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El desafío educativo de la televisión

Gustavo Hernández Díaz / Foto Archivo El Nacional

Gustavo Hernández Díaz / Foto Archivo El Nacional

José Manuel Pérez Tornero es catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Unesco. Su método de enseñanza contempla tres dimensiones: tecnológica, lingüística y discursiva

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El sentido de la televisión ni es unívoco ni tiene que convertirse en un mensaje imperativo. El telespectador puede recuperarlo siempre para sus propios intereses: es un logro de libertad que tiene que inscribirse en la capacidad de reinterpretación y de recreación de las propuestas que nos llegan desde las pantallas.

(Pérez Tornero)

José Manuel Pérez Tornero es catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona y de la Unesco. Director del Estudio de Doctorado del  Departamento de Periodismo y Ciencias de la Comunicación (UAB). Sus temas de interés son: la educación y la comunicación, los géneros informativos, culturales y educativos, la enseñanza mediática y el discurso periodístico. En su producción académica sobresalen: El desafío educativo de la televisión (Paidós, 1994), Perspectivas 2014: Tecnología y pedagogía en las aulas. (Planeta, 2015), Escribir para la Red (UOC, 2014).

Su método de enseñanza de la televisión contempla tres dimensiones: tecnológica, lingüística y discursiva. La televisión es un dispositivo técnico de captación, transmisión y de registro audiovisual. Construye imágenes de la realidad, de los estímulos del mundo exterior. Difunde mensajes vía satélite, globalizándose con Internet. Acopia y almacena imágenes y sonidos a favor de la memoria histórica audiovisual. La televisión es un lenguaje sincrético. Combina lenguajes en función de criterios argumentales y semánticos, tales como: imágenes, diálogos, sonidos, música y edición. La televisión también es un discurso, constituido por tópicos de sentido, incorporado en un contexto sociocultural. El discurso audiovisual “es percibido por sus receptores como una entidad con peso específico ante la que desarrollan hábitos y costumbres adecuados y conformes, e, incluso, se admiten ciertas normas de procedimiento. Es así como la televisión adquiere su auténtica dimensión social”.  

La lectura crítica, la mirada inteligente

La lectura crítica de la televisión se sumerge en los contenidos implícitos de los mensajes para evaluar valores y contravalores y sentidos aparentemente unívocos. Este tipo de lectura busca detectar la pretendida transparencia de los mensajes, con el fin de refutarlos, cuestionarlos y problematizarlos en el marco de la cotidianidad. La televisión nos suministra, por sí misma, un mundo posible, pero nosotros no lo aceptamos obedientemente, sino que entramos en ese mundo y nos enseñoreamos de sus supuestos para, justamente, aportar nuestra subjetividad y nuestra creatividad.”

La lectura inteligente de la televisión, toma en cuenta estos aspectos:

–Descubrir la finalidad pragmática del mensaje televisivo. Se reconoce el objetivo del mensaje, qué propone, qué tipo de intencionalidad manifiesta o no hay en él. “Ante un programa de televisión, debería ser posible intentar poner de manifiesto, su finalidad: ¿provocar una idea, una adhesión a alguien, potenciar consumir, mostrar la vida privada de alguien, seguir el curso de la actualidad.” La lectura será más advertida, atenta y constructiva si somos capaces de identificar la propuesta ideológica del emisor, los mitos de los programas televisivos y la influencia de los mensajes sobre la esfera pública y privada. Es imprescindible crear un ambiente de confianza en el aula de clases. De esta manera el educando podrá expresar libremente sus ideas.

Reconocer los niveles temáticos y narrativos de los géneros televisivos. Este aspecto consiste en hacer consciente la estructura narrativa del relato, los temas, el punto de vista de los personajes en la trama. “Un programa de televisión puede permitir bucear en documentación e informaciones sobre el tema o las propuestas del mismo. El medio se convierte, entonces, no en la fuente única de información, sino en la oportunidad para usar otras fuentes distintas”.

Identificar el nivel formal de la historia. Se examina la forma de expresión del mensaje, los movimientos de cámara, las escalas de plano, la edición, la iluminación, la iconografía. Estos elementos enriquecen el sentido general de la historia. “Cualquier programa de televisión introduce una estética y un estilo. Puede, por tanto, estimular la reflexión y el trabajo creativo y formal: sobre colores, armonías, ritmos, equilibrios o contrastes, rupturas y continuidades”.

– Describir las relaciones contextuales y cotextuales. Los programas televisivos adquieren múltiples significados cuando se relaciona con un contexto histórico y sociocultural. En cambio, el “co-texto” remite a otros textos televisivos y fílmicos. Algunos anuncios publicitarios refieren a una secuencia de una película muy conocida para atraer el interés del consumidor.

Elaborar proposiciones alternativas y comparar historias. Consiste en imaginar otras historias y otros  finales. “La realidad y el valor de un programa sólo pueden captarse comparándolo con otros, encontrando semejanzas y diferencias en definitiva, captando el sistema en el que puede inscribirse, hallando el paradigma del que proceden”.

–Desmitificar la tecnología. Una formación pedagógica sobre la tecnología de la televisión considera el origen de dicha tecnología, su historia y su impacto en la humanidad. Considera, además, el funcionamiento de los aparatos, los televisores, el uso responsable del control remoto, los reproductores de videos y otras tecnologías domésticas. “Una tecnología no es nunca una determinación a priori que deba ser considerada como un supuesto. Tras su desarrollo y configuración ha habido infinidad de decisiones políticas, culturales o económicas que la han ido construyendo paulatinamente. Por eso, cuando se instala en una sociedad, encuentra fácil acomodo y evidentes correspondencias con otras circunstancias de su entorno”.

Es imprescindible motivar la lectura inteligente de la televisión en la escuela. Un uso consciente y creativo de este medio es aprender aspectos básicos sobre su dimensión lingüística, tecnológica y discursiva. “Saber usar la televisión requiere, en primer lugar, un acto consciente, no automático ni reflejo, un acto de voluntad intencional dirigido por un propósito, demanda conocer el funcionamiento del medio y las posibilidades pragmáticas que ofrece. Y todo ello de una manera práctica y global.” Si no se incentiva este tipo de competencia audiovisual estaremos ante un uso instrumental y rutinario del medio. El desafío educativo de la televisión, radica en fortalecer la democracia en el ámbito global. Muy amenazada por barbaries, fundamentalismos y corrupción desbordada.   

Pensar con Pérez Tornero

Convivir con la televisión

“Un profesor que interroga a sus alumno a propósito de un programa; un grupo de amigos que debate sobre un contenido televisivo, todas éstas son situaciones comunicativas en que las palabras y el lenguaje sirven para producir un extrañamiento, para distanciarse del lenguaje propio de la televisión”.

La alfabetización mediática es responsabilidad de todos

“La alfabetización mediática exigida por las nuevas circunstancias sólo puede ser fruto de la convergencia de esfuerzos realizada por las instituciones familiares y educativas, los gobiernos y las autoridades que tienen relación con los medios, las asociaciones cívicas, la industria y los profesionales, así como los medios de comunicación y en general, todas las instituciones cívicas que dependan de la participación y de la actividad ciudadana”.

Competencia televisiva

“La necesidad educativa  de potenciar esta competencia televisiva está clara: a nadie que pretendiera enseñar cualquier materia se le ocurriría utilizar un libro sin antes asegurarse de que se conoce su uso. No es posible ni educar con la televisión ni educar para utilizarla críticamente si antes no se dispone de una cierta competencia en el medio”.