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El diario de Colón. A 500 de la llegada a Macuro

Cristóbal Colón | Foto Cortesía

Cristóbal Colón | Foto Cortesía

¿Cuánto se sabe de la travesía de Cristóbal Colón? ¿Cuánto de la primera mirada de Occidente a estas tierras, de los padecimientos y dificultades de los viajes? Los diarios del almirante registran no solo las costumbres de su tripulación, los cambios del tiempo o los detalles de la naturaleza, sino también el curioso trato que se procuró con su gente: falseaba la realidad de lo navegado para no crear ansiedad en cuanto a la llegada. La suerte de estos invalorables documentos –que por las ambigüedades de una época apenas llegaron a ser conocidos públicamente el siglo pasado– parece haber estado signada por la del mismo Colón, suerte no exenta de sombras y malentendidos

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Cuando Cristóbal Colón regresó a Europa de su primer viaje, traía consigo su Diario de a bordo. Un documento de excepción sin duda pues allí, por primera vez, nuestro paisaje era nombrado para la historia de Occidente. Y sin embargo, tal como la figura de Colón, el libro es percibido con dificultad cubierto como está por un laborioso tejido de ambigüedades. Revisemos los acontecimientos.

En 1493, en un acto solemne, Colón entregó su bitácora a los reyes católicos, encomendándoles hicieran una copia y le devolvieran el original. Al cabo de un tiempo se ve obligado a reclamar su devolución. Pasan todavía los meses y recién antes del segundo viaje Colón recibe una copia reina: “ha tardado tanto porque se escribiese secretamente”. Era una copia hecha por dos personas distintas: “va de dos letras segund veréis”, le advierte la reina. ¿Por qué dos copistas?: “porque mas presto se ficiese”, sí, pero también “para que éstos que están aquí de Portugal ni otro alguno no supiese dello”. Se cree incluso que los copistas vivían en regiones distintas y que ninguno había accedido al texto completo, de manera de garantizar con estas cautelosas medidas de seguridad la protección de los secretos de estado, especialmente ante la actividad permanente de los espías portugueses. Colón se ve así despojado del diario original sin mayores explicaciones.

Lo que la reina nunca imaginó es que el celo puesto en reservar el libro excedería lo previsto pues el diario solo fue conocido ­¡cuatro siglos más tarde!

Veamos: 60 años después de que fuera escrito, en 1554, Luis Colón, nieto de Cristóbal e hijo de Diego, obtuvo permiso para publicarlo pero, a pesar de tener entre manos un “best-seller”, no lo hizo. La consecuencia de este hecho inexplicable fue que la copia del diario guardada por Luis, tal como el diario original guardado por la reina, terminó por perderse. Este vacío se prolongó durante más de dos siglos, hasta 1786, cuando el azar dispuso mejorar un tanto el destino de la obra.

Digo el azar porque un día don Martín Fernández Navarrete, abocado a sus tareas en el archivo y la biblioteca del depósito hidrográfico del Ministerio de la Marina, nuevo y burocrático nombre otorgado al que fuera el archivo del Duque del Infantado, encuentra para su sorpresa lo que describe así: “un tomito de a folio forrado en pergamino, con 76 fojas útiles, de letra menuda y metida”. ¿Qué contenía el tomito? Pues lo que hoy conocemos como el Diario del Almirante y que según Ernesto Vega Pagán, en El Almirante, “es una copia abstracta o resumen parafraseado del original, o de una copia del original, con nuevos párrafos textuales de puño y letra de Fray Bartolomé de Las Casas que no se sabe cómo llegó a sus manos”.

Se abrió entonces un nuevo compás de espera, esta vez de 39 años, para que en 1825 el libro fuera publicado, de acuerdo a Vega Perán, en una edición tan poco satisfactoria que es preferible considerar como primera edición del diario la de 1892, es decir, casi en el siglo XX.

