• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

El cuerpo simbólico de Ana Mendieta

De la serie Silueta, México, 1976 / Fotografía tomada de Internet

De la serie Silueta, México, 1976 / Fotografía tomada de Internet

Potente figura del arte contemporáneo latinoamericano, decir Ana Mendieta implica hablar de una obra que se refiere a sí misma: en su estética ritualista encarnaba cuestionamientos conceptuales y antropológicos sobre el regreso al seno materno, el cuerpo como fuente desde donde surgen y se plantean lenguajes y sobre la feminidad

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Para Ana Mendieta la hechura de la obra de arte implicó una totalidad en la que cuerpo y mundo fueron uno. La experiencia de esta artista, fallecida de manera prematura, fue paradójicamente la confluencia de lo trágico y la celebración de la vida así como de la feminidad. Su trabajo está sustentado en un discurso sumamente poderoso que no estuvo exento de lo político, tanto en lo relativo a los asuntos de género como a la vivencia latinoamericana.

Mendieta creció en la Cuba prerrevolucionaria de Batista en el seno de una familia que –como muchas– inicialmente simpatizó con Castro para luego alejarse de éste. Su vida fue, de este modo, escindida cuando debió salir al exilio siendo aún una niña. De esta manera, Ana y su hermana Raquel fueron a parar a los Estados Unidos en el contexto de la denominada Operación Peter Pan. Ya una vez en la Universidad de Iowa, la creadora se destacó y logró un master bajo la tutoría del afamado Hans Breder.

Su obra estuvo orientada hacia su propia constelación personal y alcanzó los aspectos más íntimos de ésta. Es en ese punto donde aparece una interesante analogía entre la artista y las poetas confesionales que aparecieron con todo rigor a partir de los años sesenta. Elementos comunes entre ambas tendencias expresivas serían aquí la corporalidad y la identidad de la mujer.

Su trabajo estuvo enmarcado en las categorías del video art, del body art, el land art y el performance. Su apuesta, así como lo pudo ser la de una Alejandra Pizarnik o una Martha Kornblith, fue límite. Durante los años setenta fue importante su obra Silueta (1973-1980) en donde la creadora intervino diversos territorios geográficos con el contorno imaginario de su propio cuerpo en una metáfora de la unión entre la mujer y la madre tierra. Ana llegó incluso a utilizar referentes de la mágico religiosidad afro caribe al apelar a deidades inherentes a la fecundidad y, en general, vinculadas a lo femenino.

En lo referido a la intervención de su propia figura humana y en el contexto del body art, Mendieta utilizó materiales que llevaban al límite el desplazamiento emocional con el espectador al echar mano a elementos como la sangre de un pollo derramada sobre su cuerpo desnudo. De igual forma, hay una resignificación de este fluido corporal –quizá como alegoría del sacrificio ritual– en la obra People Looking at Blood Moffitt, de 1973. No obstante, su aproximación a la corporalidad toma lugar, no sólo desde la mirada de la no violencia sino también en el encuadre del discurso de género; como ocurrió en el año 1972 con Facial Hair Transplant, en donde la artista se coloca pelo de barba de un compañero en su cara. Aquí la mirada es transgénero y hace referencia a una identidad fronteriza, a un cuestionamiento a la vez que a una reafirmación de sí. En este caso el cuerpo no es lo que es sino lo que llega a ser.

Hay, así mismo, una visión trascendentalista en su creación al buscar a esa figura totalizante que interviene al paisaje; no sólo desde sus fronteras, como ocurre en Silueta; sino también en Body Tracks, cuando deja testimonio de esa humanidad en acción.

Ya hacia comienzos de los años ochenta la carrera de esta cubana se encontraba en el culmen y estaba en el tapete, no sólo de la escena neoyorkina –donde residía–, sino también en el sistema del arte mundial. Quizá la perspectiva con la que la crítica miró al arte latinoamericano durante el Avant Garde de los setenta le favorecieron. Fue así como la creadora se vio involucrada sentimentalmente con el también célebre artista Carl Andre, con quien llevó una vida de gran intensidad. Tuvieron una luna de miel en el Nilo y residieron por varias temporadas en Roma. Sin embargo, su cuerpo real y simbólico –a sus 36 años– se deslizaba inexorablemente hacia el 8 de septiembre de 1985 cuando su tiempo acabaría.

Esa noche se escucharon gritos de una discusión en un apartamento de un piso 34 del Soho, donde Ana vivía con su esposo. Nunca se sabrá lo que ocurrió exactamente los momentos antes de que la humanidad de Mendieta cayera al vacío contra el mundo, contra una ciudad que se precipitaba en la noche y que le aguardaba en su tránsito hacia lo atemporal.