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La democracia y el “veremos”

La suma de pasivos de carácter histórico, y el desarrollo de un relativamente aceptable balance de estadios primarios de consultas en referendos y citas electorales, han conspirado para producir en los ciudadanos venezolanos una gravísima simplificación en torno a lo que entiende por democracia

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La suma de convenciones y aprendizajes del cuerpo social; el intrincado sistema de equilibrios que canaliza demandas contrapuestas, garantiza el ejercicio de la soberanía y vacuna a las naciones de los antojos y pareceres unilaterales de mandones y presidentes vitalicios. Ahí podría estar una definición aceptable de lo que entendemos por instituciones.

No es por casualidad que con tanta frecuencia en Venezuela se viene hablando de “crisis institucional”. La suma de pasivos de carácter histórico, y el desarrollo de un relativamente aceptable balance de estadios primarios de consultas en referendos y citas electorales, han conspirado para producir en los ciudadanos venezolanos una gravísima simplificación en torno a lo que entiende por democracia.

En Venezuela hay una sola institución con pertinencia y capacidad funcional de resolución: la Presidencia de la República. Rama del poder público que dispone a placer lo que deberán hacer las otras, de una existencia conexa, que en todo momento ejecutarán florentinas maniobras para llevar adelante el supremo deber de complacer a Miraflores.

Circunstancia ésta que obra en este momento para terminar de colonizar la otra institución con fuero constitucional que queda con vida, fundamental en la comprensión de la democracia, laboratorio vivo de la agitada pugna que tiene lugar en el seno de la sociedad: las Fuerzas Armadas.

En Venezuela se invaden propiedades, se asaltan espacios culturales, se usan deliberadamente insultos del más espeso calibre, se confiscan empresas y espacios comunicacionales. El debate público venezolano es en estos momentos, con seguridad, uno de los más brutales y primitivos de todo el hemisferio.

Una sociedad terriblemente fracturada en términos emocionales, donde la palabra “negociación”, filamento de toda vida civilizada, constituye uno de los tabúes más acabados de la vida pública.

Aunque sus variantes semánticas se han modificado, e incurrimos en el vicio de colocarle apellidos, la democracia en Venezuela, sin embargo, con sus numerosos lunares, sigue siendo un valor amplio y compartido. Sobre ella sigue descansando, aún con sus engañifas, la promesa básica del chavismo en sus variantes consultivas y “protagónicas”.

El venezolano promedio vota, con las nefastas salvedades que puede caber hacer, y ejerce su ciudadanía en medio de un agitado panorama reivindicativo. Los cotosos errores cometidos en el siglo pasado y la crónica debilidad de nuestros partidos, sin embargo, han lastimado un ligamento esencial de cualquier precepto constitucional moderno: la aceptación mutua, la fragua para el acuerdo, el respeto a la diferencia. El norte compartido y la realización de los objetivos nacionales en torno a un objetivo supremo.

Estos valores, que no tienen un correlato electoral directo, deben ser asumidos por la Unidad Democrática como parte de una prédica cotidiana en todos los espacios que comprende la política.