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Las edades de una escritura

El escritor Ángel Infante/Foto Lisbeth Salas

El escritor Ángel Infante/Foto Lisbeth Salas

El impacto de “Joselolo” (y del volumen Cerrícolas) puede compararse con el que en su momento causó, en el proceso del cuento venezolano, “La mano junto al muro”, de Guillermo Meneses

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1. El primer nacimiento de Ángel Gustavo Infante ocurrió en 1986 cuando Fundarte le otorga el premio a su libro Cerrícolas. El segundo alumbramiento, el definitivo, se produjo el 3 de agosto de 1987: aquel día las páginas del diario El Nacional hicieron público el texto ganador de su concurso de cuentos correspondiente a ese año: “Joselolo”, una pieza veloz y contundente en la que el calco del áspero idiolecto de los personajes de barrio allí recreados generó una polémica respecto de su difícil comprensión para el lector estándar. Durante más de un mes varios periódicos ventilaron defensas y diatribas, según el caso, en torno de aquella maquinaria de palabras que de inmediato se convirtió en uno de los puntos altos en la historia del prestigioso concurso: “la ficcionalización del habla urbana había interesado a Meneses, Massiani, Britto García o Madrid, pero hasta los primeros cuentos de (…) Infante, la narrativa no había subido cerro”, señalan los compiladores de La vasta brevedad. La obra de la “primera juventud” creativa de Infante tiene el mérito de haber logrado la cristalización estética de eso que los científicos sociales denominan, con base en parámetros económicos, zonas marginales o cinturones de miseria de las megalópolis latinoamericanas. Esto es: Cerrícolas, “Joselolo” y Yo soy la rumba constituyen, en el contexto de la literatura venezolana de fines del siglo XX, la entrada del complejo universo de las barriadas al escenario artístico de la cultura escrita del país.

Para decirlo de una vez: el impacto de “Joselolo” (y del volumen Cerrícolas) puede compararse con el que en su momento causó, en el proceso del cuento venezolano, “La mano junto al muro”, de Guillermo Meneses: una ruptura con el horizonte de expectativas del lector, en lo relativo a estructura y estilo, y un replanteamiento de temas considerados, en ocasiones por razones de índole sociocultural, fuera del campo literario.

 

2. En un artículo inédito, Infante detalla las motivaciones de su escritura. Entre las confidencias destaca la que divide su carrera como narrador en dos etapas. En el apartado de arriba he colocado entre comillas una de ellas: “primera juventud”, justo la que atañe al período de su salida del anonimato: la época de Cerrícolas y “Joselolo”, la cual concluye con Yo soy la rumba. La “segunda juventud” corresponde, en esencia, a Una mujer por siempre jamás.

Por razones de dinámicas editoriales, “Joselolo” se dio a conocer antes de que Cerrícolas saliera de la imprenta. En principio porque, habiendo ganado el concurso de El Nacional, el relato tuvo una instantánea difusión en la prensa, en tanto que el libro de cuentos hubo de esperar hasta septiembre de 1987 para ser leído por el público. Así, el primer escrutinio al cual fue sometida esta narrativa se vio contaminado por el escándalo.

Cierto: “Joselolo” resultaba un tanto refractario para una comunidad de lectores acostumbrada a decodificar anécdotas sostenidas en un lenguaje transparente. Sin embargo, aun cuando su argumento es lineal el diseño del texto descansa en el calco de la lengua que se convierte, por ósmosis, en expresión de los valores de quienes allí quedan representados: la gente del cerro.

Con todo, pese a su alto grado de impenetrabilidad, “Joselolo” es un relato construido a la manera de un drama griego que busca ratificar el cumplimiento de un sino: el ciclo de vida de una barriada en la figura de un héroe trágico: su protagonista. Esa mínima representación sirve de correlato a una puesta en escena más amplia: la que cada día ejecutan quienes remontan su destino en los cerros, barrios, zonas marginales del país. Lo cual no quiere decir que el cuento sea un libelo contra el olvido en que las autoridades mantienen a los vecinos de esos sectores o, por el contrario, una apología de sus residentes. Aquí lo que hay es laboriosa indagación de las vicisitudes de los personajes y su verosímil remate en el terreno de las acciones narrativas.

De allí que cuando aparece Cerrícolas, el contraste entre la escritura de los cuentos que integran el libro y “Joselolo” es ostensible. Por supuesto, los elementos temáticos y la escenografía siguen siendo los mismos. La diferencia estriba en que la prosa de los textos de la colección es más tersa, lírica, menos violenta. En rigor, esta es la marca lingüística (balanceado aliento poético del estilo) que distingue a esas piezas y que calificaría al autor como el mejor exponente de la sensibilidad de los cerros.

Por otra parte, en Cerrícolas las estructuras se mantienen dentro de los parámetros de lo estándar. No hay ninguna intención de romper la lógica de los eventos, pues la propuesta global del título fija de antemano su interés: recrear un trozo del estrato socioeconómico más voluble de Caracas: la de los “dos millones y pico” de pobres (¿cuántos serán ahora?) “que tocan el cielo caraqueño”, según reza una de las dedicatorias de la primera edición.