Y en verdad, en un lector inadvertido acerca de esta por lo menos doble autoría, el diario puede suscitar una sensación extraña pues la narración alterna sin mayores avisos entre la primera persona, cuando el que habla es Colón, y la tercera persona, cuando el que habla es fray Bartolomé.

A lo que resultó del Diario de a bordo, una escritura al menos a cuatro manos, normalmente las ediciones agregan las cartas y el testamento, estos sí originales y, en lo que respecta a las cartas, publicadas oportunamente incluso en varios idiomas.

Pero la pieza principal del conjunto es la bitácora en la que Colón registraba los eventos día por día, allí confesaba mentir constantemente a sus subordinados –“anduvo sesenta leguas… pero no contaba sino cuarenta y ocho leguas, porque no se asombrase la gente si el viaje fuese largo”– , describía raras costumbres como la de fumar, o dejaba constancia de un asombro hasta el presente vivo –“aves y pajaritos de tantas maneras y tan diversas de las nuestras que es maravilla; y después ha árboles de mil maneras y todos de su manera fruto, y todos huelen que es maravilla, que yo estoy el más penado del mundo de no los conocer”. El carácter sin dudas fundador del diario se ve profundamente perturbado por su prolongada desaparición, por su tan postergada difusión y por la intervención literaria de Las Casas. ¿Qué grado de influencia ha podido ejercer un texto conocido hace apenas más de un siglo? Y algo todavía más importante: ¿hasta qué punto esta confusión no ha acrecentado un sentimiento ambiguo en relación a nuestra identidad?

¿Bahamas o Santo Domingo?

La ambigüedad no es exclusivamente literaria, se extiende hacia otros ámbitos igualmente significativos, como por ejemplo la determinación exacta del lugar de América al que Colón llegó por primera vez. Oigamos cómo, en Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, el barón de Humboldt se lamenta:

“Aquellas luces movibles que el almirante mostró a Pedro Gutiérrez en la oscuridad de la noche; aquella playa arenosa iluminada por la luna que vio Juan Rodríguez Bermejo han impresionado nuestra imaginación. Consérvanse minuciosamente los nombres y apellidos de los marinos que pretendieron ser los primeros en ver un pedazo de nuevo mundo, y ¿nos veremos precisados a no poder relacionar estos recuerdos con una localidad determinada; a mirar como vago e incierto el lugar de la escena?”.

Desde luego que Humboldt no estaba dispuesto a cargar con duda tan intolerable, y con la inteligencia y minuciosidad científica que lo caracteriza, y tras largas investigaciones, termina por afirmar con alivio que el lugar tiene nombre: Colón llegó a la orilla oriental del gran banco de Bahamas.

¿Deberíamos sorprendernos ante tamañas vacilaciones? No, si observamos el conjunto de la vida y obra de Colón marcado por la sombra de la duda, la negligencia e incluso la frustración. Una sombra a veces absurda cultivada por defensores y detractores.

Luces, oscurantismo y paranoia    

Aunque Colón dice una y otra vez haber nacido en Génova, su origen sigue en discusión. Eso en una época en que no se cargaba precisamente con una cédula de identidad, una época que oscilaba entre el estímulo al conocimiento y el terror a las persecuciones. Timothy Foote, en un artículo publicado en El Universal (12/12/92) titulado “¿De dónde procedía Colón?”, nos recuerda que en el siglo XV si bien los eruditos creían en la tierra como un globo, también creían que la mitad inferior estaba habitada exclusivamente por raras criaturas y que alrededor del Ecuador había una zona tórrida en la cual el mar hervía. Las cortes, “famosas por su esplendor y sordidez eran más medievales que modernas: nobles y damas ataviados con elegantes trajes con los que barrían el lodo del piso en donde los perros roían huesos y sobras... la práctica de bañarse era desconocida y prevalecían los perfumes... los comensales traían su propio cuchillo para cortar su comida, que en realidad se comía con las manos... Llegada la noche se cerraban las puertas y se pasaba el cerrojo y la barra... las velas de cebo eran costosas y malolientes, de modo que la gente dormía desde el atardecer hasta el amanecer”. También nos recuerda Foote que la imprenta y la Biblia de Gutenberg datan de 1455, pero que el libro de más venta fue El azote de las brujas. Que Leonardo inventó máquinas notables, pero sus inventos quedaron guardados durante siglos; que en 1494 la peste mató 50 mil personas en Milán, que tres de cada cinco niños no llegaban a la edad de 5 años y de los sobrevivientes, la mitad no cumplía 20, y que en 1512 el montón de basura apilado fuera de París era tan alto que el rey mandó quitarlo pues temía que los invasores treparan por él y escalaran las defensas de la ciudad.

