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“La cura no está en el pueblo”

Foto: Candy Ávila

Foto: Candy Ávila

A Rosa Landaeta, de 33 años, se le diagnosticó cáncer de mamas. A su lucha contra la enfermedad, ella debió aunarle el viaje constante desde el interior del país a Caracas para recibir la quimioterapia

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Rosa Landaeta, una joven de 33 años, de piel morena, delgada, de aproximadamente 1.68 metros de estatura, es desde hace tres años maestra de preescolar en una escuela rural de la comunidad Los Cerritos, en Caucagua, estado Miranda. Cuando no está en las aulas, disfruta al máximo de sus hijos; dos varones, uno de 7 y otro de 13 años. Su esposo, Carlos Aristiguieta, de 36 años, es conductor de un carrito por puesto. Rosa lo despide todas las mañanas y no lo vuelve a ver hasta la noche.

—Mamá, ¿qué te paso en el pelo? –pregunta su hijo menor.

—Me estoy haciendo un tratamiento, y se me caerá más.

—¿Y no te vuelve a salir?

Rosa no ha encontrado el momento, o tal vez no ha tenido el valor, de contar a sus hijos sobre la enfermedad que padece y sus secuelas físicas.

A las 7:00 pm del 12 de agosto, en la privacidad de su habitación junto a su marido, colocó su mano derecha detrás de la cabeza y, al tocarse el seno, sus dedos rozaron una bola. Antes, en los esporádicos chequeos médicos, no había sentido nada.

—Tócame para ver –le dijo a su pareja.

Él se acercó a ella, y con su mano derecha palpó lo que su mujer presentía. Sintió preocupación al igual que ella.

—Sí, tienes algo allí, es mejor que vayas al médico.

Rosa no le refutó a su esposo. Al tocar esa bola que sobresalía de su seno supo que debía ir al médico rápidamente. Sin embargo, nunca pensó que tenía algo malo.

Transcurrieron dos semanas y Rosa aún no iba a consulta, a pesar de la insistencia de Carlos. Dos semanas después la bola había desaparecido y en su lugar encontró un hueco. Entonces sí decidió tomarse en serio su salud.

En Venezuela solo hay tres centros oncológicos públicos que funcionan a su máxima capacidad. En Caracas, el Hospital Luis Razetti y el Padre Machado, mientras que en el estado Carabobo está el Miguel Pérez Carreño. En Oriente, Occidente y los Andes también fueron construidas instituciones de salud para tratar el cáncer, pero la escasez de recursos los mantiene desprovistos de equipos y medicamentos.

Rosa acudió a su ginecólogo y este le ordenó un eco mamario y una punción para obtener una biopsia. Así lo hizo, subió a un autobús y viajó hasta un hospital en Guatire para hacerse los exámenes. En Caucagua no hay un centro público ni privado donde hacerlo. En el laboratorio le comentaron que los resultados no estarían tan rápido, así que debió ir a una clínica.

Al abrir el sobre con los resultados, leyó la palabra “maligno”. Fue a buscar al doctor. Para sorpresa de ella, la secretaria le respondió que estaba de vacaciones. No sabía a dónde acudir porque no conocía a otro médico. Tomó entonces la decisión de ir a la Casa del Pueblo, frente a la Plaza Bolívar de Caucagua, en la sede de la Casa Parroquial.

En aquel lugar pequeño, con apenas cuatro consultorios, esperaba que le dijeran qué pasaba en su cuerpo. Allí fue examinada por una doctora, cuyo rostro no reflejaba nada alentador después de ver los resultados. Rosa comenzó a llorar. De su mente no borraba la expresión “tumor maligno”.

—Lo importante es que no te preocupes, es mejor tener otra opinión. –Le contestó la doctora–. Ve mañana tempranito al Hospital Razetti en Caracas.

—Ujum –contestó sin poder decir nada más. Nuevamente debía salir de su pueblo, donde no cuentan con un centro asistencial ni especialistas que la ayudaran a descartar lo que ya presentía.

Al salir del pequeño consultorio, bajó las escaleras y al encontrase de manera inesperada a una colega rompió en llanto.

—¿Rosa qué te pasa?

—Me hice unos exámenes, dice positivo, tumor maligno.

—No te preocupes, seguro no tienes nada malo.

Un pasillo más allá, en la sala de espera, se encontraba su madre. Con un rostro aparentemente fresco y el pecho firme, Rosa caminaba hacia ella. Todavía con la noticia retumbándole en la cabeza y con los ojos hinchados quiso eliminar por completo lo que sentía; pero al mirar a su madre la invadió la tristeza.

II

Son las 3:30 de la madrugada. Rosa saca los pies de la sábana, se levanta de su cama y camina hasta el baño para asearse y vestirse. Su madre la acompañará hasta el terminal de Caucagua para juntas abordar un autobús con destino a Caracas. A las 4:00 de la mañana, Rosa ya está sentada en una butaca.