Corrijo: más que recrear lo que Infante logra es hacer visible una realidad humana (no social, eso ya se sabía) desconocida; quiero decir: puso al descubierto las proyecciones estéticas de un mundo extrañado palpitando en el cuerpo de la ciudad. La exploración nos enseñó que los efluvios del amor, la amistad, el deseo, la nostalgia, las penas suben escalinatas y devoran veredas o se difuminan como el humo de los fogones de querosén hasta tiznar el alma. De modo pues que Cerrícolas abrió una página poco leída entre nosotros.

 

3. En 1991 Fundarte hace una edición aumentada de Cerrícolas donde se recoge el libro original y los relatos compuestos en la misma tesitura de aquél que se hallaban dispersos en revistas o periódicos. Los nuevos textos, excluyendo “Alexandra y el Selam”, insisten en la representación del mundo del barrio o de sus derivaciones y en el uso de la música como sustrato de las tramas. También en estos trabajos el humor comienza a tomar fuerza. En esa segunda edición se incluyó “Dilia ya La Rubia”, una escena que pasaría íntegra a la única novela, hasta ahora, del autor. Hablemos de esta última.

En Yo soy la rumba (1992) Infante logra combinar los dos registros que había manejado en los cuentos: el estilo punzante de “Joselolo” y la prosa con vuelos líricos, plásticos y distendidos de Cerrícolas. Así, la “Primera Edad”, en la cual toda la historia gira en torno de Sebastián, está construida de manera cronológica y se deja leer con frescura, no sólo por las sub-tramas que se despliegan como consecuencia de las cosas que observa o le pasan al protagonista, sino por la agilidad de la escritura que permite colar las más tremebundas situaciones de manera sutil y efectiva.

La “Segunda Edad”, en cambio, recuerda el tono y el ritmo de “Joselolo”. Sebastián es un hombre dedicado a la composición de letras de salsa que se deja caer por los sitios donde sus amigos músicos las interpretan. Sobre esta base argumental se materializan otras historias que generan un trepidante calidoscopio que refleja el vértigo de una ciudad donde cohabitan todas las posibilidades de realización y de decadencia humanas.

En esta novela Infante apela a varios recursos: avisos de prensa, paráfrasis de libretos de radio y de seriales televisivos, jingles comerciales, fragmentos de canciones; un collage de dispositivos que contribuyen con la reconstrucción de un lapso de la vida del país al hilo de la música (fines del sesenta-principios del noventa). El título no puede ser más obvio: “Yo soy la rumba” es el nombre de la famosa letra del cubano Marcelino Guerra.

 

4. La “segunda juventud” narrativa de Infante comienza en 1989. Aquel año publicó el relato que evidencia un cambio en su modo de hacer literatura: “Alexandra y el Selam”. Se trata de un breve texto donde aparece la voz del personaje maduro que será el timbre caracterizador de los cuentos de Una mujer por siempre jamás. La historia arranca cuando el sujeto descubre El Selam (una disposición particular de flores cogidas en ramillete) en una vieja revista del siglo XIX. El fortuito encuentro activa el recuerdo del hombre, el cual lo arroja a sus días de estudiante de pintura en la escuela de artes plásticas y a la relación que mantuvo con Alexandra.

En este marco, Infante ensaya un cuento donde el barrio de su “primera juventud” se ha borrado casi por completo para dar paso a la indagación de territorios desconocidos de la conciencia por el camino de la memoria. Esta permuta estética permite que el narrador instrumente el uso de su arsenal cognoscitivo con el fin de proveer carnalidad a las anécdotas. En adelante, ello justificará las acotaciones culturales (citas de libros, películas, discos, clases) y los paseos literarios que emprenden los protagonistas.

Llegamos así a las ocho piezas de Una mujer por siempre jamás. Articulados sobre la base de un solo tema: las tribulaciones amatorias, estos cuentos son resultado de la etapa de creación más cercana de Infante. El conjunto constituye una gramática de las relaciones de parejas. Cada texto cristaliza una estación del amor: desde las meras infidelidades varoniles y femeninas hasta la indefinición sexual en el gusto de los amantes.

Desde el punto de vista técnico, en estos cuentos Infante ha alcanzado un alto dominio de las estructuras, los temas y los personajes. Así, la música modula el paisaje de las alcobas, pero como un suave fondo que no distrae el entusiasmo; en tanto lo oral ilumina por momentos alguna charla, sin los arrestos de un valor idiosincrásico.

 

5. El nombre más ajustado al espíritu de la propuesta de integrar en un único volumen lo que hasta la fecha llevaba publicado Infante era el de la letra de la canción del peruano César Miró interpretada por el cantante Virgilio Martí en una película de poca trascendencia, pero popularizada por el panameño Rubén Blades en su trabajo musical de Buscando América (1983). Así, “Todos vuelven” significa el retorno de unas piezas que reclamaban su reaparición en virtud de las demandas de lectura que convoca su universo temático-compositivo.

De otra parte, “Todos vuelven” recoge la nostalgia de una escritura basada en la reconstrucción de la memoria íntima y colectiva de unos personajes que cifran sus existencias en ritmos caribeños, los cuales superan la simple materialidad de sus sonidos hasta convertirse en la melodía de una época que pudo sobrevivir a las derrotas cotidianas y a los rotundos fracasos del amor. “Todos vuelven” deviene poética del conjunto y quiere señalar el arraigo a un sitio simbólico del ser que aquí aparece desgajado en variadas historias que a fin de cuentas son siempre la misma.

 

FICHA DEL LIBRO

Todos vuelven

Ángel Gustavo Infante

Editorial Equinoccio

Caracas 2012