Ese era el mundo de Colón, ante los asesores científicos de esas cortes, con frecuencia árabes o judíos, Colón exponía sus planes plagados de errores. Planes rechazados, y no sin razón, una y otra vez. La idea central era sencilla y había sido formulada ya en 1249 por Roger Bacon: si la tierra es redonda, avanzando hacia el oeste se llega desde Europa a Oriente. El problema era la extensión pues las naves no estaban preparadas para tan largo viaje. Pero Colón lo resolvió: para medir la circunferencia de la tierra, en vez de basarse en el cálculo de Eratóstenes, optó por uno menor, el de los árabes; pero cuando se trató de millas, en vez de la milla árabe, optó por una mucho más corta: la italiana; además, siguiendo a Marco Polo, prolongaba la costa asiática hacia el Este. Esta conveniente combinación reducía drásticamente el tamaño de la tierra y hacía factible su viaje. ¿Creía Colón en la autenticidad de sus cálculos o simplemente manipulaba las cifras para obtener financiamiento? Lo cierto es que en las naves llevaba víveres para un año.

¿Cómo era Colón?

Según Las Casas: alto, de nariz aguileña, de tez blanca a roja, había sido rubio ahora era cano. Sobrio, moderado, venerable, discreto. Según su hijo: modesto. Según otros: pelirrojo y pecoso, algo más vivaz, ingenioso y hasta colérico a veces.

Muchos afirman que era judío, al respecto Luis Vivanco Saavedra alega –en el artículo “Ese judío llamado Cristóbal”, publicado en El Nacional (12/12/92)– que “sus conocimientos del español eran superiores al de un simple cardador de lana genovés”, de lo que concluye pertenecía una familia sefardí. También alega que llevaba en su tripulación a cristianos nuevos, algunos acabados de bautizar dejando atrás el Islam o el judaísmo, como era el caso del intérprete Luis de Torres, cuyos conocimientos del arameo, hebreo y árabe poco habrían de servir, aunque “a través de él los expedicionarios dirigieron las primeras palabras de España a los indígenas americanos: salutaciones en árabe y hebreo”.

¿Y cuál es el Colón que reina en el imaginario? ¿Valiente? Sí, pero no brillante; tenaz, por no decir terco; melancólico, sufrido, esforzado. Un hombre humilde que murió sin sospechar la grandeza de su hazaña, creyendo que Panamá era la India y que Cuba era Japón. Una historia en el fondo triste.

Venezuela nunca vista

El 31 de julio de 1498, después de ocho días sin viento y “en tanto ardor y tan grande que creí se me quemasen los navíos y la gente”, Colón llegó a Trinidad.

Anota Isaac J. Pardo, en Esta tierra de gracia, con su insuperable gracia e inteligencia: “En ese momento ocurre algo extrañamente simbólico. Colón buscaba la tierra firme con desesperación... pero a la altura de la costa sur de Trinidad, enfermó de la vista: Nunca se me dañaron los ojos, ni se me rompieron de sangre y con tanto dolor como agora. ...Pero el descubridor enceguecido, que había tomado la isla de Cuba por tierra firme, nunca estuvo muy seguro de lo que pudiera ser aquella Tierra de Gracia”.

