el Don José Antonio Martínez de Villarreal de la Rada y Pujol, que así se llamaba su nuevo noble arruinado, me conminaron a conseguir un prólogo de poeta importante para mis poemas, titulados ya Pensamientos de un hombre llegado el invierno. Don José Antonio era un mortal de mediana estatura, abundantes cabellos marchitos y barba espinosa, vestido de lino alejandrino con paltó de ocho botones en cruz, calzado con unas babuchas franciscanas, sin calcetines, que dejaban ver sus prominentes uñas, urgidas de lubricación y limpieza.

Al no poder presentar los exámenes de alemán para ingresar a la universidad, con la mayor tristeza del mundo dejé, a finales de ese año, Berlín Oeste y mis aventuras en el Este, donde el poco dinero de que disponía se convertía por arte de la guerra fría en una fortuna, que gastaba casi siempre en compañía del negro Augusto Díaz Saldaña y Freddy Téllez, dos becados del comunismo internacional que estudiaban marxismo y leninismo en la vieja Leipzig, y que seguían, con cierta displicencia, las indicaciones teóricas y doctrinarias de ese fanático de toda laya llamado Carlos Rincón, un bogotano que había llegado a ocupar el honroso cargo de amanuense de un tal Werner Krauss, el horrendo actor nazi de El Gabinete del Dr. Caligari.

La vida en Madrid transcurría, entonces, en medio de algunas dificultades, pues había dejado mi trabajo semanal de panadero en Berlín y me sostenía en exclusivo con las pocas pesetas que me habían dado a cambio de mis ahorros en marcos, la moneda más dura de aquellos años. En Madrid podía uno llevar una vida de bohemia con apenas ciento cincuenta dólares mensuales, que era un dineral para cualquier español de entonces, cuya mayor diversión consistía en pasearse entre Cibeles y Moncloa por las calles de Princesa y Gran Vía hasta bien entrada la madrugada, excepto en los fríos días del invierno y el otoño. Cientos de personas mayores permanecían en las terrazas de esas calles para ver pasar al respetable. En uno de esos lugares, al lado de la boca del Metro de Callao, me encontré una noche con don Roberto Lañas, un hombre de cara sonrosada, que había sido secretario de la Universidad del Valle durante los años de rectoría de Mario Carvajal, y que ahora, como su antiguo jefe, vivía en el Madrid de la abundancia y el doble empleo de los años finales del franquismo.

Roberto Lañas, vine a saber después, murió en una cartuja española y a pesar de su imagen de hombre santo, había estado preso en New York, condenado a la silla eléctrica, acusado de colaborador nazi durante la segunda guerra mundial. Sin embargo, y a pesar de cargar ya con el sambenito de rebelde y problemático, me recibió con cariño y afecto, gracias, creo ahora, a que yo me mostraba condescendiente con sus repetidas invitaciones a orar a la virgen del Pilar y a acompañarle en los rosarios que hacia los fines de semana en su honor. Fue él quien me presentó, en una de las suites del Hotel Europa, a don Mario Carvajal, y fue él también quien me introdujo en la legación de Colombia para presentarme a una viejecita barranquillera, doña Amira de la Rosa, quien desde el primer momento, decidió invitarme a comer a su cada todos los días.

Amira de la Rosa, cuyo verdadero apellido era Arrieta McGregor, había estudiado a comienzos del siglo pasado con María Montesori en Barcelona, donde conoció a Gabriela Mistral, con quien estableció amistad y a quien, en verdad, imitaba como escritora. Vivió más de media vida en Madrid y Sevilla, sirviendo en los consulados y embajadas de Colombia. Cuando la conocí era ya muy mayor y gustaba invitarme a su oficina de Martínez Campos, donde me interrogaba sobre la vida colombiana y sobre mis estudios madrileños. Fue ella quien me presentó a Alonso Zamora Vicente, entonces secretario perpetuo de la Real Academia Española y a Rosi Villacastín, la nieta de Francisca Sánchez del Pozo, que transcribió mi tesis de grado. Amira de la Rosa me regaló también su colección completa de la revista Sur, que luego tuve que vender a un librero de viejo porque me era imposible traer a Colombia.

Leyendo en esas Sur encontré varios de los comentarios ocasionales que JLB había redactado para congraciarse con sus amigas y enamoradas porteñas. Uno de ellos, dedicado, creo, a Silvina Ocampo, la mujer de Bioy, me sirvió de arquetipo para confeccionar el prólogo que envié a Lila y José Antonio.

Pensamientos de un hombre llegado el invierno, se hizo en Cali en 1972, y fue promocionado con el prólogo apócrifo de Borges, aun cuando nunca hizo parte del cuerpo del libro. Los editores, a sabiendas que era falso, hicieron unas hojas sueltas con él y fue tanto su éxito, que el día de la presentación se vendieron 70 prólogos y apenas 12 libros. Según me contaron, Lila y José Antonio habían contratado a Hernando Guerrero y su madre, una pareja de ancianos arruinados por el consumo de cannabis, para que fungiesen de Borges y Doña Leonor durante el evento, que se llevó a cabo en un conventillo, de propiedad de un devoto sexual de las indias cotacachis, a quienes sometía al desvirgamiento prematuro de sus alevines de artistas. Hizo uso de la palabra un retórico que con el tiempo militaría, con contradictorias lealtades, en partidos de izquierda y por último, tras casar con una muy usada aristócrata, en la derecha misma, y que al verse informado sobre la eventual falsedad del prólogo, exclamó, pensando en su futuro: “ahora no falta sino que los poemas también sean falsos”.

