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“La crónica se inventó para salvar al periodismo del envejecimiento”

Alberto Salcedo Ramos es parte del grupo de escritores colombianos que vendrán a la FILUC 2012

Alberto Salcedo Ramos es parte del grupo de escritores colombianos que vendrán a la FILUC 2012

Alberto Salcedo Ramos es parte del grupo de escritores colombianos que vendrán a la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo. Salcedos Ramos es cronista, autor entre otros de los libros De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, El oro y la oscuridad. La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé y La eterna parranda. Crónicas 1997-2011. Conversamos con él sobre su oficio y sus libros

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Alberto Salcedo Ramos es considerado uno de los mejores cronistas y periodistas de Colombia. La frase puede resultar altisonante, pero basta con leer algunos de sus libros para saber que la afirmación no es exagerada. Este escritor puede hacer que nos interese y cautiven historias que desgranan temas y personajes disímiles. Allí nos tendrá atentos a la vida del boxeador Kid Pambelé, pegados a la historia de Diómedes Díaz, robados al relato de unos enanitos toreros, ganados a saber sobre un juglar o conmovidos ante los testimonios de la cruda realidad de Colombia. Todos los temas pasan por el tamiz de su mirada y la alquimia de su prosa para entregar extraordinarias narraciones.

Hay un rasgo específico de las crónicas de Salcedo Ramos: el lugar privilegiado que tiene el gesto de ver y contar, detallar, describir, mostrar alejado del dato y la estadística aburrida o del análisis juicioso. Reconstruir, reproducir, testimoniar o representar son suficientes para acercar al lector a las historias.

Recientemente, Salcedo Ramos publicó La eterna parranda, un volumen que recoge 27 crónicas escritas entre 1997 y 2011. También bautizó la nueva edición de El oro y la oscuridad, su libro sobre el ex boxeador Kid Pambelé, una versión que está revisada y aumentada por él mismo: tiene 80 páginas más que el primero, más historias y más fotografías. “La primera vez yo escribí un poco presionado por el plazo de entrega. Ahora quise regalarme y regalarles a mis lectores una historia redondeada, escrita a gusto, que nos muestre más a fondo a este personaje tan querido tanto en Colombia como en Venezuela. Y cuento cosas que no conté en el primer libro: la presencia de Pambelé en el hospital psiquiátrico de Cuba, sus combates emblemáticos, su ascenso y su decadencia”.

—¿Cómo escoges tus historias? 

—A veces las escojo siguiendo la prensa del día a día. De golpe veo en ese alud de noticias alguna historia que me cautiva, algún elemento inesperado que excita mi voluntad de dejar un testimonio. También sucede que los editores de los medios para los cuales escribo me sugieren la historia. Creo en esas historias ante las cuales me muero de las ganas de echar el cuento. En tales casos me digo: si a mí me producen ese interés tan poderoso, es muy posible que los demás sientan lo mismo cuando lean mi crónica.  

—Una vez que tienes un tema, una sospecha o una idea, ¿cómo es el proceso de investigación y de reportaje?

—A mí me gusta consultar el material de archivo antes de realizar el trabajo de campo. En lo posible me gusta hablar con los personajes secundarios antes de enfrentarme a los protagonistas. Ah, y siempre voy más allá de las entrevistas: creo en la posibilidad de acompañar a los personajes, de compartir tiempo con ellos, de verlos mientras viven sus vidas. Robert Louis Stevenson decía que contar historias es escribir sobre gente en acción. Me interesa lo que los personajes dicen, pero solo en la medida en que además pueda ver lo que hacen.

—Luego, ¿cómo eliges el tono, el discurso, la forma para cada historia?

—Siempre hago un mapa antes de sentarme a escribir. Me gusta tener un dominio panorámico de la historia: el posible comienzo, el desenlace, el remate. Me siento frente al computador a descubrir, mientras escribo, de qué manera se van a conectar todas estas fases. Jamás me cruzo de brazos a esperar que los dioses me hagan el favor de elegirme como su amanuense. Me castigo mucho durante la escritura: siempre encuentro la manera de verle un defecto al párrafo que momentos atrás me parecía concluido. En cuanto al tono, va fluyendo según la naturaleza del tema sobre el cual uno escribe.

—¿Cuál fue el criterio para seleccionar los relatos que conforman La eterna parranda? ¿Qué buscabas mostrar, retratar?

La eterna parranda es un libro que reúne 27 crónicas hechas por mí en los últimos quince años. No es la típica recopilación de textos ya publicados que sólo tienen en común la firma del autor. Yo hice cada una de estas crónicas con la conciencia plena de que estaba trabajando en un proyecto personal a largo plazo. De modo que en el libro hay un concepto editorial: cada historia vale por sí misma pero al juntarse con las otras da una visión de mi país que podría ser la de cualquier otro país de América Latina, porque tenemos realidades similares. El libro le apuesta a generar placer en la lectura. Los lectores dirán si lo conseguí o no, pero esa fue mi apuesta.

—¿Cuándo y cómo te diste cuenta que querías dedicarte a contar historias?

—En la infancia. Era muy tímido, y en esa época no había Facebook ni Messenger para ayudarme a hablarles a las muchachas sin que me vieran la cara de susto que tenía. Algunos de mis compañeros de clase cantaban maravillosamente, otros bailaban con gracia, otros eran apuestos. Yo no era dueño de ninguno de esos dones. Una vez escribí un relato y a uno de mis tíos le gustó mucho, y también le gustó a una chica del barrio. Creo que seguí porque pensé que de ese modo lograría que me pusieran atención.

—¿Tienes algún afecto por algún cronista latinoamericano de generaciones anteriores?

—Por varios. Tomás Eloy Martínez es enorme… Luis Tejada, Roberto Arlt, Carlos Monsiváis, Osvaldo Soriano.

—¿Qué tipo de testigos, de cronista crees que reclama nuestra realidad, nuestros días?

—En este momento tenemos el reto de mirar hacia los círculos de poder y de contar más historias sobre nuestros gobernantes. Hay una tendencia miserabilista que debe ser frenada. También se le rinde culto a lo insólito. Hace poco me decía Julio Villanueva Chang, el director de la revista Etiqueta Negra, que tal y como están las cosas lo más urgente en estos tiempos es volver a hacer crónicas sobre la normalidad, sobre la gente que no es freak.

—Ante tanto periodismo gris que tenemos en nuestros medios, ¿cuál crees que debe ser el rol del periodismo literario?

—A mí ya no me gusta hablar de periodismo literario sino de periodismo narrativo. El reto es ayudar a entender la realidad a través de la hipnosis que producen las buenas historias. Los solos datos duros de la noticia escueta no ayudan a atraer lectores ni a mantenerlos enganchados.

—¿Cómo definirías a la crónica?

—Para mí la crónica es un género que se inventó para salvar al periodismo del envejecimiento.