Luego viene la descripción del paso infernal: arrecifes a los lados y corrientes tan fuertes que no permiten volver atrás. Una ola gigante que levanta la nave, un miedo tan profundo que se conserva vivo en alma del Almirante. Era la Boca del drago. Al otro lado comprueban con asombro que el agua se tornaba dulce. Llegan a un paraje encantado, pero Colón no se mueve del barco a causa de sus ojos enfermos. Y al otro día arriban a un golfo espacioso. El cuento de aventuras, dice Pardo, “se torna en este punto oscuro y desconcertante”.

Vale la pena oír a Pardo con detalle:

“El héroe de la aventura tiene a su alcance el nudo de un misterio sin par. Como por descuido lo toca: Creo que estas tierras que agora mandaron descubrir Vuestras Altezas sean grandísimas y haya muchas en el Austro de que jamás hubo noticias. Luego se aleja, se distrae. No piensa ya en el oro ni en las perlas. Piensa de dónde vendrá ese río tan grande que tiene delante. Avanza de nuevo: digo que si no procede del Paraíso Terrenal, que viene ese río y procede de tierra infinita... Un paso más y tendrá en el puño, hecho Tierra de Gracia, el sueño que lo ha empujado tres navegaciones. Pero Colón, que vislumbra un instante tierras infinitas, no dice Tierra Firme sino Paraíso Terrenal y al embrujo de estas palabras pierde la oportunidad excelsa de su vida... El trigo, el vino y la carne tocaban a su fin. Además, él tenía los ojos enfermos. De modo que volvió la proa y comenzó a alejarse en busca de alimentos y de salud”.

Penurias y humillaciones

Los viajes estos no eran cosa fácil, además, Colón pasaba de los cincuenta, para la época un anciano. ¿Cómo era su día a día, su vida de navegante? Dice de los marinos Alessandro Contarini, procurador general de la armada veneciana en 1493: “nunca se lavan si no es cuando tienen ganas de nadar, raramente usan tijeras o navaja; de ropas, la mayor parte no tienen sino las puestas, por lo que, mojadas o secas, tienen que llevarlas siempre encima; y con la misma facilidad con que se multiplican los piojos y los insectos así se llena la nave. Pero ellos no se preocupan ni se los quitan de encima”. Claro que la higiene no era un hábito consagrado por la sociedad de entonces, pero hay que tener en cuenta que esos hombres sucios, rudos y mal alimentados convivían durante meses en un mismo y único espacio: la cubierta de la carabela. Prosperaban allí trifulcas e intrigas que, por otra parte, se extendían a tierra. Algunas fueron graves, como las ocurridas en La Española, tanto que cuando Colón regresó, luego de pasar por tierra firme (Venezuela) sin saberlo, descubrió asombrado que Francisco de Bobadilla, enviado por los reyes para controlar la anarquía, había ordenado su prisión.

Fue el peor viaje de su vida: el almirante, aquejado por la gota y otros males, regresa a España con los grillos puestos. Y luego, ya en tierra, pasaron todavía seis semanas antes de que los reyes –estaban de viaje– los mandaran quitar. Al parecer, comprendieron los excesos de Bobadilla pues hicieron llegar a Colón dos mil ducados de oro para que “compareciera ante el tribunal de acuerdo a su dignidad”. Finalmente, Colón quedó libre de toda responsabilidad mientras Bobadilla pereció con toda la tripulación cuando el barco que lo llevaba a España naufragó. Pero el mal estaba hecho.

¿América o Colombia?

