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Un duro golpe al coleccionismo occidental

En julio de 1945 los Monuments Men localizaron el famoso “Altar de Gante” de los hermanos Van Eyck / Fotografía tomada de Internet

En julio de 1945 los Monuments Men localizaron el famoso “Altar de Gante” de los hermanos Van Eyck / Fotografía tomada de Internet

La polémica sobre el arte expoliado por los nazis ha tenido una reactivación este año: el hallazgo en el departamento de Cornelius Gurlitt, en Munich, y el filme estrenado recientemente, “The Monuments Men” (George Clooney, 2014), dan cuenta de que el tema apenas comienza y permite cuestionarnos sobre la sustentabilidad de las colecciones occidentales como promotoras de nuestras culturas anteriores

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Sostiene Vincenç Furió que “si existe el mercado del arte es porque hay compradores y coleccionistas. La demanda es el principal motor del mercado” (Sociología del arte, Cátedra, 2000). “Demanda”, “mercado”, “comprador”, “coleccionista” son nociones económicas que denotan riqueza y poder, pero además, idealmente, pueden anunciar prácticas de libertad contrarias al hurto. Coleccionar deviene de poseer un objeto de deseo, y cuando se trata de arte, de grandes obras de arte, el coleccionista tiende a ser una persona acaudalada y con poder, él es capaz de adquirir –léase bien: de comprar– aquellas piezas anheladas. Adolf Hitler no encabeza esta lista sino al contrario: se recuerda como la persona que capitaneó el mayor robo de arte conocido en la historia más reciente. Para él el arte clásico, el de los grandes maestros renacentistas, por citar ejemplos, eran platillos suculentos, muy apetecibles, que en la medida es que los iba encontrando les iba perteneciendo.

Uno de los golpes más duros que ha recibido el coleccionismo mundial ha sido la expoliación que hiciera la Alemania Nazi al arte occidental. La lucha de Adolf Hitler por establecer el Tercer Reich abrazaba, además,el sueño de poseer a como diera lugar una enorme colección de grandes obras de los siglos XV al XIX en aquella ambiciosa empresa que llevaría por nombre el Museo del Führer. Se trataba de un enorme complejo cultural que se localizaría en Linz, su ciudad natal, y albergaría, en un espacio de poco más de 48 km de galerías, lo mejor del arte germano así como piezas que recordaran sus ideales arios. Pero detrás de esto descansaba otro dictamen: aquello que se consideraba de raza inferior sería eliminado o vendido a precios irrisorios, por ejemplo, el arte de las vanguardias para el gusto nazi resultaba decadente, por lo que fueron quemadas obras de Pablo Picasso, Salvador Dalí y Paul Klee, entre otros. Y es que con dos guerras seguidas cuyas lanzas apuntaban a la destrucción masiva era de esperarse que el arte (monumentos, pinturas, esculturas, objetos y mobiliarios, etc.) fuesen aniquilados –aunque se alza como ejemplo el gobierno francés que, previendo las invasiones nazis, escondió la colección que hoy reside en el Louvre–  pero se suma la puesta en mano directamente sobre cada obra, cada monumento, cada objeto que añorara el Führer para su imperio.

“Con tanta gente que muere, ¿a quién le interesa el arte?”

A pesar de las críticas sobre la fidelidad del guion que vemos en The Monuments Men (George Clooney, 2014), filme que recrea este hecho histórico bajo la visión de Clooney como director y actor, y con el apoyo de Monuments Men Foundation y además basado en el libro homónimo cuyo autor es Robert M. Edsel, la película lanza y refuerza una interrogante interesante:“¿Con tanta gente que ha muerto con las Guerras, ¿a quién le interesa el arte?”. Por el lado individual es posible pensar que salvaguardar colecciones sea un acto de frivolidad, pareciera en primera instancia un llamado al materialismo. Pero la historia también ha contado que en plena crisis bélica el arte venía siendo un calibre de cómo Hitler dominaría la historia a contar: buscaba reinterpretar y reescribir la historia venidera con brochazos arios y además asesinar todo pasado que consideraba inferior. Este caso es uno de los hechos históricos que dan cuenta del sin igual deseo de posesión que puede sentir un dictador: a la par que se torturaba y quemaban personas, se quemaban obras de arte, se aniquilada un pasado visualmente escrito, arquitectónicamente armado y sin presencia humana. La tarea asignada a los Monuments Men (que en realidad se llamarían Monuments and Fine Art and Archive) era proteger y rescatar el patrimonio artístico que ya desde la década de los treinta Hitler venía expoliando.

Como una inundación en un apartamento en la cual el agua no termina de correr, el robo del arte occidental perpetrado por los nazis fue tan descomunal que pasados setenta años siguen apareciendo objetos. El caso de Hildebrand Gurlitt, quien para los Monuments Men se trataba de un marchante personal de Hitler, lo confirma. Desde la posguerra su hijo Cornelius escondió en su departamento en Munich una colección que según la historiadora del arte alemana Meikke Hoffmann ronda los mil millones de euros. El caso es que Gurlitt (el padre) trabajó como encargado especial a Linz, es decir, fue comisionado por el Führer para que localizara obras para el Museo. También se dice que se le encargó vender a precios muy bajos el arte de vanguardia, aquel que consideraban “degenerado” los nazis, por lo cual no es casual que en el hallazgo de 2014 en el departamento de Cornelius apareciesen obras maestras de autorías como Matisse, Chagall, Picasso, etc.

Se calcula que para 1951 más de cinco millones de objetos de arte fueron repatriados. Son casos afortunados a los que se suman el Políptico de Gante, de los hermanos Van Eyck, y la tan preciada Madonna de Brujas de Miguel Ángel. Sin embargo la cantidad de piezas sin paradero definido es titánico: para 2013, casi doscientas mil seguían sin aparecer, muchas de las cuales es probable que hayan integrado los lotes de obras que fueron quemadas.