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Los descarnados Caprichos de Goya

“El sueño de la razón produce monstruos”, 1797-1799. Estampa No. 43, hecha con las técnicas del aguafuerte y aguatinta

“El sueño de la razón produce monstruos”, 1797-1799. Estampa No. 43, hecha con las técnicas del aguafuerte y aguatinta

El Museo de Bellas Artes de Caracas y la Embajada de España lo han hecho posible: la exposición “Goya. La mirada inconforme”, que reúne 173 estampas pertenecientes a las series “Pinturas de Velázquez”, “Caprichos”, “Desastres de la guerra”, “Tauromaquia”, “Disparates” y “Últimos caprichos”. Sin dudas, una significativa muestra de los grabados del autónomo Francisco de Goya, producidos a partir de la enfermedad que ocasionó una pérdida sustancial de la audición. “Papel Literario” se suma a la invitación a ver y repensar al artista español. Se ofrecen aquí textos de Grisel Arveláez, Narcisa García, Antonio Prete y Nelson Rivera

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“La fantasia abandonada de la razon, produce monstruos imposibles: unida con ella, es madre de las artes y origen de sus marabillas.”

Francisco de Goya


Goya trae en el mango de su pincel la herencia de El Greco y de Velázquez, el pensamiento de la Ilustración, artistas vecinos como Jacques-Louis David quien en plena Revolución Francesa –no en balde gran retratista de Napoleón– consideraba que estaba viviendo un momento heroico digno de exaltar a través del arte. En suma, su código genético debía responder a las características de ese siglo XVIII: monárquico, aristocrático, con vestigios barrocos; sin embargo, los trazos filosóficos y estéticos de sus estampas –y de buena parte de su obra– son increíblemente modernos.

Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, Zaragoza, 1746-Burdeos, 1828) cultivó una carrera promisoria como pintor de la Corte española. Alumno del laureado pintor de la Real Academia de San Fernando, Francisco Bayeu –y de quien luego se convirtiera en su cuñado– de a poco fue ganando credibilidad artística en el mundo aristocrático y monárquico. Por ejemplo, en 1778 se granjeó el apoyo del secretario de Estado, el conde de Floridablanca, y de Antonio Ponz, secretario de la Academia de San Fernando, cuando se le encargó grabar un grupo de retratos ecuestres y demás obras de Diego Velázquez pertenecientes a varias colecciones de la realeza.

Pero esta comodidad y cercanía a los estratos más elevados de la vida humana no mermaron al Goya crítico: hay que tomar en cuenta que, mientras ejercía su oficio, su fuerte convicción moral, humana y ética lo alejaron de la adulación, para la muestra el famoso cuadro La familia de Carlos IV, de 1800 (hoy perteneciente a la colección del Museo del Prado). El empaste de sus pinceladas y el manejo del claroscuro no buscan embellecer rostros, no idealiza a los personajes ni los ensalza con profusión de tronos o insignias de poder, por el contrario, se dice que se apegó al realismo, incluso poco estético, pues se menciona como ejemplo la fealdad acentuada de la infanta doña María Josefa –personaje ubicado detrás de Fernando VII–. Esto es relevante solo para corroborar al Francisco de Goya no adulador, no idealista; esta obra es parte de lo que devela al Goya que no se conforma.

Así pues el siglo XVIII español dio vida a un artista que ejercitó una obra que dialoga en sí misma. Es una estética que no concluye, que no se cierra, pues acude a la exigencia del encargo, pero a la vez se resiste, persiste y finalmente nace para existir bajo la fuerte veta crítica, que a través de la sátira y la ironía, establece muros de clara queja. Sus estampas son el escape del decir real de Goya, algo que podemos evidenciar si visitamos la exposición Goya. La mirada inconforme, organizada por el Museo de Bellas Artes de Caracas en conjunción con la Embajada de España. Esa mirada inconforme, que lo acompañó de por vida, hallaba sus momentos de expresión en su mundo gráfico: Pinturas de Velázquez, Caprichos, Desastres de la guerra, Tauromaquia, Disparates y Últimos caprichos son un grupo de estampas que trazan la vida paralela de Goya en la que sus personajes juegan con lo lúdico y con lo onírico.

Los Caprichos de Goya: entre el eufemismo y lo descarnado

En otoño de 1792, a los 46 años, Francisco de Goya enfermó: pasó dos meses  padeciendo continuos “dolores cólicos”. Se maneja como diagnóstico el Cólico de Madrid, una peligrosa enfermedad difundida en la capital española, típica entre artistas debido a que se originaba de respirar el plomo contenido en los materiales de trabajo. Entre los efectos –que soportó por varios años– estaba la debilidad en los pies –de la cual se recuperó– y una sordera de la que mejoró posteriormente pero de manera parcial. No escuchar el mundo, tener que renunciar a la música como consuelo, aisló a Goya por completo. Fue entonces cuando comenzó a trabajar en una serie de ochenta grabados fantásticos, que hacían sátira de la sociedad española, los famosos Caprichos.

Los “sueños” como telón de fondo para estas sátiras fue la inspiración inicial para estos grabados, que en adelante y, gracias a la envergadura temática que adoptaron, devinieron en la idea de los “caprichos”. Aunque como pensador traía una fuerte carga ideológica de la Ilustración, ese mismo espíritu le permitía plantearse interrogantes contrapuestas, una de ellas pareciera ser la siguiente: ¿qué pasa cuando hay oscuridad? Cuando hay oscuridad ocurre todo lo malo: en las noches salen las brujas, los sátiros y los demonios, personajes que vemos en estas piezas y que de manera descarnada están aludiendo a integrantes fatídicos de esa sociedad española que Goya detestaba: en esa España reinaba el caos, era una sociedad inmadura.  

Los Caprichos son una serie de estampas que Francisco de Goya publicó en 1799, aunque venía trabajándolas años atrás. Publicó trescientas y las intentó vender en una perfumería ubicada en la calle Desengaño de Madrid –donde residió por muchos años–. El que las haya intentado vender en un comercio de perfumes es significativo pues en su condición de pintor cercano a la Corte, la producción y difusión de estas gráficas era un acto casi clandestino. Sin embargo al momento no vendió demasiadas, por ejemplo los duque de Osuna –sus protectores– le compraron solo tres.

La palabra “caprichos” casi implica un eufemismo. Nada de lo que vemos en cada una de las estampas está colocado al azar: cada figura, cada imagen tiene una función dentro de la composición que a ningún ojo atento es capaz de engañar –el profesor dando la mala educación es representado con cara de burro, el pueblo inculto también, las prostitutas en conductas resbaladizas, el poder sobrevolando el lugar como una bruja o un brujo, etc.– Todo símbolo de crudeza está allí para ejercer una función no azarosa, no caprichosa. El velo del eufemismo es más una tarjeta de presentación, un túnel de subsuelo por donde logró drenar las sátiras y críticas humorísticas hacia la sociedad aristocrática y clerical de la España del siglo XVIII. Sin embargo, no hay paliativos en los Caprichos: su claro interés en evidenciar la sociedad decadente, llena de vicios, que hicieron de estos un rico corpus de imágenes que reprochaban y reprobaban. Obra  descarnada, mensajes directos que no juegan. Los Caprichos constituyen una obra esencial, excesivamente moderna para aquella centuria por la complejidad de los temas que puso en tela de juicio.