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La crítica y la tisis

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Al final del relato "Mefistófeles", el crítico musical imaginado por José Rafael Pocaterra concluye que su labor es la de un asesino. Por una nota adversa que el fulano escribió, una pianista jovencísima se dedica a ensayar, infatigable, las piezas que había tocado mal en el concierto, sin importarle la "pulmonía doble" que contrajo aquel día. El padre convence al periodista de que vaya a su casa a escucharla de nuevo; el hombre accede, y en aquella sala es testigo de una ejecución extraordinaria ­"la suave música de las esferas".

La muchacha muere esa misma noche, por supuesto, sin haber cumplido su sueño de ser Teresita Carreño. Cierto: alguna línea nos dice que la reseña había sido mordaz; lo que jamás se lee es que fuera injusta. Asimismo, es verdad que la anécdota se encarga de repetir los argumentos del revanchismo, la confusión sentimental, la pavorosa "buena fe", la manipulación. El cuento tiene la pinta de un tratado de cómo vivir en sociedad.

No es raro que la literatura venezolana repita cada tanto, tal vez sin declararlo, la descripción del padre de la artista: "Ustedes los que escriben tienen esa funesta habilidad: hieren donde les place sin que más nadie se entere". El crimen abarca todo acto que no sea el mero espaldarazo o la prestigiada síntesis del blurb. Quién sabe qué recomendaría ese buen ciudadano; de seguro habrá referido en privado las virtudes del esfuerzo como criterio que puede sustituir el talento o la mediana eficacia. En ese panorama hipotético, las horas de práctica y ensayo son directamente proporcionales a la condescendencia. Equis número de páginas tendría que asegurarle a un escritor la popularidad, la estima, un premio sin impuestos. El razonamiento tiene su base en la ética protestante y en el espíritu capitalista; es weberiano sin saberlo, y confunde el sudor con la ganancia neta.

Pero el crítico es malvado y descree de toda enfermedad redentora.

Es innegable que las redes sociales han creado un procedimiento de difusión y mercadeo, y aun un nexo distinto entre autor y lector; pero ese cambio no supone una reforma de la crítica, ni siquiera su debilitamiento final. La "democratización" y rapidez de los medios digitales en muchos casos no enmascaran más que la unanimidad del entusiasmo. Me consta que la aprobación puede preceder a la lectura: ¿quién no ha visto que se recomienda el libro que acaba de comprarse? Parece que la valoración se debe reducir al gusto por los títulos, el diseño gráfico, la foto del autor, su nombradía en Facebook o en YouTube. Gérard Genette tendría que redefinir la paratextualidad como la-literatura-en-símisma, nada menos. Porque ocurre que la necesidad de inmiscuirse con el tema del día hace del meme otro canon ­ni mejor ni peor, igual de reverente.

A una era veloz valdría juzgarla con la deliberada y temida dilación, sólo por molestarla y ver cómo reacciona.

Para eso habría que leer como desde hace mucho: a saltos, caprichosamente, de manera incompleta si fuera necesario, interrumpidos por la televisión o el drama o la música o los juegos o la pornografía. Cualquier retraso, distracción o parsimonia trae a cuento nombres demasiado pretéritos que suman ruido a la comunicación más llena de clichés. Los viajes del libro a la pantalla son como huecos donde caben la memoria y el escepticismo. Así me vienen a la cabeza los dicterios de Jesús Semprum: se burlaba un poco de Picón Febres, Luis Moreno Villamediana y Peña y Rincón, Lazo Martí, Massiani, Carola Chávez, Eloy González, Sánchez Rugeles, Britto García y un tal Cabrera Malo. Tampoco ahorraba púas contra el exilio y la literatura urbana. No siempre estoy de acuerdo con él, pero del mismo modo recuerdo que Semprum era médico: sabía que un artículo hostil no afecta los pulmones.