Todo está oscuro. Rosa cierra los ojos para hacer que el viaje se acorte, aunque eso no despejará su angustia. A las 5:40 de la madrugada el cielo se va aclarando; atrás han quedado las ciudades de Guarenas y Guatire. En la autopista, divisa grandes montañas verdes a su alrededor. Se está aproximando a la ciudad donde pasará la mayor parte de su tiempo en los próximos seis meses.

A través del vidrio del autobús logra ver los grandes edificios de la avenida Fuerzas Armadas. Allí deberá tomar la camionetica que la trasladará a Cotiza, pasando por el Bus Caracas y el mercado Las Flores, hasta llegar al centro de salud.

Son las 7:00 de la mañana. Frente a ella está un edificio de color amarillo con ventanas azules, parecido más a una casa colonial grande. Está ubicado en una estrecha calle que no permite al mismo tiempo el cruce de dos autobuses en diferentes direcciones.

“Buenos días, ¿dónde queda el servicio de mamas?”, le pregunta a un vigilante sentado detrás de un pequeño escritorio en la entrada del hospital. Mientras tanto, observa que en el centro del patio hay una estatua color blanco del doctor José María Vargas sentado en una silla, arriba de una lápida gris que describe quién fue el especialista. El piso de granito de los pasillos refleja el paso del tiempo; las paredes blancas con estructura colonial la hacen presumir que tiene más de 60 años de funcionamiento.

—Hoy no hay servicio de mamas, venga el jueves bien temprano porque solo reparten veinte números.

Rosa dio la vuelta de regreso a casa. El jueves, a la 2:00 de la madrugada, volvió a alistarse. Su esposo la llevaría para así ser una de las primeras. A las 3:30 de la madrugada el frío que bajaba del Ávila y la oscuridad mantenían a los habitantes de Cotiza aún en sus camas. A esa hora Rosa ya estaba en el hospital.

—Venga por aquí, yo le digo dónde es–. El vigilante aprovechaba el tour para encender las luces de los pasillos desolados. Bajaron unas escaleras amplias y luego a la derecha cruzaron un pasillo. “Allí está el servicio de mamas”.

Esa mañana no obtuvo mucha información para conocer su situación de salud. Más tarde advirtió que en una tarjeta le habían asignado el día que sería evaluada por los especialistas.

Ese día llegó a las 5:00 de la madrugada al hospital. Transcurrieron dos horas, hasta que en la entrada de la sala se asomó una mujer de piel morena, gorda y cuyo cabello canoso la hizo imaginar que pasaba de los 58 años. Sus zapatos eran blancos así como su camisa y su mono.

—Rosa –grita la enfermera–. Rosa Landaeta, su turno –repite con firmeza.

Afanada, Rosa se levanta de la silla de plástico, que ahora es color arena por el paso de los años, y toma los sobres donde guarda las placas de la mamografía y otros exámenes. Camina por el largo pasillo del servicio de mamas, donde ve a otras seis mujeres, pacientes que acudieron a la consulta con doctores, la mayoría jóvenes que cursan postgrados en ese hospital. Una doctora, un poco corpulenta, será quien la atenderá.

—Buenos días, doctora.

—Buenos días, cuéntame qué tienes.

—Tengo estos exámenes, me sentí una pepita.

—A ver, quítate la camisa, vamos a chequearte.

Rosa corre la cortina verde del pequeño cubículo. Solo hay espacio para una camilla con un colchón de plástico negro y el escritorio viejo de la oncóloga, quien después de leer en silencio los resultados, llena una hoja parecida a un récipe, lo sella y le ordena realizarse una mamografía y otros exámenes más para descartar o confirmar el diagnóstico inicial.

III

Otro día más. Rosa volvió al hospital. Una doctora llama a un colega para analizar los resultados que trajo. “Empiezan a hablar en código, o mejor dicho en su lenguaje”, recuerda.

—Vaya al lado, allí le van a llenar su historia –es lo único que le dicen.

Rosa se sienta a llenar el cuestionario. Le preguntan muchas cosas: a qué edad tuvo su primera regla, cuántas parejas ha tenido, cuántos hijos tiene. Querían saber si fumaba, tomaba pastillas anticonceptivas o alcohol. Era parte de las interrogantes que debía responder para seguir con el largo y lento proceso.

Mientras camina hacia el servicio de mamas, a su paso observa que las mujeres usan bufandas. Después sabría que lo hacen para protegerse del impacto de la quimioterapia. Rosa se acerca a la realidad que en poco tiempo también le tocará vivir. Llega a una entrada, ya no ingresa con pasos temerosos porque allí será donde estará por muchos meses. Un largo pasillo color blanco, con una fila de sillas plásticas recostadas en ambas paredes, muestran que más de 30 mujeres las ocupan cada día. En Venezuela, 1 de cada 33 mujeres es diagnosticada con cáncer de mama y 1 de cada 42 muere. De un universo de 100 mil, solo 9.25% de los casos se diagnostican en estado localizado. Rosa forma parte de ese grupo que lucha por vivir.

