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La crítica literaria como fundadora de un espacio

Dos importantes autores latinoamericanos, Octavio Paz y Ángel Rama, coinciden en otorgarle un alto papel a la crítica literaria, el cual, en ambos casos, es el mismo: fundar una literatura

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Dos importantes autores latinoamericanos, Octavio Paz y Ángel Rama, coinciden en otorgarle un alto papel a la crítica literaria, el cual, en ambos casos, es el mismo: fundar una literatura. En un primer momento esta afirmación puede generar asombro en el lector, el cual puede preguntarse cómo es posible que sea la crítica la que funde la literatura: ¿acaso están hablando de una preceptiva los dos grandes escritores? Es algo imposible de creer. Y, efectivamente, no es a eso a lo que se refieren. Lo que quieren decir, ambos, en épocas distintas, es que mientras no haya una crítica literaria continuada, sólo existirán libros, o escritos en revistas.

Únicamente cuando la crítica literaria los ponga en relación, articulándolos a partir de sus afinidades o de sus divergencias, para fundar el espacio que llamamos literatura –de una época, de una región, de un autor o de una temática– esta literatura existirá como tal.

Octavio Paz lo dijo así, en la sección “Sobre la crítica”, de su libro Corriente alterna, de 1967: “Carecemos de un ‘cuerpo de doctrina’ o doctrinas, es decir, de ese mundo de ideas que, al desplegarse, crea un espacio intelectual: el ámbito de una obra, la resonancia que la prolonga o la contradice. Ese espacio es el lugar de encuentro con las otras obras, la posibilidad del diálogo entre ellas. La crítica es lo que constituye eso que llamamos una literatura y que no es tanto la suma de las obras como el sistema de sus relaciones: un campo de afinidades y oposiciones. (1)

Ángel Rama, a su vez, afirmó: “Ocurre que si la crítica no construye obras, sí construye la literatura, entendida como un corpus orgánico en que se expresa una cultura, una nación, el pueblo de un continente, pues la misma América Latina sigue siendo un proyecto intelectual vanguardista que espera su realización concreta”. (2)

La crítica requiere cultura, imaginación y mucho trabajo. Requiere de la competencia lectora del crítico. Yo estoy segura de que hay valiosos críticos de esta índole en el país. Sin embargo, no hay crítica, como una actividad sostenida. Los escritores tienden a culpabilizar a los críticos, pero, en mi opinión, la falta de espacio donde publicar genera una desgarradura que impide establecer el diálogo con la literatura que se está produciendo. Y, en cuanto a lo dicho por los intelectuales citados al comienzo, no nos queda más remedio que constatar que la literatura venezolana no existe como un espacio articulado.

Para que eso se dé tienen que vincularse, logradamente, diversas funciones: tienen que haber editores que dejen de considerar que su tarea termina al colocar entre una tapa y una contratapa un conjunto de papeles impresos; la distribución tendría que fluir sin interrupciones; los libros agotados debieran reeditarse de inmediato; la prensa debiera darle espacio a la crítica y tener columnas fijas para ella.

La literatura venezolana, tan notable, debiera constituirse como tal y dejar de ser ignorada, con contadas excepciones. Que empiece a existir como literatura, y no sólo como obras sueltas, sino como un sistema de vasos comunicantes que incluya edición, distribución, promoción, crítica y traducción.

La crítica literaria, no está de más recordarlo, no se incorpora al quehacer cultural de una forma masiva y directa, como lo hace la televisión, sino de una manera mediata, con un efecto indirecto, pero que va generando paulatinamente una influencia cada vez más amplia, como las consabidas ondas producidas por el guijarro lanzado a las aguas del lago.

Toda sociedad necesita de un imaginario cultural en el cual reconocerse. La fuerza erosionante de la televisión, la cual se encuentra en su más bajo nivel, actúa sin cesar, ejerciendo su acción disolvente y desintegradora. Frente a ella, la literatura contribuye a configurar un universo ficcional que acoge tanto al espíritu de la modernidad como a las raíces de la tradición, a la historia y a las utopías, a lo festivo y a lo trágico, a los estilos de vida y a las disposiciones anímicas. Pero accede a un número infinitamente menor de receptores.

Ahora bien, si una cultura no posee el hábito de ejercer una visión crítica y todo lo que se presenta, o es aplaudido indiscriminadamente o silenciado, ya que la crítica negativa es poco frecuente entre nosotros, entonces la producción cultural misma comienza a abdicar de la posibilidad de la interacción, a consumirse en una actividad endogámica que termina por conducir a la esterilidad y al empobrecimiento.

¿Dónde puede estar la respuesta crítica a las obras? ¿Dónde puede establecerse el diálogo? La situación descrita, la conciencia de que no hay dónde publicar, hace que el crítico profesional se desmotive, no tiene la presión de entregar unas cuartillas cada semana, siente que su trabajo es superfluo, nadie lo espera,  sólo los autores se sienten desvalorizados al no existir una recepción en relación a sus libros. A lo largo de la historia literaria venezolana no fueron pocas las voces que se fueron apagando, las vocaciones que se frustraron y las obras que se quedaron truncas. A esta situación no fue en absoluto ajena la frecuente ausencia de una crítica literaria capaz de servir de caja de resonancia y altavoz para la producción  de nuestros autores.

Creo que un primer paso debería ser garantizar un espacio dentro de una publicación que se difunda suficientemente y que sea capaz de mantener la continuidad de este trabajo intelectual fundamental. Influencia cada vez más amplia, como las consabidas ondas producidas por el guijarro lanzado a las aguas del lago.

Toda sociedad necesita de un imaginario cultural en el cual reconocerse. La fuerza erosionante de la televisión, la cual se encuentra en su más bajo nivel, actúa sin cesar, ejerciendo su acción disolvente y desintegradora. Frente a ella, la literatura contribuye a configurar un universo ficcional que acoge tanto al espíritu de la modernidad como a las raíces de la tradición, a la historia y a las utopías, a lo festivo y a lo trágico, a los estilos de vida y a las disposiciones anímicas. Pero accede a un número infinitamente menor de receptores.

Ahora bien, si una cultura no posee el hábito de ejercer una visión crítica y todo lo que se presenta, o es aplaudido indiscriminadamente o silenciado, ya que la crítica negativa es poco frecuente entre nosotros, entonces la producción cultural misma comienza a abdicar de la posibilidad de la interacción, a consumirse en una actividad endogámica que termina por conducir a la esterilidad y al empobrecimiento.

¿Dónde puede estar la respuesta crítica a las obras? ¿Dónde puede establecerse el diálogo? La situación descrita, la conciencia de que no hay dónde publicar, hace que el crítico profesional se desmotive, no tiene la presión de entregar unas cuartillas cada semana, siente que su trabajo es superfluo, nadie lo espera, sólo los autores se sienten desvalorizados al no existir una recepción en relación a sus libros. A lo largo de la historia literaria venezolana no fueron pocas las voces que se fueron apagando, las vocaciones que se frustraron y las obras que se quedaron truncas. A esta situación no fue en absoluto ajena la frecuente ausencia de una crítica literaria capaz de servir de caja de resonancia y altavoz para la producción de nuestros autores.

Creo que un primer paso debería ser garantizar un espacio dentro de una publicación que se difunda suficientemente y que sea capaz de mantener la continuidad de este trabajo intelectual fundamental.

NOTAS

1 Octavio Paz. Corriente alterna. México, Siglo XXI, 1984 (1ª ed. 1967), p. 40.

2 Ángel Rama. La novela latinoamericana. Bogotá, Procultura, 1982, p. 16.