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Sobre el enciclopedismo de Ramón J. Velásquez

Ramón J. Velásquez / Archivo

Ramón J. Velásquez / Archivo

“Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche”. J. D. Salinger

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Con buen tino –el de su Presidente–, la Academia Venezolana de la Lengua se reunió en sesión solemne, a las vueltas del mes julio, en la residencia del Dr. Ramón J. Velásquez, numerario de la Corporación. Se dijeron palabras ajustadas y de gran elocuencia por parte de Francisco Javier Pérez, Presidente de la Academia y de Horacio Biord Castillo, a quien le fue encomendado el discurso de orden. Entonadas estuvieron las intervenciones de los también académicos René de Sola, González Paredes y García Mackle y todo ello ante la presencia de la familia y de algunas amistades relevantes de tan señalado anfitrión.

Contra lo que algunos predican, influenciados por una cierta microcefalia política, el burgués era y es aquel que conserva lo que ha adquirido y lo mejora, lo dignifica. La  residencia de Ramón J. Velásquez rezuma la dignidad de uno de esos venezolanos, en todo caso, que por mucho que acelere su marcha el contador del tiempo tardara en aparecer un ejemplar de tan elevada talla moral, intelectual y social para quien la acción -cuando hay que  llevarla a cabo- va de la mano con el pensamiento.

Es lo que deduje, a una primera inspección, de las intervenciones de los oradores del día. Fueron profundos y certeros en este aspecto como el mismo Ramón J., en unas breves palabras de agradecimiento, reconoció, un poco mermado ahora por la labor de los años en relación a esa forma suya de convertir en un acontecimiento sus intervenciones públicas. Intervenciones en las que solía distinguir entre multitud y gentío con el fin de excluir esa práctica al uso de considerar honesto al ladrón, afectuoso al criminal y supersticiosos a quienes se proclaman ateos. Era la razón de ese enciclopedismo del que se sirvió para entender al país y del que dejó suficiente constancia en la monumental obra que bajo su dirección publicó en su momento la Editorial Globe.

La Editorial Globe, al frente de la que se encontraba don Serafín Hernández Caballero, me había encomendado preparar el proyecto de la que iba a llamarse: Gran Enciclopedia de Venezuela.

Eran tiempos de evolución creativa en el país: las humanidades tenían buen asiento en la Escuela de Letras y en la de Filosofía de la UCV, al igual que la mejor arquitectura y las ingenierías venían de la  universidad venezolana toda. Como complemento, la Facultad de Ciencias de la UCV graduaba en situación de avanzada científicos que no desmerecían de los mejores talentos del momento. Eran tiempos en los que se proclamaba la necesidad de sustituir lo visible complicado por lo invisible simple. Sin descontar los estragos que se derivan del llamado principio del outlet el cual sostiene que cuando los valores de la bolsa caen, las faldas suben. Las faldas y el dinero de toda una época. De los asuntos de la  imaginación  se ocupaban gentes como Salvador Garmendia, Elisa Lerner, Eugenio Montejo y otros muchos escritores con o sin  denominación de origen. El perfume de la época comenzaba a exportarlo Carolina Herrera al tiempo que principiaban a escucharse ya los acordes del Sistema Nacional de Orquestas del maestro Abreu. Ramón J. acababa de publicar su descomunal obra sobre el Pensamiento político venezolano (1960- 1986) y por aquellos días Alberto Rosales estaba ocupado en la redacción de su obra: Sein und Subjektivität bei Kant, que tanto iba a enaltecer la filosofía venezolana dentro y fuera del territorio nacional.

En eso andábamos y esos tiempos  necesitaban elaborar un sumario cabal de todo lo que estaba aconteciendo y había acontecido en torno al saber y al hacer del hombre venezolano. Para  encaminar esa tarea se habló con Don Ramón J. Velásquez.

