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1280 almas es una de las novelas más célebres de Jim Thompson

1280 almas es una de las novelas más célebres de Jim Thompson

"1280 almas" ofrece un tono autobiográfico. El escritor venezolano Juan Carlos Chirinos dedica esta entrega a esta novela fuerte, dura e intensa, que ha sido considerada por buena parte de la crítica y del público la mejor obra de Jim Thompson

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En 1936, Jim Thompson (EE.UU., 1906-1977) se aburría y, para tener con quién conversar –y porque ya había leído a Marx y, dicho sea de paso, gran parte de la mejor literatura clásica, de los griegos a Dostoievski pasando por Cervantes– se afilió al partido comunista, pero muy pronto se debió de aburrir porque en 1938 ya lo había dejado; quizá no era ese el tipo de dialéctica que andaba buscando. Años después, cuando el senador republicano Joseph McCarthy renovó la moda de cazar brujas y, sobre todo, brujas famosas, comunistas y “antiamericanas”, los años rojos del autor le pasarían una amarga factura que, afortunadamente, no le han negado el merecido lugar que ocupa en la historia de la literatura estadounidense. Hijo de un político corrupto y de una descendiente indígena, la vida del que es –junto a Chandler y Hammett– uno de los grandes escritores de novela negra estadounidense fue agitada, empobrecida pero a veces rica, y alcohólica. También plena de satisfacciones artísticas: escribió con Stanley Kubrik dos de sus primeros largometrajes, Atraco perfecto (1956) y Senderos de gloria (1957); y, muchos años después, Thompson vería llevadas al cine sus propias obras: Sam Peckinpah dirigiría La huida, en 1972, y Burt Kennedy, El asesino dentro de mí, en 1976. Pero de la novela que nos ocupamos ahora no llegaría a ver la versión cinematográfica que hiciera Bertrand Tavernier; 1280 almas (en inglés, POP 1280) fue estrenada en 1981, nominada para el Oscar. Todavía hoy en día se sigue publicando su obra, desde luego, y estas se siguen llevando a la pantalla grande; de hecho, en 2010 Michael Winterbottom realizó una nueva versión de El asesino dentro de mí, esta vez con Casey Affleck y Kate Hudson; versión a la que, sin embargo, no parece haberle ido demasiado bien ni en premios ni en taquilla.

Quizá sea cierto que jamás habrá versión cinematográfica que iguale al libro en el que se basa; mucho menos si es en uno como este. El planteamiento es bastante sencillo, casi descuidado: Nick Corey es el comisario de policía de Pottsville y, en el fondo, su único deseo es seguir siéndolo todo el tiempo que pueda. Contra este deseo se confabulan varias circunstancias y personajes: su mujer, Myra, y su hermano/amante discapacitado, Lennie; el atractivo candidato Sam Gaddis, contra quien de seguro perderá las siguientes elecciones; los dos macarras del burdel que lo humillan constantemente; Rose, su amante casada con Tom, un alcohólico violento y Amy, su otra amante, soltera. Hasta el comisario del pueblo cercano, Ken Lacey, resulta una amenaza para la tranquilidad del comisario Corey, cuyo único deseo es seguir siendo lo que es y dormitar tranquilamente después de haberse metido un atracón que haría palidecer de envidia al mismísimo Pantagruel. Todas estas preocupaciones obligan al apacible comisario a concentrarse en algo que, en principio, no quiere hacer: pensar. “Nick, Nick”, se dice el comisario, “tus problemas van a acabar desquiciándote, así que lo mejor es que pienses algo y pronto. Lo mejor es que tomes una decisión, Nick Corey, porque si no lamentarás no haberlo hecho”. Y él, que tiene fama de lerdo, de apocado y pusilánime –su mujer le insulta llamándolo “borrego acobardado”–, decide que lo mejor que puede hacer es ir a pedir ayuda a la única persona que considera inteligente, el comisario Ken Lacey. Este, de maneras bruscas y seguridad solar, con buen humor lo aconseja y lo patea: cuando alguien te hace daño, la única manera que hay para pararle los pies es devolviéndole el mismo daño, aumentado; mientras más, mejor. Pero la lección le cuesta a Corey otra humillación que, lo veremos, no olvidará. Regresa a su pueblo, dispuesto a devolver aumentadas las ofensas de los macarras del burdel: y, apenas mediando un par de palabras y ante su estupefacción, los elimina a tiros y los lanza al río. A partir de entonces las maquinaciones y los asesinatos se multiplican; Nick Corey no parará hasta lograr su objetivo, muy claro desde el principio: seguir siendo el comisario de Pottsville. Ni su mujer, ni sus amantes, ni aquellos que creen ser sus amigos o maestros: pasará por encima de todos, sin contemplación (y ahora que lo pienso, el Nick Corey de esta novela bien podría ser el abuelo literario del despiadado Frank Underwood de House of cards: “hunt o be hunted”, es su lema).

Es curioso que el desencadenante de toda esta escabechina sea una actividad que debería, en principio, ser menos perniciosa: pensar. Pero así como a don Quijote leer tanto le secó el cerebro, a Nick Corey usar la cabeza solo le sirve para hallar el camino más retorcido para llevar a cabo sus planes, y para llegar a un razonamiento ontológico atroz, por lúcido: “Me puse a pensar y pensé, pensé, y luego pensé otro poco; y por fin llegué a una conclusión: que en cuanto a saber qué hacer, no sé más que si fuera otro piojoso ser humano”. Reflexiones de esta naturaleza destiladas a través de los diálogos certeros como ballestas de Jim Thompson, son garantías suficientes de un largo, sabroso rato de lectura noire. No se la pierdan, y cuidado con los comisarios que piensan…


1280 ALMAS

Jim Thompson

Bruguera Club del Misterio

Barcelona, 1981