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Las culpas del honor

Arthur Schnitzler

Arthur Schnitzler

Con la contribución de la Embajada de Austria en Venezuela, Papel Literario ha preparado este homenaje al gran escritor austriaco, cuya obra como dramaturgo y narrador, es imprescindible para atisbar en la condición de lo moderno. Escriben Edgardo Mondolfi, Harry Almela, José Antonio Parra, Karl Krispin y el equipo de Papel Literario

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Siempre había tendido a pensar que el antimilitarismo, como tema literario, había sido un producto salido directamente del horno de la Primera Guerra Mundial. Daba por sentado así que, mientras aún llegó a subsistir algo del culto al hombre en uniforme hasta la Belle Époque, había sido sólo el fango y la sangre de las trincheras lo que había llevado al francés Henry Barbusse, o a los alemanes Walter Hasenclever y Erich María Remarque, a despedirse del mundo de la guerra y concebir un lenguaje lleno de desprecio hacia el chovinismo de hierro y los corrales de la barbarie.

Sin embargo, no fue sino hasta mi reciente descubrimiento de Arthur Schnitzler, y de la deslumbrante modernidad de este narrador austriaco de 1900, cuando pude percatarme de que allí se veía expresada ya la arrogancia de un estamento que nada bueno presagiaba para una Europa que, desde la década de 1870, había logrado convivir dentro de cierta civilidad. Mucho antes, pues, de que el Káiser o que el Emperador Francisco José resolvieran poner a prueba el honor de los suyos en las trincheras, Schnitzler ensayaba sus admoniciones en clave de literatura, haciendo de la fanfarronería militar, de sus fueros de casta, de su carácter altivo e intocable y de sus licencias frente al mundo civil una denuncia sobre las más peligrosas debilidades de aquella sociedad austriaca que, sin saberlo –o sin percatarse de ello–, podía derivar pronto hacia el abismo.

Lo curioso, en su caso, fue que Schnitzler se jugó el pellejo al denunciar los valores de un estamento que consideraba cada vez más jactancioso, soberbio y engreído mientras él mismo ocupaba una posición dentro del mundo militar austriaco. Su historia es la siguiente: en su condición de médico fue asimilado a la milicia luego de haber prestado servicio voluntario en 1882; pero en 1900, cuando el diario vienés Neue Freie Press serió su novela El teniente Gustl, Schnitzler fue dado de baja y despojado de su condición de médico-militar por un tribunal de honor que, sin muchos rodeos, llegó a la conclusión de que la obra en cuestión ofendía el honor del Ejército imperial austro-húngaro.

Varias cosas intrigan acerca de la aparición de El teniente Gustl en aquel año que estrenaba nuevo siglo. En primer lugar, aunque no pretendo que por ese camino discurran estos breves apuntes, sorprende lo que líneas antes califiqué como la asombrosa modernidad de su prosa. No en vano, mucho antes de que lo hiciera James Joyce, esta novela de Schnitlzer inaugura el empleo del monólogo interior como soporte narrativo: después de todo, son sesenta páginas contadas desde la cabeza del atolondrado teniente Gustave Gustl quien, ante los códigos absurdos de sus pares de uniforme y charreteras, se ve obligado a optar por el suicidio. Pero lo que intriga aún más es que Schnitzler resolviera ridiculizar así, abiertamente, aquel sentido del honor de sus compañeros de casta, a sabiendas de la represalia que podía aguardarle por su condición de médico asimilado. Tal vez fuera que este Schnitlzer de 1900, cuya obra literaria iba ya en franco ascenso, apartándolo cada vez más de su rutina de médico practicante, resolviera dar tan atrevido paso, rompiendo así con un mundo que aún le ceñía la garganta para asumir, a partir de entonces, los riesgos y consecuencias (o las reacciones políticas) que su literatura ya había comenzado a provocar entre los vieneses.

