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El SS Cap Arcona / Foto tomada de youtube.com

El SS Cap Arcona / Foto tomada de youtube.com

A propósito del Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto que se celebra el 27 de enero

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la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos; dirá que son exageraciones de la propaganda aliada.

Primo Levi, Los hundidos y los salvados.

(A Rubén Ackerman, mi rabí)

El nacimiento, fulgor, decadencia y muerte del trasatlántico de lujo Cap Arcona, reúne las barajitas necesarias para acceder a la categoría de lo increíble, por lo aterrador de su historia.

A comienzos de la guerra en 1939, el buque insignia y orgullo de la marina mercante alemana pasó a manos del III Reich y estuvo anclado, durante la mayor parte del conflicto, en la bahía de Dantzig, la actual Gdansk en Polonia, sirviendo de alojamiento a oficiales de la Armada nazi. Su gris y fastidiada suerte cambia en 1942, cuando pasa a servir de plató para la versión nazi de Titanic, producida por la Universum Film AG (UFA), bajo control del Ministerio de Propaganda del Reich, es decir, del sólido e insípido Joseph Goebbels. ¿El argumento? Un panfletario alegato contra el capital judío y la imprudencia de los ricos inversores ingleses, mientras un primer oficial nacido en Alemania surge como héroe. La actriz principal será Sybille Schmitz, la más reconocida del Reich en su momento, recordada por la mítica Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer, y que terminaría sus días alcohólica, toxicómana y escupida por la historia, suicidándose en 1955.

Las tomas, cabe suponer, no se filmaron sin conflicto. Habría que imaginar el escenario. Repentinas y ululantes sirenas de alarma, problemas de agua y electricidad, las muy enloquecidas bacanales de parte del personal militar con artistas, extras y técnicos quienes, en medio de los avatares de una guerra enloquecida, devoran caviar y brindan con champán a la vista de unos combatientes nazis que tiene su preocupación en otros escenarios. Un gozoso apocalipsis –como le gustaría decir a Herman Broch– digno de alguna escena de Apocalipsis now. Tal demencia incluye el último capítulo de la vida de su director Herbert Selpin, veterano y algo políticamente neutro quien, en medio de una lúcida borrachera, osó hablar mal de los militares del Reich. Luego de ser detenido por la Gestapo y sin mostrar arrepentimiento alguno, Selpin aparece muerto en su celda el 1 de agosto de 1942, como consecuencia de un suicidio al estilo nazi. La película fue concluida por su asistente y amigo, Robert Klinger, involucrado en la delación junto al guionista Walter Zelnett.

Pero ya en 1942 la cosa se le complicaba a los alemanes, sobre todo en el Este y luego de Stalingrado. Temiendo que las escenas del hundimiento fuesen interpretadas como una metáfora del III Reich, Goebbels prohíbe la película en Alemania (toda censura es expresión de alguna paranoia), estrenándose en Praga recién en septiembre de 1943 y luego proyectada en algunos países ocupados, con poca y bastarda gloria, por lo demás. Como dato curioso, varias de sus escenas fueron recuperadas en 1958 para la versión inglesa del célebre hundimiento, La última noche del Titanic, de Roy Ward Baker. James Cameron debió verla en algún momento, sobre todo en lo que respecta al lado sentimental y romántico. En 2012, History Channel estrena un documental muy completo y que incluye su trágico final. Lacónicamente, se titula El Titanic nazi.

Propiedad de la empresa Hamburg Süd, el Cap Arcona fue botado el 19 de noviembre de 1927. Cubría la ruta Hamburgo-Buenos Aires, con escalas en Boulogne Saint-Martin, Southampton, La Coruña, Vigo, Lisboa, Madeira, Río de Janeiro, Santos y Montevideo. Una tripulación de 630 personas atendía con esmero y alemana pulcritud a 1.315 pasajeros. Podía uno tropezarse en el puente con príncipes, aristócratas, artistas y millonarios de toda ralea de ambos lados del Atlántico. Todo un derroche de glamour de la época, con banda sonora del Cheek to Cheek de Fred Astaire. Entre sus servicios ofrecía una piscina climatizada y cancha de tenis con medidas oficiales, varios restaurantes a gusto de los delicados y exigentes comensales, salones de baile y camarotes de primera, segunda o tercera clase sobriamente distribuidos en un espacio de 205 metros de eslora, 25 de manga y 14 de puntal.

Su ocaso tiene una fecha: 3 de mayo de 1945, a pocos días del suicidio de Adolf Hitler y ya próxima la capitulación en Berlín. Y tiene nombres propios: la Operación Hannibal, el campo de concentración de Neuengamme y las Marchas de la Muerte.