IV

Han transcurrido dos meses. Durante las vacaciones escolares de agosto será la primera sesión de quimioterapia para reducir el tumor de su seno. En otra ala del hospital, en un cuarto se encuentran más de 24 sillones azules parecidos a los instalados en las farmacias. Al lado de cada sillón está un paral donde las enfermeras colgarán el tratamiento; un cóctel transparente que por tres horas pasará por sus venas para reducir el crecimiento desenfrenado de las células malignas. Una pequeña pantalla, con botones que a simple vista parecen complicados, será controlada por las enfermeras. El suéter, la chaqueta, las medias gruesas, los guantes y un pasamontañas deberán protegerla del inclemente frío de la habitación y del cóctel de químicos que, constantemente, le producen ganas de orinar.

Tres ciclos de quimioterapia, cada ocho días, han dejado secuelas en su cuerpo. “Tengo mucha hambre”, le dice Rosa a su esposo, o a quienes la acompañan. Sus familiares hacían lo posible para que en los días de quimioterapia Rosa no volviera en autobús, pero al cabo de unas semanas su padre no pudo seguir buscándola porque le robaron la camioneta.

Al día siguiente de la quimioterapia, Rosa siente el impacto de la droga que destruye las células malignas de su cuerpo, pero también las benignas. Ya no peina su cabello, no tiene por qué hacerlo. Los impactos de la quimioterapia le dejaron el cuero cabelludo a la vista. Le duelen los brazos, los pies y padece un cansancio que le impide dar unos pasos hacia la sala de su casa para ver a sus hijos. Una sensación de nauseas, un dolor de estómago que anticipa la diarrea. No desea viajar más a la capital. Son horas en las que podría estar descansando, pero la poca inversión de centros asistenciales en la provincia la obliga a ir una y otra vez. Es mayo, le han aplicado 16 quimioterapias y espera los resultados de nuevos exámenes.

—¡Rosa Landaeta!–. Es el llamado de una enfermera del servicio de tórax.

—¿Cómo salí en el estudio?

—En esta mamografía no veo nada, la “quimio” funcionó, pero vamos a esperar el análisis del doctor.

Otro jueves de mayo. Como ya se le ha hecho costumbre, se levanta a las 3:00 de la madrugada. Los días que no recibe quimioterapia, Rosa toma el autobús para asistir a la consulta. Cruza los blancos pasillos, ve pasar a muchas mujeres con rostros cansados, muchos de ellos ya conocidos y con los que ha entablado conversaciones. Se sienta en la silla del cubículo, cierra la cortina verde para ser examinada y escucha que “el tratamiento ha evolucionado bien”.

Faltaban seis días para su operación. Ese miércoles 12 de junio la especialista le aseguró que todo estaba listo para acabar con la pesadilla que por seis meses había trastornado su vida. Los viajes agotadores a Caracas que la alejaban todo un día de su familia, y que le hacían temer que en algún momento su complicada salud se viera comprometida porque en Caucagua no existe ningún hospital para estabilizarla.

Pero sus viajes no terminan ese lunes 17. Después de ser operada, Rosa deberá someterse a otras seis quimioterapias; otros seis días en los que el dolor en los huesos, la fiebre y la diarrea, producto del agresivo tratamiento, deberán acompañarla nuevamente en un autobús a Caracas.

V

Han transcurrido pocos días desde la intervención y Rosa nuevamente debe caminar por los pasillos de un hospital donde la mayoría de los rostros expresan tristeza.

Un sillón azul es su sitio de confort, mientras por sus venas se cuela la esperanza de su cura. Sus pensamientos se centran en sus hijos y familia. Comenta con las demás personas a su alrededor que se aferra a Dios para que le permita disfrutar otros años más de vida.

Tampoco deja de preguntarse cómo en el pueblo donde vive no hay un centro de salud para el tratamiento del cáncer. La agotan las horas que pasa recorriendo las carreteras hacia la capital del país, viendo cómo sale el sol.

Rosa es optimista. Pero su fe no la deja ignorar lo que las células malignas pueden estar haciendo en su cuerpo.

—Todo está resultando como esperábamos. –La anima un doctor mientras realiza los chequeos de rutina.

La sonrisa de Rosa no le permite sacar una palabra más. Han transcurrido tres meses desde que finalizó el ciclo de quimioterapia, y la noticia del especialista con algunas canas en su cabeza, la hace pensar que todo ha quedado en el pasado; que los días en el hospital solo fueron una pesadilla.

 

DESVELOS Y DEVOCIONES. EL PULSO Y EL ALMA DE LA CRÓNICA EN VENEZUELA, 2012-2013

Albor Rodríguez y Alfredo Meza

Ediciones Bigott

Caracas, 2014