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"Me siento capaz de dibujar, hablar o escribir a través de la fotografía"

La obra de Ángela Bonadies recorre espacios urbanos

La obra de Ángela Bonadies recorre espacios urbanos

Quien conozca a Ángela Bonadies no tendrá duda de la pasión que siente por la fotografía

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Quien conozca a Ángela Bonadies no tendrá duda de la pasión que siente por la fotografía. Su obra recorre espacios urbanos para insertarse, visitar y conversar con los archivos y sus dueños. Una obra que amena y nutrida en referentes. Que recorre recovecos y hurga en lo doméstico para, consecuentemente, viajar y transitar en los confines de los afueras, en los entornos. En el trabajo de Ángela Bonadies prevalecen las diversas dinámicas que le ofrece la fotografía: no se encasilla sino que sorprende a través de la imagen, que conecta sujetos con objetos, y viceversa.

En su más reciente trabajo se ha interesado por entablar diálogos fotográficos con el archivo legado por el artista Francisco “Tito” Caula. Ha partido de una interesante experiencia íntima y diaria, de revisión y exploración que involucra, de manera activa, a los familiares de Caula. Este estudio ha dado origen a la exposición La recámara Ángela Bonadies y Tito Caula, curada por Lisa Blackmore que se exhibe en el nuevo espacio caraqueño Tresy3.

—En La recámara… vemos un diálogo entre ambos archivos. ¿Por qué Tito Caula?

—Por una razón muy simple: empecé a hacer un trabajo, más o menos en el año 2006, sobre archivo en Venezuela llamado Las personas y las cosas y, a partir de allí, quedé muy interesada en el tema de los archivos. Fue un trabajo documental sobre los espacios donde se archiva en Venezuela; percibí que muchos espacios estaban petrificados en el tiempo lo cual es como una extensión –a mi parecer– de lo que es la quebradiza memoria venezolana: todo se nos olvida y esos espacios lo reflejan físicamente.

Inicié un pequeño grupo de discusión sobre qué es el archivo, junto con Juan Cristóbal Castro y Lisa Blackmore. A partir de toda esta experiencia, me di cuenta que trabajar en el archivo también implicaba investigaciones o participación más profunda. Luego conocí a Sandra Caula y me habló del archivo de su padre, Tito Caula. Yo había visto imágenes justamente en los libros de fotografía de Fundación para la Cultura Urbana y me pareció interesante su trabajo. Le dije que si podía consultar más a fondo ese archivo; al hacerlo, lo que realmente se me hizo más interesante fue abrir gavetas y cajas y comenzar a ver uno a uno lo creativo. De esta manera, el mismo equipo nos planteamos empezar ese trabajo. Sandra nos remitió con Amparo Quinteiro, la viuda de Tito Caula, quien a partir del 78, fecha en la que Tito Caula muere, se dedicó a positivar buena parte del archivo y a hacerle la catalogación, titularlos, fecharlos. Para mí es un archivo seductor porque tiene dos partes: por un lado el ojo de Tito Caula y, por el otro, se continúa con la voz de Amparo Quinteiro. Es un archivo que está muy vivo, que yo lo llamo “parlante”.

—En el texto curatorial de La recámara… se habla de “metafotografía”. ¿Esto tiene que ver con un estudio estético que haces de la acción de fotografiar?

—Esto tiene que ver con una mirada de lo fotográfico desde la misma fotografía. En vez de hacer teoría sobre la fotografía, hago un discurso metafotográfico pues establezco referencias fotográficas, como cuando hice Copia original donde la base de todo el trabajo era bodegones pero a partir de libros de fotografía, o de libros de artistas que usan la fotografía, como es el caso de Luis Camnitzer. Ya hice de Tito Caula, Wolfgang Tillmans, Thomas Demand, Diane Arbus. La idea era fotografiar mis referentes fotográficos.

—¿Consideras la estética de lo doméstico como una constante en tu fotografía?

—Sí, creo que sí, sobre todo cuando empecé. Probablemente las series más viejas que resaltan ese aspecto son Inventarios y, evidentemente, Domésticos donde yo veía que había construcciones identitarias hacia adentro. Fotografié distintos inmigrantes, o personas desplazadas de su lugar de origen, tratando de inventariar todos los objetos que tenían alrededor que, de cierta manera, armaban una identidad o un paisaje relacionado con el lugar de donde venían mezclado con el lugar donde estaban. Por supuesto era sobre el espacio doméstico, pero lo interesante es cómo ese espacio es una construcción del afuera, o de los afueras: de donde vienes, dónde te quedaste, cómo confluyen las iconografías en los espacios domésticos. Luego, en Las personas y las cosas me interesó fotografiar a los custodios. Yo les llamaba los custodios o “testigos” lo cual obedecía a una especie de subclasificación: las personas que se encargan de cuidar esos archivos que, de alguna manera, se mimetizan o mimetizan a los espacios con sus cosas.

—El espacio urbano, sobre todo el caraqueño, está muy presente en tu obra. ¿La relectura que le das es crítica, nostálgica…?

—No, la nostalgia sería lo que dejaría de lado. Al menos intento de que no sea lo que prevalezca como discurso. Para mí es más interesante otro punto de vista con el que me conecté al ver el archivo de Tito Caula: siempre había una promesa. La sensación hacia Venezuela no es tanto de que fue una maravilla sino que siempre hubo una promesa que ahora, más que nunca, la vemos rota o quebrada. Entonces, desde este punto de vista, lo urbano en mi trabajo supongo que refleja eso: el quiebre de una modernidad que no funcionó, que no llegó realmente a arraigarse. Ninguna nostalgia, sino más bien una preocupación. Y claro, La Torre de David –no  porque nosotros lo hayamos hecho sino porque es lo que es–, se ha convertido en una especie de emblema sobre la falla en el cumplimiento de las promesas hechas desde hace muchísimo tiempo.

—Lo urbano, la memoria, inventarios, colección, pertenencia y registro, son elementos que pueden notarse en tu obra. ¿De qué manera se han insertado en ella?

—Creo que parte de la respuesta a eso es que no hay nada premeditado, sino que la realidad es que tengo intereses diversos y, en ese sentido, trato de no tener prejuicios con los géneros. Es como una paradoja porque, por un lado, trato siempre de catalogar, hacer listados, organizar, poner nombres, clasificaciones. Una cosa como muy metódica. Y, por el otro, lo que trato es que esa metodología rompa un poco las limitaciones entre un género y otro. De alguna manera me siento capaz de dibujar, hablar o escribir a través de la fotografía. Entonces, sí me interesan los temas de pertenencia, memoria, archivo. Mi intención es que sea un trabajo permeable.

—¿La recámara…, por lo doméstico o es un juego de palabras?

—Las dos cosas. Es un juego de palabras, por decirlo de alguna forma, de dos cámaras, porque están dos personas con sus archivos, sus cámaras y sus miradas. Y también por ese espacio doméstico del que hablabas. Entonces me pareció un nombre redondo y muy circular. Es una especie de nombre sonoro.