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Serie 21 crímenes de papel 4/21: Hay que salvar la cruz, siempre

"El candor del Padre Brown", G. K. Chesterton

"El candor del Padre Brown", G. K. Chesterton

“La cruz azul”G. K. ChestertonRecogido en 1911 en el volumen “El candor del padre Brown”; relato publicado por primera vez bajo el título “Valentin Follows a Curious Trail”, en “The Saturday Evening Post”, 23 de julio de 1910

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Al final, Gilbert Keith Chesterton (Inglaterra, 1874-1936) terminó haciéndose católico. Y, como ocurre en toda conversión, no fue un proceso sencillo ni instantáneo, sino gradual, traumático y lleno de disyuntivas. Pero también fue un proceso fructífero; porque, entre otras “huellas”, dejó un ensayo ya célebre, Ortodoxia, en el que el autor fija su pensamiento a la vez devoto y paradójico; y dejó un fruto más apetecible y, creo, de mayor alcance para entender la noción que sobre lo humano poseía el escritor: generó a uno de los personajes más entrañables, miopes y agudos –pero humildes– de la literatura: el padre Brown. Este curita de Essex apareció por vez primera en 1910 y durante más de dos décadas anduvo por medio centenar de relatos detectivescos en los que desplegó una torpeza de movimientos que resultó el contrapunto perfecto para la sorpresiva elegancia de su razón, siempre apegada a la disquisición positiva y alejada de milagros y explicaciones sobrenaturales, con lo que demostraría ser digno hijo de su padre. No obstante, no es un secreto que el personaje también es trasunto –u homenaje más bien infiel– del padre John O’Connor, amigo cercano y de gran influencia en la conversión al catolicismo de Chesterton. Al año siguiente de la muerte del escritor, O’Connor publicó Father Brown on Chesterton, en el que cuenta con sencillez la relación amistosa que los unió y cómo se vio reflejado en la figura del sagaz cura literario: “el paraguas grande y barato era mi defensa contra los abrigos, y la cruz de zafiros que aparecen en el primer relato quizá son reminiscencia de aquellas cinco piedras que, alardeaba yo, un día había comprado por cinco chelines. Y cada vez que podía, llevaba paquetes de papel marrón, como el padre Brown”. Declaración que demuestra, una vez más, que todo lo que uno hace y dice delante de un escritor es susceptible de ser usado en su cuento.

Y este que nos ocupa, La cruz azul, que inaugura la serie de cinco volúmenes donde el padre hace gala de una sabiduría en torno al mal que solo adquiere aquel que ha pasado interminables horas escuchando los pecados de los demás –¿qué mejor fuente de información que un confesionario?–, es digno comienzo de una vida literaria con el prestigio de un M. Dupin o un Sherlock Holmes. Al tesoro que es la certera prosa de Chesterton, se suma en este relato la incisiva seducción de una historia adictiva.

Inteligentemente, el cuento no centra su atención en el protagonista, sino en el mejor detective de Europa, el francés Arístides Valentin, que llega a Londres con la esperanza de atrapar al escurridizo Flambeau, un criminal tan incruento como listo, tan grande como pertinaz y brillante en sus robos. Un congreso católico es la excusa perfecta para cometer un atraco; y la presencia de una valiosa cruz azul, motivo suficiente para exacerbar la codicia del ladrón. Pero como Valentin no tiene ni idea de dónde buscar, y solo cuenta con el detalle del gran tamaño de Flambeau para dar con él, se entrega al dolce far niente del que espera la serendipia que lo lleve hasta su objetivo: “Si usted sabe lo que va a hacer un hombre, adelántesele. Pero si usted quiere descubrir lo que hace, vaya detrás de él. Extravíese donde él se extravíe, deténgase cuando él se detenga, y viaje tan lentamente como él. Entonces verá usted lo mismo que ha visto él y podrá usted adivinar sus acciones y obrar en consecuencia.” Y tal razonamiento, de tan absurdo, da sus resultados: cada mínimo detalle “raro” (la sal dulce y el azúcar salado; la sopa en la pared; las naranjas que son nueces y viceversa) lleva a Valentin por las calles de Londres –su cabeza es un portento– hasta el lugar exacto donde está a punto de cometerse el espantoso crimen, allí donde el padre Brown corre peligro. ¿Pero de verdad corre peligro? En las líneas finales del relato, en las que dos, en apariencia, píos sacerdotes conversan, Valentin y Flambeau descubrirán que gracias al religioso la cruz de zafiros siempre ha estado a salvo, y que nunca el padre Brown estuvo en verdadero peligro. Ambos descubrirán, estupefactos, que si hay alguien malvado en esa historia ese es el cura –al menos, de pensamiento–. Lamentablemente, el policía Arístides Valentin no vivirá mucho para disfrutar de la sabiduría del cura, porque dos detectives brillantes no caben en el mismo mundo literario, algo que percibió con tino Chesterton.

Creo que un presidente de Estados Unidos dijo una vez, no sin falacia, que “en este país mandamos los buenos porque somos tan listos como los malos”, pero quienquiera que lo haya dicho, pensaba sin lugar a dudas en el padre Brown, ese perverso dechado de virtudes que aún hoy nos asombra por la aguda razón con la que salva la cruz –sin teologías.