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El enigma del hombre rebelde

Etty Hillesum / Foto: Paoline.it

Etty Hillesum / Foto: Paoline.it

“Insumisos” es el nombre del más reciente libro traducido de Tzvetan Todorov (Bulgaria, 1939), Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, en 2008. Ha sido publicado por la editorial Galaxia Gutenberg (España, 2016)

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A Leopoldo López, insumiso

El insumiso irrumpe en las crisis. Aparece en coyunturas de extrema conflictividad social, política o militar. Por tanto, remite a personas que actúan asociadas a lo público. Surge en situaciones diversas: confrontaciones entre grupos sociales, a propósito de acciones militares de un país contra otro, cuando el debate político adquiere dimensiones de intensidad y riesgo. De las acciones del insumiso se derivan consecuencias políticas. Causan debate. Interrogan al fondo del lector, del ciudadano. Y es que cuando el insumiso asume posiciones de resistencia y sacrificio ante la fuerza que se propone doblegarlo, su posición desafía no solo al poder enemigo, sino también a sus propios aliados, que no atinan a contestar a la pregunta de por qué el insumiso actúa de modo tan diferente. Por qué, sin ser violento, es tan radical.

Etty Hillesum, Germaine Tillion, Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenitsyn y Nelson Mandela: no los únicos pero sí los casos que Todorov desgrana con mayores argumentos. Ante cada uno cabe preguntarse:¿Por qué no se doblegaron?; ¿Qué los impulsó al sacrificio (a la prisión; o al silencio)?; ¿Qué tenían en común estos hombres y mujeres que los impulsó a actuar a contracorriente?; ¿Qué fondo individual los dotó de una fuerza capaz de fijar (fijarse a sí mismos)  posiciones de resistencia, pero que también fueron, por encima de todo, posiciones morales?

El insumiso plantea un desafío: accionar que, siendo político, porta un trasfondo moral. Y como toda cuestión moral, descansa en la persona. Proviene del fuero privado del individuo. Se fundamenta en una exigencia dirigida, no a los demás sino a sí mismo. Con su sacrificio, el insumiso alcanza a colocarse más allá de sus intereses personales, aunque no por ello deje de tenerlos. Como en cualquiera de nosotros, en el insumiso hay una vertiente de egoísmo, pero también una voluntad de desprendimiento que lo conduce a enfrentarse, a menudo casi en solitario y con medios muy inferiores, con poderes unívocos, intolerantes o totalitarios.

La condición democrática crea personas –el ciudadano deviene en un sujeto consumista– con dificultad para pensar y reconocer al insumiso. Desde el pragmatismo corriente, o desde la política más pragmática que no aspira a virtuosismo alguno, entregada a la conquista de sus deseos más inmediatos, quien resiste o asume un sacrificio, además de incomprensible, resulta una comparación detestable para los demás. Quien se sacrifica interroga a quienes no lo hacen. Porque en el sacrificio, en la posición del insumiso se ha producido un giro radical: establecer una prioridad distinta a la propia. Reivindica la virtud moral como recurso de la política. Persevera en lo que le parece justo y verdadero. Al punto, como en ocurrió con Hillesum o Mandela, de rechazar la venganza en contra de sus respectivos victimarios.

Es ese modo de resistir y sacrificarse el que se erige como enigma: qué fuerza interior hace que frente al mal logren evitar la tentación de responder con otro mal; qué impulsa al insumiso a ponerse más allá (por encima) del poder que lo aplasta: tal la pregunta medular que cruza la intención de este libro de Todorov. Los describe como “actos morales individuales” que se convierten en elementos de la vida política. Fuerza enterrada en el fondo del corazón, que el insumiso apenas conoce: Todorov asegura que no son decisiones conscientes, urdidas por una voluntad activa, sino que son reacciones viscerales (afirmación de la que discrepo y que explicaré más adelante). Y es que es esto lo que hace al insumiso persona fascinante: ser público que guarda un secreto (secreto al que jamás renunciará). Porque tal es su quid: no solo es irreducible, sino indescifrable.

 

La renuncia de Hillesum

La primera historia que Todorov ofrece es la de Etty Hillesum (1914-1943). Antes de abrir el libro, apenas leo la palabra insumisos en la portada, sé que ella estará allí. Si la lectura nos ofrece el don de lo extraordinario, los diarios y cartas de Hillesum pertenecen a esa categoría de lo que no admite comparación (de hecho, sus renuncias no son comparables al resto de los insumisos que Todorov acopia); no pertenece a clasificación alguna, sino a una dimensión propia, un heroísmo sin heroísmo, que quizás solo sea posible en ese infierno que fue el campo de concentración hitleriano.

Hillesum era judía holandesa. Ahorraré al lector lo que puede imaginar e iré de una vez al 7 de septiembre de 1943. Va en el vagón número 14 de un tren de la muerte. Sabe que viaja rumbo al final de su vida. Escribe en un papel, dirigido a unos amigos en Amsterdam: “Papá, mamá y Mishcha están unos vagones más allá. El aviso de nuestra deportación ha llegado de manera inesperada: orden súbita emitida desde La Haya. Orden de la que éramos únicos y exclusivos destinatarios. Hemos dejado el campamento cantando. Papá y mamá muy serenos, muy enteros. Otro tanto podría decir de Mishcha…. Un adiós de nosotros cuatro”.