Debimos haber sido todos colombianos, incluso Richard Nixon, pues ¿por qué el nuevo continente no se llamó Colombia? Ah, es una vieja historia de injusticia que hemos oído desde niños; el “pobre” Colón fue víctima de un amigo desleal invitado a participar en uno de sus viajes: Américo Vespucio. Dice el vehemente fray Antonio de la Calancha: “El llamarse esta tierra América es digno de borrarse de la memoria de los hombres y que se arranque y se teste de los escritores, pues apoyan un hurto y conservan una injusticia”. Otros insisten en describir a Vespucio como un hábil relacionista público, un oportunista que se benefició de haber editado velozmente unas cartas: Mundus Novus y La Lettera difundidas por el cartógrafo alemán Waldseemüller. Mientras esto sucedía, el Diario de a bordo permanecía oculto, y así otro mal quedó hecho.

 

The so-called Christopher Columbus

En 1874 Goodrich Aaron publica en Nueva York un libro cuyo título es ya suficientemente despectivo: History of the character and achievement of the so-called Christopher Columbus. Allí, haciendo gala del culto anglosajón a la verdad que nos es tan ajeno y odioso, y exhibiendo una ausencia de amor por el lenguaje y la imaginación, afirma por ejemplo:

“el dicho Almirante al relatar sus cosas y sus andanzas, excedía siempre en mucho los términos de la verdad, silenciando en cambio en forma absoluta los hechos negativos”.

Son muchos los que insisten en disminuir el valor de los viajes de Colón, pues ya el nuevo mundo había sido descubierto 30 mil años antes por los aborígenes siberianos, y Erikson el vikingo también había llegado en el año mil, solo que Europa no lo supo. Observemos al respecto el desapasionado punto de vista de Isaac Asimov, el divulgador científico e histórico por excelencia:

“la gesta de Colón supuso el comienzo de los asentamientos fijos europeos en el nuevo continente y señaló su entrada en la corriente común de la historia universal. Por esta razón se le atribuye en general a Colón este descubrimiento. De paso, el hecho de que existiera aquel nuevo continente, desconocido por entero para los antiguos, contribuyó a superar la noción de que los pensadores clásicos lo sabían todo y habían resuelto todos los problemas. Entre los europeos se fue fortaleciendo la convicción de que ahora avanzaban más allá de donde llegaron los antiguos, y ese sentimiento ayudó a hacer posible la revolución científica que iba a iniciarse medio siglo después”.

Y agrega lacónicamente:

“Colón llegó a una de las Bahamas. Hasta su muerte creyó que había llegado a la India, es decir, la costa oriental de Asia”.

Esta vida teñida de malentendidos se extendió al hecho mismo de su muerte. Así como Colón dijo claramente haber nacido en Génova, pidió expresamente ser enterrado en una capilla en la Concepción de la Vega, España. Su petición no fue respetada. El 20 de mayo de 1506, casi ciego y paralítico, murió en Valladolid. Allí fueron depositados sus restos. Luego los trasladaron a Sevilla. En 1537 los llevaron a la isla La Española y finalmente se realizó el entierro en la catedral de Santo Domingo. Pero luego hubo terremotos, feroces saqueos de los ingleses y negligencia de los responsables, de modo que ya a mediados del siglo XVIII no se sabía con certeza cuál era la tumba de Colón. Más tarde, las autoridades españolas, confiadas en haber identificado los restos, los trasladó con honores a la catedral de La Habana. A finales del siglo XIX, con la pérdida de esta colonia, las cenizas fueron trasladadas nuevamente a España conservándose en la catedral de Sevilla. Sin embargo, desde 1878 los historiadores dominicanos sostienen que los auténticos restos de Colón están en la catedral de Santo Domingo.

Al final, queda tanto en entredicho... en dónde nació, en dónde está su tumba, adonde llegó por primera vez o quién llegó por primera vez, qué escribió él exactamente en su libro... tan impreciso, especulativo y complejo como la vida misma, como la historia de los hombres, como la literatura.

