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Una enseñanza desde el horror

Wilhelm Reich, autor de Escucha, hombrecito y La psicología de masas del fascismo

Wilhelm Reich, autor de Escucha, hombrecito y La psicología de masas del fascismo

Frankl nació en la Viena del gozoso apocalipsis en 1905. Se relaciona desde muy joven con Sigmund Freud, con quien mantuvo siempre una relación próxima pero con diferencias, sobre todo en los aspectos más heterodoxos y deterministas de la teoría psicoanalítica

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De entre los muchos libros que se han escrito sobre el lager, este de Viktor Frankl ofrece no sólo un testimonio personal desde las miasmas de lo terrible, sino también nuevas rutas en el territorio del psicoanálisis, uniéndose a otro científico, también de origen judío, Wilhelm Reich, autor de Escucha, hombrecito y La psicología de masas del fascismo. Ambos, a su manera, se dieron a la tarea de entender los grandes fantasmas que la Segunda Guerra abrió para la civilización occidental.

Frankl nació en la Viena del gozoso apocalipsis en 1905. Se relaciona desde muy joven con Sigmund Freud, con quien mantuvo siempre una relación próxima pero con diferencias, sobre todo en los aspectos más heterodoxos y deterministas de la teoría psicoanalítica. Al concluir sus estudios en la Universidad de Viena, donde se especializa en psiquiatría y neurología, funda junto con Alfred Adler lo que ha convenido en llamarse la Segunda Escuela Psicoanalítica de Viena, centrada en los aspectos individuales y sociales de los pacientes.

Como terapeuta, Frankl consideraba que cualquier tratamiento debía pasar por el cristal filosófico. De allí su cercanía con el existencialismo, en su afán de consolidar su particular manera de tratar a pacientes que habían sobrevivido a los destrozos de la Primera Guerra. Entre 1940 y hasta su detención en 1942, trabajó en el Hospital Rothschild de Viena. En 1942, junto con parte de su familia y su esposa, fue trasladado primero a Theresienstadt, a Auschwitz en 1944 y posteriormente a Kaufering y Türkheim, dos lager dependientes del de Dachau. Sus padres, su hermano Walter y su esposa Tilly Grossner (con quien se había casado hacía nueve meses) mueren en diferentes campos. Sobrevive al Holocausto, enfrentándose en varias oportunidades al síndrome de Lanzarse contra las alambradas. Allí reinicia la escritura de sus reflexiones acerca de la Logoterapia, que vendría a ser su más reconocido aporte a la historia de la psiquiatría.

Este volumen recoge dos trabajos esenciales en la bibliografía de Viktor Frankl. La primera parte, publicada en Alemania recién en 1946 y originalmente titulada Un psicólogo en un campo de concentración, narra su experiencia personal desde la perspectiva de su nombre como prisionero: 119.104, su “número de teléfono celestial”, como se acostumbraba decir en la jerga del lager. La segunda parte, que se añadió a la edición norteamericana en 1963, resume los Conceptos básicos de la Logoterapia. El libro llegó a convertirse, con el paso de los años y según el criterio de la Biblioteca del Congreso, en uno de los diez más influyentes en la historia de los Estados Unidos.

 

La Logoterapia

El vocablo Logoterapia, en una de sus griegas etimologías, se relaciona con sentido, con la voluntad de sentido de la vida, en oposición a Nietzsche (voluntad de poder) y de Freud (voluntad de placer). A diferencia de su maestro, quien hace depender la neurosis de los conflictos entre impulsos e instintos, acuña el término neurosis noógena, que tiene sus raíces en los problemas existenciales. Allí ajusta Frankl su atención al hablar del sentido de la vida. Y plantea que ese espacio se realiza o descubre de varias maneras: a partir de una acción, acogiendo “las donaciones de la existencia” o por el sufrimiento. Mas no se trata acá del sufrimiento por la nada o por lo absurdo de la vida, como podría planteárselo Emil Cioran o Sartre, sino el sufrimiento como enseñanza, como señal que la vida nos arroja para engarzarnos con ella, en su profundidad y en su escuela para el asombro. Como sobreviviente del lager, nos deja bien sentado que “el sufrimiento no es en absoluto necesario para otorgarle un sentido a la vida. El sentido es posible sin el sufrimiento o a pesar del sufrimiento. Para que el sufrimiento confiera un sentido ha de ser un sufrimiento inevitable”. En abierta alusión a Freud, señala que “la preocupación primordial del hombre no es gozar del placer, o evitar el dolor, sino buscarle un sentido a la vida. Y en esas condiciones, el hombre está dispuesto hasta a aceptar el sufrimiento, siempre que ese sufrimiento atesore un sentido”.

La relación de Frankl con el existencialismo no se resolvía fácilmente en sus aspectos meramente especulativos. Más bien la ensancha y profundiza al mostrar preocupación por los talantes más sustanciales del hombre: el amor, la vida, la muerte, el sufrimiento. Ningún tratamiento, según su perspectiva, debería estar divorciado del sentido de la vida. “Lo que importa –señala en su libro–, no es el sentido de la vida en formulaciones abstractas, sino e1 sentido concreto de la vida de un individuo en un momento determinado”.

Crítico a su manera de los costos que significa para la civilización el ascenso de la modernidad, declara que el vacío existencial que la caracteriza surge del encuentro de dos variables. Por una parte, la progresiva pérdida de la seguridad que otorgan los instintos. Y en esto se acerca a Freud. Pero se aleja del maestro cuando propone que la merma de las tradiciones culturales, característico de la industrialización moderna, constituyen un caldo de cultivo para acentuar ese vacío. El hombre, pues, “carece de instintos que le impulsen a determinadas conductas, y ya no conserva las tradiciones que le indicaban los comportamientos socialmente aceptados; en ocasiones ignora hasta lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer lo que otras personas hacen (conformismo), o hace lo que otras personas quieren que haga (totalitarismo)”. Entre tales polos, el hombre moderno deriva su destino, su afán por encontrarse y saldar las cuentas por la pérdida de su paraíso. Entre el dolor inevitable y el sentido de la nada, el hombre moderno busca descifrar su propio misterio y tratar de cumplir con el deseo que le acompaña desde su niñez, el de simplemente ser feliz. Pues “el hombre no debe cuestionarse sobre el sentido de la vida, sino comprender que la vida lo interroga a él. En otras palabras, la vida pregunta por el hombre, cuestiona al hombre”.

Viktor Frankl falleció en su ciudad natal en 1997. Sobreviviente de la oscura esperanza, y literalmente desde los huesos, supo articular la tradición de su pueblo (en cuanto a asignarle una dirección vital y casi sagrada a la existencia) a una de las expresiones de la racionalidad más fructíferas y a la vez mas cuestionadas del siglo XX occidental. Pero como testigo del espanto, nos ha dejado un testimonio: “Nosotros no inventamos el sentido de la vida. Lo descubrimos”.

 

 

FICHA DEL LIBRO

El hombre en busca de sentido

Viktor Frankl

Herder Editorial

Barcelona (1979)