En sus cartas y diarios, que había comenzado a escribir unos dos años y medio antes, las más urgentes exigencias se refieren a ella misma: aceptar el conjunto de la existencia, con sus bondades y maleficios, con lo que tiene de vida y de muerte. Hillesum insistía en la necesidad de erradicar el odio contra los verdugos, porque de lo contrario, víctimas y verdugos se asemejarían en la misma barbarie. Incluso en el campo de concentración, la víctima tenía una tarea moral que hacer consigo mismo. Hillesum proponía perfeccionar el propio ser. Fortalecer el propio espíritu. “El mal que causamos no puede excusarse con el pretexto de ser la respuesta a otro mal”, resume Todorov.

Puesto que no es posible cambiar el curso de los acontecimientos, hay que fortalecer la capacidad de llevarlos, de soportarlos (hay aquí toda una corriente que conecta con el martirologio católico, que Todorov no menciona). Escribe Hillesum: “No creo en la ayuda exterior, no entra en mis previsiones”. Tiene plena conciencia de que debe encontrar un nuevo lenguaje para hablar de lo que le sucede: el sufrimiento causa bondad, que debe irradiarse a los demás. Hasta el punto sentir compasión (comprensión, perdón) hacia el soldado nazi que les mantiene encerrados: “No hay hombre tan imperfecto que no podamos sentir por él una amistad perfecta”. Su rebeldía, su insumisión, consistió en oponerse, no al enemigo, sino al peligro de que el odio ocupase su propio corazón. En su sacrificio hay una fuerza que es pre-política. Arquitectura Interior. Disposición de carácter, emplazamiento vital que rechaza la obediencia que para otros (para el resto de los comunes) es obvia.

El campo de concentración es el lugar donde ella puede dar curso al amor por los demás. Hay momentos en los que reacciona: se hace la pregunta que todavía seguimos sin responder, de cómo es posible que seres humanos se organicen para perseguir y matar a los demás. Todorov detecta, cosa importante, que algunas de sus cartas, más que dirigidas a un destinatario específico, son detallados relatos de la vida en el campo de Westerbork. A medida que comprende que su destino y el de quienes la rodean, será el de morir asesinados, desespera. Siente el dolor de la impotencia. Intenta salvar a su hermano del convoy que los conducirá a Auschwitz, pero no resulta. El 30 de noviembre de 1943, de acuerdo a los registros nazis, Etty Hillesum fue ingresada en una de las cámaras de gas.

 

Otros relatos

Entre las muchas diferencias sustantivas entre Hillesum y los demás relatos que conforman “Insumisos” –Germaine Tillion, Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenitsyn y Nelson Mandela–, cada uno de ellos expuesto en su especificidad, habría que anotar esta: que estos vivieron lo suficiente para testimoniar post-facto, los episodios centrales en los que se expresó su desobediencia ante el poder (todas son, desde esa perspectiva, post-escrituras, en forma de libros testimoniales, extensas entrevistas, películas, biografías autorizadas, etcétera).  Mientras la insumisión de Hillesum terminó en una cámara de gas, en el mundo ciego, sordo y mudo que hizo posible a Auschwitz, a todos los demás les fue concedida una tarima, una loa, algún premio, alguna palabra de solidaridad. “Insumisos” desestima el estado de la opinión y de la vigilancia ciudadana que rodeaba las distintas realidades.

En el caso de Hillesum quizás cabe preguntarse, por qué no la contrastó con la decisión de sacrificio de los judíos del Guetto de Varsovia (que Todorov calificó de “sacrificios inútiles” en su libro “Ante los límites”), o, por señalar algo que posiblemente arroje algunas luces: la comparación entre los argumentos de Hillesum y los de los jesuitas del siglo XVI, que fueron descuartizados y llevados a la hoguera en Ia Inglaterra de Elizabeth I, y que también sostenían la doble tesis de perdonar a sus perseguidores y fortalecer el propio teatro interior para superar las pruebas del sufrimiento. ¿No hay en los mártires una poderosa fuerza de insumisión?

Y aquí llego al punto de mi desacuerdo mayor con este necesario libro de Todorov: su afirmación, tajante, de que las acciones de los insumisos “no son resultado de una decisión consciente de la voluntad, sino que preceden de una reacción visceral y no pensada”. A pesar de la amplitud de la afirmación, el autor apenas la sustenta. Da por demostrada su aseveración.

Pero, me parece, que ella desconoce numerosos casos o tradiciones de resistencia y sacrificio, que se tradujeron en actos o procesos de insumisión, como los que se han producido, por ejemplo, entre mártires del catolicismo. ¿Significa, de acuerdo a lo que sostiene Todorov, que San Justino, en la Roma bajo el férreo mando de Marco Aurelio –el emperador filósofo–, no controlaba su voluntad cuando perdonó a sus verdugos y caminó al lugar donde fue decapitado? ¿Significa que el jesuita Edmund Campion (1540-1581), plenamente informado de las persecuciones de los protestantes en contra de los católicos en su país, adopta el propósito de su Orden y regresa a Londres a predicar la fe católica, a riesgo de ser torturado, asesinado y descuartizado, tal como ocurrió, y que cuando entró en Londres haciéndose pasar por joyero, lo hizo como consecuencia de una “reacción no visceral y no pensada”?

Cierro: en el insumiso subyace una especificidad que no es posible desconocer. En ningún lado esa especificidad es tan ardiente como en el pensamiento. Relacionar insumisión y visceralidad, nos conduciría entonces a establecer un vínculo, posible y preponderante, entre moral y emoción. El libro de Todorov ha abierto un camino que debe seguir siendo explorado. Es probable que la figura política y moral del insumiso, nos conduzca a encontrar comparaciones sorprendentes, entre todos aquellos que han tomado el camino del sacrificio, a favor de una causa cuyos intereses implicaban a muchos.

 

Insumisos

Tzvetan Todorov

Galaxia Gutenberg.

España, 2016.