 

El almirante y la Tierra de Gracia

Por Jesús Sanoja Hernández

A comienzos de la década de los 50 se trasmitió por radio, pues todavía no había entrado el país al fascinante mundo de la TV, un programa cuyo nombre, eso creo, era “El torneo del saber” y en el cual participaban, entre otros peritos en áreas culturales, Carpentier y Liscano. Oí entonces que lo que llamamos América existía antes de la llegada de Colón y que, por lo mismo, el Descubrimiento fue asunto de perplejidad y nueva visión para Europa (y especialmente para la España de la reconquista), pero no para los pobladores del vasto territorio que Colón consideró parte de las Indias.

Con motivo del V Centenario del acontecimiento, en 1992, la discusión abarcó diversos campos, interesó a historiadores, lingüistas, sociólogos y hasta cineastas, reviviendo a escala superior y con argumentos más complejos, o la leyenda dorada o la leyenda negra, u ofreciendo una valoración intermedia de lo que Uslar calificó (y en esto estimo que todo debate es ocioso) como una nueva dimensión del mundo. Geográfica, histórica y culturalmente la apreciación de Uslar, recogida en Medio milenio de Venezuela, resulta inobjetable.

El relato del tercer viaje, cuando Colón tocó en Tierra Firme (Tierra de Gracia), lo conocemos por copia que de él hizo Bartolomé de las Casas a mediados del siglo XVI. La Biblioteca Ayacucho editó en tres tomos la Historia de las Indias de fray Bartolomé y en otro volumen recogió la Historia real y fantástica del Nuevo Mundo, donde además de la relación del primer y tercer viaje (porque la segunda desapareció), incluye trabajos de cronistas, viajeros e historiadores cuyos testimonios son de importancia suma para comprender “la nueva dimensión del mundo”. Ese volumen (N§ 176) lleva presentación de José Ramón Medina y selección, prólogo, notas y bibliografía de Horacio Jorge Becco.

Pedro Calzadilla, en su estudio “El IV Centenario en Venezuela y el fin del matricidio”, acumuló opiniones y valoraciones de la empresa colombina, a su juicio laudatorias en su mayoría y, al concentrarse en tres de ellas, calificó de entusiasta la de Tulio Febres Cordero, elogiosa, aunque más ponderada, la del sabio Ernst, y más analítica la de Arístides Rojas.

A Carlos Brandt, uno de los escritores más prolíficos y menos leídos del siglo actual, se le debe El misterioso Almirante, interesante breviario sobre Colón. La biografía acudió a libros como los de Madariaga, Duff, Wassermann, Maurice David, y más atrás a los de Fernando Colón, López de Gómara, Fernández de Navarrete y Humboldt, “quien fue el primero en alertarnos haciéndonos ver lo sospechoso que es la desaparición y el embrollo de los datos históricos acerca del Almirante”. Brandt explora en la identidad de Colón, desde Judío hasta genovés, en su presunto reconocimiento de lo que “iba a descubrir”, en su habilidad como marino, aunque escasa en ciencia, y en sus astucias y propósitos comerciales.

Ahora, en pleno V Centenario de lo que para él fue esta Tierra de Gracia, las polémicas han vuelto a florecer y hay quienes piden juicio, a través del túnel del tiempo, para quien abrió las puertas de la conquista, con sus matanzas y sus aventuras doradistas. Desde Margarita y la costa de Anzoátegui recibo precisamente dos libros, el de Alí López y el de Gustavo Pereira, éste en tres volúmenes y cuyo hermoso título, inspirado en calificativo de Colón, es Historias de Paraíso. Libro sugestivo, que le costó años de investigación y acercamientos a Pereira, y que en cada página respira poesía, aun por encima de la condena: “La desmemoria –dice Pereira– deposita en los humanos no sólo la cerrada noche del olvido: también el riesgo de volver a vivir el horror. Y si algo puede enseñarnos la historia es a descubrir las claves y los mecanismos de la iniquidad y la intolerancia convertidas en formas de dominación”.