El teniente Gustl es una historia de lo absurdo, basada en el gaseoso principio del honor; tal vez, para quien lo haya leído, evoque en muchos sentidos el relato tardíamente contemporáneo de Joseph Conrad titulado Los duelistas, a lo largo del cual un oficial de húsares del ejército napoleónico recorre medio mundo y media vida tratando de dar con otro oficial de húsares para plantearle un desafío sin que, al final, enfrentándose ya ancianos en el campo del honor, ninguno de ellos recordara el motivo que había dado lugar a tan prolongado pleito.

El duelo, por una razón ya olvidada, inspira –como se ha dicho– el relato de Conrad; la absurdidad de esta forma tan primitiva de zanjar cuentas de honor es también el tema que anima el relato que se aloja y retuerce en la cabeza de Gustl. Sólo que no se trata en este caso de quien debe lavar las manchas ante un par sino de alguien a quien le recorre la angustia de tener que hacerlo ante quien juzga de una condición inferior a la suya: en este caso, un civil y quizá –para más señas, según lo termina de pintar Gustl en su cerebro–, socialista y judío. El relato tampoco aclara qué dio lugar a semejante desencuentro entre ambos sujetos (muy a lo Conrad más tarde), recalcando así la banalidad –o futilidad– asociada a semejante concepto del honor personal.

El caso es que el teniente Gustl nos permite asomarnos al drama de su virilidad vulnerada, de hombre macho del Imperio austro-húngaro, desde el momento en que se nos presenta, a través de su monólogo, tratando de ahogar el tiempo durante la representación de una ópera que lo aburren la Wien Staatsoper; la entrada para la función se la había facilitado un colega del ejército quien había creído que sólo así Gustl tendría una forma de mantener la cabeza ocupada antes del duelo al cual se había comprometido al alba siguiente. Pero Gustl no era un hombre de ópera sino de vestir uniforme, y a lo largo de la función no hará sino rumiar su cólera y desprecio hacia quien lo había puesto en el trance de medirse en armas desde su elevada condición de joven militar del glorioso ejército austriaco.

Para colmo de males, saliendo de la obra que lo había hecho sufrir mortalmente, pero en medio del lío que suele formarse ante el guardarropa de un teatro al concluir la función, Gustl se verá forcejeando para ser atendido antes que un modesto panadero, dueño de un café al que el oficial solía concurrir habitualmente con sus camaradas para posar allí, sobre alguna mesa, las insolentes plantas de sus botas mientras mataba el día en ociosa contemplación de quienes paseaban por el empedrado de las calles vecinas; en cuestión de segundos, Gustl advierte que el forcejeo ha dado lugar a que el panadero, desairado por la prepotencia del teniente, lo toma por la vaina del sable y amenaza con darle una paliza en medio de quienes, atónitamente, asisten a semejante espectáculo. Esto era más de lo que el honor ofendido de Gustave Gustl podía tolerar: dos retos, dos desafíos, uno detrás de otro, primero ante un civil, judío y probablemente socialista, quien lo esperaba al amanecer en el campo de honor; ahora tendría que plantearse también –si sobrevivía al primer encuentro– verse en el mismo terreno con el representante de una clase menesterosa de la sociedad vienesa, como lo era aquel panadero y dueño de café que, por coincidencias del destino, había resuelto comprar una butaca para la función de esa misma noche.

Cómo se las arregló Gustl para librarse de aquella doble agonía pero, más aún, cómo al cabo no pudo evitar que su talante de orgulloso soldado quedara reducido a un doloroso episodio de cobardía personal, es algo que me permito dejar que lo averigüe el lector a quien he pretendido interesar en esta breve pero magistral pieza narrativa de Schnitlzer. Una obra que, además, ha corrido la suerte de llegar hasta nuestra lengua de la mano del mexicano Juan Villoro quien, gracias a tan esmerada traducción del alemán, se permite hacer despliegue de una faceta poco conocida entre sus lectores.