La envidia hizo que la diversión local, inventada por los editores, trascendiera las fronteras. Un periodista de vieja data, que vivía en Buenos Aires, donde ocupaba un cargo diplomático, y que había financiado el único viaje que Borges hizo a Cali donde los Carvajal le dieron una cena de ajiaco que nunca terminaba, a fin de burlarse de otro de sus colegas que alardeaba de ser amigo y admirador del genio, escribió en el diario municipal una nota diciendo que ya podía darse por enterado de cómo un ignorado muchacho de su mismo pueblo, había sido prologado por el más grande escritor vivo de la lengua. A lo cual el aludido respondió que era imposible tal cosa, porque como podía enterarse, era muy sospechoso que los editores hubiesen rechazado poner el prologo en el cuerpo del volumen, para lo cual había procedido a ponerse en contacto con su amigo Tomás Eloy Martínez, director de la revista Panorama, para que enviase a un periodista a visitar a JLB en la biblioteca de la calle México y le interrogase sobre el asunto.

Panorama publicó la crónica de la visita en su edición del 28 de Septiembre (número 283) de 1972, cuya carátula tiene una foto de Perón entrando al puerto de Buenos Aires, haciendo alusión al posible regreso del caudillo. Borges firmó para Jorge di Paola, el periodista de Panorama, una declaración en la que sostiene que: “Los caracteres y el estilo [del prólogo] concuerdan con lo que yo hubiera podido escribir. Asimismo las autoridades que alega el texto corresponden a mis preferencias. (…) También es raro que mi memoria haya dejado caer un hombre tan singular como Harold Alvarado Tenorio, pero a los 73 años el olvido es harto accesible. Pienso que el ‘prólogo’ es una afortunada parodia, que debo agradecer”. Desde entonces, soy el único colombiano a quien prologó Jorge Luís Borges.

La historia del prólogo concluiría años más tarde, cuando durante una visita de JLB a  Madrid a fin de grabar unas entrevistas para RTV, le llamé al Ritz y María Kodama lo puso al aparato. “Con quien hablo”, dijo Borges. “Habla con Harold Alvarado Tenorio”, respondí. Y Borges: “¿el del prólogo?” “Sí”. Borges me indicó que fuera al hotel, que quería conversar conmigo.

Recuerdo que J.M. González Martel, un canario que había conocido en los cursos de doctorado de la Complutense, admirador y entendido en la obra de Borges, autoridad por lo demás en las vanguardias americanas, me acercó hasta el lujoso Ritz y queriendo conocer al viejo, nos esperó en el vestíbulo. González Martel le dijo a Borges que en España poco se le quería entre académicos, a lo que este respondió con un mohín de desdén, mientras le interrogaba sobre  los naturales de su país, y nos acercaba, en su espléndido BMW, a Plaza Mayor.

Luego de almorzar, mejor será decir, tomar la sopa de petit pois en una de las tascas del Arco de Cuchilleros, pasamos la tarde conversando y caminando por los alrededores. Borges preguntó cómo había hecho el prólogo; le dije que con sus frases y usando el arquetipo de algunas de sus reseñas a libros de poemas aparecidas en Sur. Dijo entonces que eso era como hacer un centón y recitó a Lope:

Las cartas, ya sabéis que son centones,

capítulos de cosas diferentes,

donde apenas se engañan las razones.

Recuerde además, dijo, la posdata que puse a El Inmortal en 1950: “Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Johnson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de «la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus». Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V 8), en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.” Y añadió: Usted, Alvarado, debería leer aquel artículo de Juan Valera sobre la originalidad y el plagio que publicó en la Revista Contemporánea en 1876.

Le pregunté si quería caminar, como solía hacer en Buenos Aires. Respondió que sí, que descendiéramos hasta Gran Vía y luego por el Paseo del Prado. Casi cuarenta minutos caminé con Borges, llevándole del brazo, sin que nadie le reconociera. El prólogo apócrifo me había deparado la más hermosa y memorable tarde de mi vida.

Al llegar al hotel alcancé a ver a Manuel Mujica Lainez que conversaba con algunos periodistas. Se lo dije a Borges. Me preguntó la hora. “Son las ocho”, respondí. “Entonces déjeme en la habitación”. Así lo hice. Al entrar indicó que le sentara en la cama que daba hacia la pared, que pusiera su bastón sobre la otra, que me marchara y cerrara la puerta con un golpe seco. Tomé su mano. Y la besé. “Es Usted un pesado, Alvarado, solo faltaba esto”.