Si la enciclopedia iba a ser temática, los más de trescientos temas al igual que los especialistas encargados de elaborarlos, debían escogerse por su capacidad de compendio con la finalidad de que la enciclopedia se convirtiera en el gran abarcador de lo que  había sido históricamente y estaba siendo en el presente este país. Para ello se requería de una batuta experimentada y la Editorial Globe pensó que quien mejor podía moverla era doctor Velásquez.

En esa época los ordenadores no habían irrumpido con la fuerza con que lo harían después en las editoriales. De modo que los proyectos comenzaban siendo unos grandes mapas fijados en las paredes de las salas de redacción en las que aparecían con explicita visibilidad, temas, autores, tiempo de entrega de los trabajos, todo lo que eso que comenzaba a llamarse el timing editorial.  Y eso es lo que  le mostramos el día convenido para la visita inicial.

El asunto no era una tesis en la que el tutor aprobara el proyecto y posteriormente su desarrollo, era un plan en el que se había invertido dinero y tiempo y se habían concertado con los especialistas los temas que iban a formar parte de su contenido.

Después de una cuidadosa revisión autor por autor, tema por tema, Ramón J. no dijo nada. No hizo ningún comentario sobre la marcha. Ni  dejó traslucir indicio alguno de si aquello correspondía a la que podía ser su tarea.

—Hablamos en el almuerzo —dijo— con arreglo a esa regla no formulada de que los negocios de empresa se resuelven en esa escuela de negocios que viene siendo los almuerzos caraqueños en alguno de los comedores de moda.

—¿Cuánto tiempo lleva usted en el país?, —me dijo—, cuando el camarero sirvió el café,

—Sobre la gente que va a escribir la he conocido, directa o por referencia, en mis largos años de enseñanza universitaria; sobre el país como tema para una enciclopedia global estoy en la postura de quien, sin  haber nacido aquí, sigue pensando existencialmente qué es lo le corresponde hacer y a qué he venido.

Ramón J. Velásquez era un hombre con vida vivida y dueño de las palabras que evitan la inutilidad del elogio y de las otras, destinadas a desmejorar innecesariamente un asunto. Solicitó un poco más de tiempo para “internalizar” el proyecto, en la idea de que los detalles los discutiría con el coordinador. Pidió un esquema para estudiarlo a fondo. En la primera entrevista que luego tuve con Ramón J. en su oficina del Senado, me hizo una pregunta que no admitía rodeos.

—¿De dónde sale el dinero?

—Es legal y viene de una empresa editorial de trayectoria con anclajes financieros en la baca, respondí.

La Gran Enciclopedia de Venezuela salió a su hora, avalada desde el punto de vista científico por la Universidad  Católica Andrés Bello. Comercialmente, no se había hecho en el país hasta ese momento una obra con una tiraje semejante de ejemplares. Diez tomos componen la obra, con un total de 3.600 páginas y 3000 ilustraciones. Se convirtió muy pronto en una obra imprescindible de consulta para maestros, padres y alumnos junto con aquellos que necesitaran una información sobre el país.

El día de presentación pública de la obra, Ramón J. Velásquez pronunció un discurso histórico sobre el Enciclopedismo. No me extrañó que así fuera, porque durante el tiempo de la elaboración pude calibrar su sabiduría y el tino para acometer los asuntos  de su interés.

Y ahí sigue hoy. Mientras que nuestra referencia al país está ahora marcada por aquella expresión de Wittgenstein “¿Es roja la rosa en la  oscuridad?”. O por esa otra, dentro de la terminología francesa -los franceses que tanto saben de revoluciones y catedrales: “¿Qué es lo contrario de una revolución?”: un non-evénement. Un acontecimiento que no ha ocurrido.

Editorialmente, la Gran Enciclopedia de Venezuela, dirigida por Ramón J. Velásquez, tuvo dentro del mundo editorial venezolano el eco de  esas pequeñas  revoluciones destinadas a  alertar a la sociedad qué es lo que estaba en juego, si algún día se perdiera lo que en esta obra se decía sobre el país.