La Operación Hannibal, bajo las órdenes del Gran Almirante Karl Dönitz, se inicia en enero de 1945 y va a tener como objetivo transportar a Dinamarca (aún ocupada por los nazis) la mayor cantidad de civiles y de los diezmados restos del ejército alemán apostado en la cornisa norte de Alemania y Polonia, ante el avance de los rusos y la agonía del glorioso Reich de Mil Años. Se trataba de una masiva movilización por tierra y mar que concentró todos los recursos navales de la zona, entre ellos el Cap Arcona, anclado ahora en medio de la bahía de Lübeck, mientras el Athen, el Deutschland y el Thielbek, de menor calado, lo hacían en el puerto. Como quiera que los nazis también deseaban ocultar sus responsabilidades en Schoá, iniciaron la movilización de prisioneros desde el cercano lager de Neuengamme, a escasos 25 km. de Hamburgo. Entre el 19 y el 26 de abril de 1945, unos 11.000 presos entre hombres, mujeres y niños, fueron trasladados al puerto de Lübeck en vagones de mercancía. Quienes no cabían allí por el hacinamiento, van a hacer el trayecto a pie, dando continuidad a las tristemente célebres Marchas de la Muerte, nombre con el que es conocido uno de los eventos más infamantes de la humanidad: el traslado de presos de toda índole, la mayoría de origen judío, durante días e incluso semanas, por lodazales y bosques, sin alimento ni medicinas, bajo severas condiciones climáticas. Quien se resistiese o no resistía, simplemente era asesinado con un disparo en la nuca por parte de miembros de las SS, encargados de la rutina, y abandonados al borde del camino.

Por orden de Heinrich Himmler y a sugerencia del Gauletier de Hamburgo, Karl Kauffman y el SS-Gruppenführer Georg-Henning von Bassewitz-Behr, el destino de esta mercancía humana sería embarcarla a bordo del Athen y el Thielbek desde la costa hasta el Cap Arcona y lanzarla al mar. Su capitán, Heinrich Bertram, se negó en redondo a cumplir la orden, hasta que la amenaza de fusilarle hizo su puntual efecto. El 28 de abril había allí cerca de 6.500 condenados en las más precarias circunstancias. Apenas contaban con agua potable y comida. A la insalubridad, se sumaba la falta de medicamentos. Los cadáveres se enviaban a tierra en barcazas. El día de la catástrofe, a bordo podían contarse unos 4.600 pasajeros con destino a la muerte, más unos 200 sabuesos rubios de las SS que, a punta de pistola, intentaban mantener un imposible orden. El resto de los prisioneros se quedaron en la costa o en las otras tres naves.

Los furiosos caza-bombarderos ingleses divisaron al ya viejo y decadente trasatlántico cerca del mediodía del 3 de mayo, pero la visibilidad no les ayudaba. Volvieron dos horas después. Como llevaba bandera nazi, fue bombardeado sin advertencia ni clemencia. Los prisioneros trataban de avisar como podían a sus atacantes, que concluyeron su trabajo en pocos minutos. Sesenta y tres bombas cayeron sobre el Cap Arcona, que en medio de la negra humareda escoró a babor para hundirse lentamente en un mar a cuatro grados centígrados. Solo una bomba no dio en el blanco.

No es fácil imaginar las escenas de esa trampajaula sobre el mar helado y sin salida alguna. Para evitar posibles fugas, las SS habían retirado y guardado bajo llave todos los salvavidas, chalecos y demás posibilidades de flotación. De las cerca de 6.500, lograron sobrevivir unas 360 personas. Un desastre marítimo superior al del muy recordado RMS Titanic aquella noche de abril de 1912. Al día siguiente, las tropas aliadas ingresaron en un vaciado y fantasmal campo de Neuengamme. Cinco días después, terminaba la guerra en Europa.

Los cadáveres fueron sepultados en fosas comunes a lo largo de la costa entre Lübeck y Pelzerhaken. Los supervivientes hicieron construir un cenotafio de piedra con el siguiente texto: “A la memoria eterna de los deportados del campo de concentración de Neuengamme. Murieron durante el naufragio del Cap Arcona el 3 de mayo de 1945”. Los ingleses nunca ofrecieron disculpas por tal equivocación. No ha habido discursos ni ofrendas florales. Aún a mediados de 1970, llegaban cadáveres al puerto y sus alrededores. El Foreign Office de Londres ordenó mantener en secreto toda la información relacionada hasta el año 2045.

¿Quién erigirá –y cuándo– un cenotafio similar en algún pueblo del Mediterráneo, en memoria de las miles de víctimas provenientes del África subsahariana y del Medio Oriente en los últimos años? ¿Quiénes –y cuándo– ofrecerán alguna disculpa?

No sé si me explico.