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21 crímenes de papel 8/21: El rey está triste

La muerte y la brújula

La muerte y la brújula

Esta octava entrega, Juan Carlos Chirinos la dedica a “La muerte y la brújula” de Jorge Luis Borges, publicado originalmente en la revista “Sur” (mayo de 1942) y en el volumen “Ficciones” (Buenos Aires, Sur, 1944)

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Hace poco me di cuenta de que llevo más de veinticinco años estudiándome este relato, y todavía no lo abarco. Sé, por ahora, que como en todo relato policial que se precie, indefectiblemente las primeras líneas desvelarán al lector atento toda la trama, todo el asunto, todo el misterio: “De los muchos problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño ‒tan rigurosamente extraño, diremos‒ como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le-Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. En verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó.” Y así el autor avisa que ya ha contado todo lo que tiene que contar, y si no se entendió, mejor seguir leyendo.

Quizá a Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899 – Ginebra, 1986) no le gustaría la comparación que voy a hacer ahora, pero este relato guarda para mí una secreta concordancia con aquella brevísima pero antológica pieza policial de Julio Cortázar, Continuidad de los parques, en la que el que está leyendo es la víctima del crimen que se comete en el libro que lee. Salvo por el elemento fantástico que pone en acción Cortázar ‒un fabuloso anillo de Moebius que lleva al lector al mismo punto de donde partió, como si la página y el mundo fueran la misma cosa‒, en el relato que nos ocupa también son las palabras las que van organizando la historia delante de nuestros ojos sin que nos demos cuenta, o dándonos cuenta demasiado tarde. Todo aquel que esté familiarizado con la literatura de Borges sabe que debe esperar de ella, al menos, tres elementos esenciales: la erudición, la exquisitez de las palabras y el aire fantástico del espacio donde se desarrolla. El inmortal; Funes, el memorioso; La casa de Asterión; La biblioteca de Babel, y Los teólogos son buenos y muy logrados ejemplos de ello. Lo policial tampoco es ajeno a la obra del escritor argentino, y prueba de ello es, entre otros, el volumen de relatos Seis problemas para don Isidro Parodi, escrito en colaboración con Adolfo Bioy Casares. Lo policial como antesala a lo fantástico, habría que decir: un universo fantástico que cuando tiene explicación racional es tan enrevesada e improbable, que la asumimos sin duda como fantástica. Tal vez por eso Umberto Eco basó su primera novela, El nombre de la rosa, en el universo siempre nuevo y rico el escritor argentino, especialmente la biblioteca de la abadía que es un laberinto; y Jorge de Burgos, magistral homenaje a su curiosa sabiduría.

En La muerte y la brújula el héroe es un policía que se sabe agudo y que busca en el mundo las respuestas que este contiene y que seducen su perspicaz mente: la noche del 3 de diciembre, en el Hotel du Nord, es asesinado el doctor Marcelo Yarmolinsky, que había ido a la ciudad al congreso Talmúdico. La explicación más inmediata la da el comisario Treviranus, compañero de pesquisas del protagonista: un ladrón, queriendo acceder a la suite del Tetrarca de Galilea, que posee los mejores zafiros del mundo, por error ha entrado a la habitación del rabino y no ha tenido más remedio que asesinarlo. Pero a Lönnrot no le gusta esta opción, que le parece “posible, pero no interesante. Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En la que usted ha improvisado, interviene copiosamente el azar. He aquí un rabino muerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginarios percances de un imaginario ladrón.” Y a partir de aquí, Lönnrot aplicará toda su intuición y buen hacer para adelantarse al asesino, sin duda ritual, que con sus crímenes ‒o sacrificios‒ está enviando un mensaje al mundo. El cuatro será la clave; y cuando el segundo crimen ocurra al oeste de la ciudad, el detective ya sabrá dónde tendrá lugar el tercero y el cuarto: la brújula será su guía, aunque los demás piensen que los crímenes sólo serán tres: “Precisamente porque planean un cuarto crimen, podemos estar muy tranquilos”, afirma, y se dirige al lugar donde se ejecutará el cuarto crimen, la quinta abandonada de Triste-le-Roy, el rey triste porque le hacen el jaque mate en el cosmos que es un tablero de ajedrez, allí donde Lönnrot habrá de dar con el criminal, Red Scharlach, y con el último asesinato que, sin embargo, no podrá evitar.

Desde luego, la intuición de Lönnrot fue acertada, pero no por lo que él creía, y he aquí la prestidigitación de la historia: lo que es, es; pero por otras razones. En la última línea del relato el policía y el criminal se encuentran ‒y quizá se funden para siempre, como dobles que son, en otra genialidad de ese monstruo de las palabras que fue Jorge Luis Borges, y que seguramente yo volveré a leer, buscando otras respuestas.