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El director que nunca fue

Gabriel García Márquez | Archivo

Gabriel García Márquez | Archivo

“Su labor periodística le llevó a escribir crítica cinematográfica, que resulta ser un deleite de lectura, argumentos desarrollados con una facilidad encantadora, carismática, elocuente y al mismo tiempo profunda, analítica, y que sin duda refleja el gusto enorme, la pasión que el cine despertaba en el escritor”

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Los comentarios y notas copiosas sobre García Márquez colman –no sin razón– páginas de elogios y homenajes a su talento literario, periodístico... cinematográfico, no tanto. De hecho la mayoría de las notas sobre García Márquez y el cine califican esa relación como un matrimonio bastante malo. No sé si los comentarios sean producto de la comparación entre sus textos literarios y las adaptaciones correspondientes y no de las películas por sí solas, si fuese ese el caso y se tratase de un guión escrito por otra persona –así sea Jean-Claude Carrière– pues, allá ellos. Cuando sin embargo se trata de una transformación de su literatura a guión por el propio García Márquez, esas doncellas hermosas y perfumadas de brisa caribeña se transforman en mujeres toqueteadas, manoseadas y despintadas por el premio Nobel, y entiendo que se tilden entonces esos productos de flojos, insuficientes, mediocres. En el primer caso, el cineasta hace lo que considera con la obra literaria, partiendo de que se sabe manejar en el oficio cinematográfico y juzga, a veces bien, otras mal, acerca de cuál literatura es adaptable y cuál no. En el segundo caso, si te sabes novelista, cuentista excepcional, grande, enorme como García Márquez, la cuestión se complica porque muchos literatos no suelen saber, ni tienen por qué hacerlo, cómo se escribe para cine, para contar una historia con imágenes. Pero García Márquez sí sabía. Y es que el Gabo fue un experto en cine. Sus críticas para El Espectador de Bogotá son brillantes. Sus conversaciones con Akira Kurosawa, Woody Allen, Luis Buñuel o William Kennedy lo demuestran. Me pregunto entonces qué habrá pasado que simplemente no se le dio aquello del séptimo arte.

García Márquez confesó que cuando estudió en Cinecittà a principios de la década del cincuenta, en Roma, lo que más deseaba era convertirse en director de cine. Y así, estudió por ejemplo el neorrealismo italiano, y vaya cómo, tan cerca de Cesare Zavattini, guionista de Ladrón de bicicletas, una de sus películas favoritas. Su labor periodística le llevó a escribir crítica cinematográfica, que resulta ser un deleite de lectura, argumentos desarrollados con una facilidad encantadora, carismática, elocuente y al mismo tiempo profunda, analítica, y que sin duda refleja el gusto enorme, la pasión que el cine despertaba en el escritor: “La fuerza humana que los realizadores de Milagro en Milán (Vittorio de Sica, 1951) han logrado comunicar a este puñado de pordioseros, la carga de verdad que hay en cada situación por muy disparatada que sea, y ese ambiente de cruda miseria y de sueño increíble y esa palpitación de vida que contagia hasta a las estatuas, eso es lo que hace de Milagro en Milán una película extraordinaria, convincente, humana, iluminada constantemente por el soplo de la genialidad”. Por si fuese poco, estuvo rodeado de grandes personalidades del cine, sobre todo del europeo que parece prefería, pero también de quienes de alguna manera lo acercaban a aquellos que él tanto admiraba, como Geraldine Chaplin, hija de Charlie, quien actuó en la adaptación de Memoria de mis putas tristes. Woody Allen lo llamó genio. En 1986 funda la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, promoviendo y financiando al nuevo cine latinoamericano. En fin, que todos en el medio tenían que ver con el gran Gabo, y él a su vez con ellos.

En la conversación que tuvieron en Japón, este hombre inteligentísimo sabía qué preguntarle a Kurosawa, no solo por ser un gran periodista, sino porque sabía de cine y específicamente de la obra del japonés. Lo conocía, se lee, es evidente. Le dijo que tenía dudas sobre las adaptaciones que se han hecho o pueden hacerse de sus obras, a lo que el director de Rashomon respondió que es muy difícil transmitir imágenes literarias a través de imágenes de cine, y que algunos directores suelen cautivarse con “el poder mágico de la literatura sin darse cuenta de que las imágenes del cine hay que expresarlas de otro modo”. Al leer sus críticas, sus conversaciones con cineastas en Así de simple (Debolsillo, 2003), no me queda duda de que García Márquez sabía con exactitud a lo que se refería el maestro Kurosawa.

Muchos lo intentaron: Henning Carlsen (Memoria de mis putas tristes, 2011), Fernando Birri (Un señor muy viejo con unas alas enormes, 1988), Mike Newell (El amor en los tiempos del cólera, 2007), Arturo Ripstein (El coronel no tiene quien le escriba, 1999), y de los nuestros, Solveig Hoogesteijn (El mar del tiempo perdido, 1978) y Margot Benacerraf, a quien el escritor ofreció filmar La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada. García Márquez admitió su conflictiva relación con el cine, y sus resultados un tanto decepcionantes. No comprendo por qué no fue un gran cineasta, y vaya que lo intentó. Pero hay algo que ni consideró, como sabiendo que ahí no se podría. Las demás las ofreció en su esplendor para el ejercicio cinematográfico, pero esta no. Protegió a su preciosa Cien años de soledad, la doncella que reservó para sí, la que nunca quiso que nadie tocara, aquella que está, como dice el propio García Márquez sobre Milagro en Milán, iluminada con el soplo de su genialidad.