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El discurso amoroso en La amante de Bolzano, de Sándor Marai

Nila De Falco / William Dumont

Nila De Falco / William Dumont

Nila De Falco es estudiante del cuarto año de Letras de la UCAB. Actualmente se encuentra trabajando en su tesis sobre los Diarios de Sandor Marai. Es profesora de castellano en el Colegio Roraima

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Sándor Márai nace en 1900 en una pequeña ciudad húngara llamada Kassa, ahora perteneciente a Eslovaquia. Pasa su juventud entre editoriales, publicando en periódicos contra el gobierno de turno y llevando siempre consigo los diarios que publicaría tiempo después. Sufre la Primera Guerra Mundial, la caída del Imperio Austrohúngaro, la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y el fascismo, y nada logró derrotar la incisiva crítica que el autor forjaba. Sin embargo, hacia 1948, y con el alojamiento del comunismo en su país, Márai se ve obligado a emigrar debido a la autocensura; en la que se veía obligado a mutilar sus diferentes escritos. De esta manera, el escritor húngaro quien fuera uno de los más relevantes dentro de la literatura centroeuropea, cayó en el olvido.

No fue sino en la década de los ochenta, con el ocaso del comunismo en Hungría, que Sándor Márai fue redescubierto dentro y fuera de su país, siendo traducido a diferentes idiomas y logrando de nuevo una posición privilegiada dentro del entorno literario actual por la universalidad de temas que logra desarrollar con esmero en muchas de sus obras. El amor es por supuesto uno de ellos.

Descubrí a La amante de Bolzano en un seminario, y la obra me fue recomendada abiertamente. En ésta se expone abiertamente –y no es sorpresivo– la reflexión del autor en torno a este inmortal tema. Nos adentramos en la propuesta que Sándor Márai tiene sobre lo que es el amor, lo que significa, a quién va dirigido y por qué; todo esto se encuentra bellamente perfeccionado –porque no hay otra manera de decirlo–, en dos grandes monólogos que ocupan casi la totalidad de la novela; uno hecho por un Giacomo Casanova, ya desgastado por la vida, y otro por el Conde de Parma, ambos rivales amorosos.

Entendemos que el amor estuvo presente en la vida del autor húngaro, como en la de todos quizá, pero en su caso particular sella su vida; el amor por su patria, por su idioma natal, por su hijo adoptivo, por la literatura húngara clásica y finalmente por Ilona, su compañera inseparable. Hacia finales de su vida, cuando contaba más o menos con 85 años, la vejez hace mella profunda en la personalidad de este autor, ve cómo la esposa desmejora cada día hasta morir definitivamente. El escritor soporta sólo unos meses hasta que una tarde del 15 de enero de 1989 se dispara en la sien, dejando record en su diario: “Estoy esperando el llamamiento a la filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por la culpa de mis dudas. Ha llegado la hora” (209). Sándor Márai muere pocos meses antes de ver la caída del muro de Berlin.

La amante de Bolzano, ya hemos dicho, es un tratado sobre el amor. En la obra los diferentes estadios que Stendhal desarrolla en su teoría sobre la cristalización, explica la capacidad psicológica que tiene el hombre para añadirle atributos al objeto amado que, en realidad, no los tiene. El sujeto se ve influido por el estado de “enamoramiento” o el estado de estupidez, como bien lo cataloga el filósofo español José Ortega y Gasset. Sin embargo, este primer estadio de cristalización puede no ser definitivo, ya que el sujeto amado sólo pretende la búsqueda material y sexual del objeto que ama, es decir, Casanova con las mujeres que “enamora”. Pero, el amor que plantea La amante de Bolzano es anímico, casi llegando al platónico, a la Afrodita Urania. En este sentido, se plantea como absoluto e incorruptible. En la obra se pone en funcionamiento mediante la aparición de Francesca, la única, la verdadera, la sola, LA MUJER (en letras mayúsculas) y todo lo que comprende esta palabra y su asociación con el amante.

De esto se distingue el amor del enamoramiento debido a que aquel es un eterno insatisfecho. A diferencia de la evidente pasividad que permea el deseo, el cual necesita que el objeto deseado venga a la persona, como sucede en el juego amoroso que muchas veces Giacomo, o el don Juan como personaje arquetípico, generalmente emplean. En cambio, en el amor todo es actividad, en lugar de consistir en que el objeto venga a la persona la persona tiene que ir hacia el objeto. “No ella hacia mí, sino yo gravito hacia ella”, dice Ortega y Gasset. De esta manera, Francesca y Giacomo se aman, eternamente, sin importar cuantas parejas tenga Giacomo, ella siempre lo amará, porque ella es “la plenitud de su vida, la verdadera mujer: Pero si un día te vas detrás de alguna [mujer], movido por la curiosidad y el aburrimiento, yo continuaré viviendo como antes y seguiré esperándote…Lo único que has de saber es que yo te esperaré siempre” (256).

Hay un punto de inflexión en la obra, donde se nos revela la máxima de Sándor Márai en esta novela: el amor que sucede entre un hombre y una mujer se traduce en plenitud, “porque tienen que ver el uno con el otro, como la lluvia que cae sobre el mar y vuelve a renacer con él, creándose y recreándose mutuamente, y siendo el uno condición del otro. Y esa plenitud crea algo, crea la armonía, y esa armonía es la vida.” (240) De esta manera se perfila el amor como algo que perdura siempre y cuando se encuentre a la persona indicada, y parece que Sándor Márai la encontró en Ilona, ya que se mantuvieron inseparables por más de 50 años, ella fue la Verdadera, la totalidad de su vida, hasta su muerte, hecho lamentable para el autor.

Dirá Ortega y Gasset que el amor no es un disparo, sino un golpe continuo, una corriente que nunca se agota, y así se percibe en La amante de Bolzano; donde se plantea como un motor eterno e inagotable que se materializa en la vida de los amantes. Es un sentimiento que busca develar el mundo, ya que solo existe el amante en la medida en que el amado sea reconocido por él y viceversa. “El mundo comienza con la capacidad de ver, y así comienza, naturalmente, el amor. Es un verbo mágico que lo contiene todo.” (190) Estos personajes sólo existen plenamente en la medida en que son pensados por otro, y así se crean y se recrean eternamente. Esta idea no parece casual cuando se relaciona con el proceso que se da entre obra y lector. Probablemente sea muchas las veces que este verbo, con la idea de crear y recrear, lo que nos mueve hacia la literatura.