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21 crímenes de papel 9/21: La risa de Aristóteles

<i>El nombre de la rosa</i>, Umberto Eco

El nombre de la rosa, Umberto Eco

En esta entrega de la serie 21 crímenes de papel, el escritor Juan Carlos Chirinos se dedica a "El nombre de la rosa", la magnífica obra de Umberto Eco

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La desconfianza de Umbero Eco (Alessandria, Italia, 1932) hacia la utilidad de Wikipedia es bien conocida; en un artículo de 2006 apuntaba que enseñar a usar la red debería ser una asignatura obligatoria en la escuela, pero que era difícil tarea pues “a menudo los profesores están en una condición de indefensión equivalente a la de sus alumnos.” Sin embargo, el semiótico y novelista italiano no se muestra completamente apocalíptico en este tema y deja una puerta de esperanza, aunque ribeteada de dudas: “¿Cuánto debemos confiar en Wikipedia, entonces? (…) He aquí un problema que, de momento, sigue sin tener una solución”. Así, pues, tal parece que la información de Internet es útil para los que sepan usarla, y un peligro para el lego; sin embargo, yo me pregunto: ¿no ocurre lo mismo con una biblioteca, con cualquier biblioteca, don o bomba de tiempo, según quien la use? Esta parece ser la respuesta que encontramos en El nombre de la rosa (1980), la primera novela del autor de libros como Obra abierta (1962) y Apocalípticos e integrados (1964), indispensables para entender la cultura contemporánea.

La primera vez que la leí, pasé tres días echado en un sofá en la cómoda casa de mi tío Tulio durante unas vacaciones en Anaco. Y desde entonces es uno de mis libros de cabecera, pues siempre tengo un ejemplar junto a mi almohada (el de ahora es una ya viejita edición del año 2000) para cuando quiera volver a sumergirme en esa enigmática abadía que el narrador, Adso de Melk, prefiere por piedad no ubicar con precisión. Incluso quise en su momento hacer mi tesis de grado sobre la novela, pero los sabios consejos de mis profesores me hicieron desistir de ello, y aún no sé si lo lamento. En todo caso, después de más de treinta años de publicada, esta obra, ya convertida en un long-seller, sigue siendo un divertimento que rebosa ingenio de su autor, llena de sus años recorriendo librerías. En sus páginas está toda la biblioteca de Eco y, cosa curiosa, no molesta: porque es una novela acerca de la biblioteca más importante de la cristiandad medieval.

Michel Foucault confiesa, al inicio de Las palabras y las cosas, que su libro nació de un texto de Borges, de “la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento”: también la novela de Eco es heredera de esa risa, que se bifurca incesantemente, y que ha generado nuevos caminos para la imaginación. En esta novela de detectives, de debate teológico o de bibliófilos, se desarrollan varios temas borgianos: una biblioteca que es un laberinto (La biblioteca de Babel), un libro que nadie termina de leer jamás (El libro de arena), un detective que busca al criminal pero cuando lo encuentra ya es demasiado tarde (La muerte y la brújula) y dos sabios que discuten sobre Dios sin ponerse de acuerdo nunca (Los teólogos). Sin duda, Eco sacó muchísimo provecho de su lectura borgiana.

Cuento sucintamente la anécdota de la novela, para quienes –de todo debe haber en este mundo– no la conozcan todavía: a mediados del siglo XIV, el monje franciscano William de Baskerville, enviado por el emperador de Alemania, llega a la abadía benedictina que severamente dirige Abbone da Fossanova, con la intención de participar, junto a sus compañeros franciscanos, en un debate definitivo sobre la pobreza de Cristo con los teólogos del Papa, que defienden el derecho de la Iglesia a poseer bienes y riquezas. A William lo acompaña un novicio adolescente, Adso de Melk, noble y testigo, como su nombre lo indica, de cuanto ocurrirá en los tres días que pasarán en la abadía. Para suerte –o desgracia– de Abbone, fray William llega primero que los demás, y de este modo podrá ayudar al atribulado abad a resolver los misteriosos crímenes que se van sucediendo –obra, sin duda, del demonio–, antes de que los enviados del papa lleguen. Así, pues, William y Adso son autorizados por el abad para investigar en la abadía, con la prohibición expresa de entrar en la famosísima biblioteca, dirigida por Jorge de Burgos, monje ancianísimo, ciego, ceñudo, memorioso, fanático y, obviamente, un homenaje que Eco le hace a Borges. Tiempo les falta al detective y a su ayudante para colarse en el laberinto que es la biblioteca donde, lo sospechan desde el principio, está la clave de los asesinatos. Y, como siempre, cuando la descubran será ya demasiado tarde. Porque es misterio de lectores supersticiosos, la solución se haya en un libro desaparecido: el tratado sobre la comedia de Aristóteles: ¿Pero hay algo más peligroso que un libro sobre la risa en una abadía benedictina donde se prohíbe hasta la más inocente de las muecas?

Cuidado: esta es una novela adictiva. Pero si se atreven con ella, cuando lleguen a la última página serán recompensados con la larga y estentórea risa de Aristóteles que, desde Estagira, los observará con detectivesca indulgencia. Y sabrán entonces qué es el nombre de la rosa.

 

EL NOMBRE DE LA ROSA

Umberto Eco

Editorial Lumen

Barcelona, 1982