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21 crímenes de papel 10/21: Las pasiones de Antinoo

“El último caso del colorado Larrazábal”, Jorge Eduardo Benavides

“El último caso del colorado Larrazábal”, Jorge Eduardo Benavides

Esta décima entrega de la serie 21 crímenes de papel, el escritor venezolano Juan Carlos Chirinos lo dedica a la obra del peruano Jorge Eduardo Benavides, “El último caso del colorado Larrazábal” (Lima, QG Editores, 2012)

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A la generosidad de Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964) le debo muchos descubrimientos en mi vida de escritor inmigrante en Madrid ‒caracoles, ingenio feroz y rápido como el rayo, un púlpito para agarrar libros fundamentales, cafés en la Biblioteca Nacional‒, pero últimamente le estoy particularmente agradecido por haberme descubierto un software que ha solucionado todos los problemas logísticos inherentes a la elaboración de una novela. Benavides pertenece a una generación de novelistas latinoamericanos, nacida entre los sesenta y los ochenta, que ha establecido su hogar en España y que, por lo tanto e inevitablemente, ha mudado ‒y transformado‒ su idiolecto hacia un español más koiné, común a varios sitios donde el idioma de Cervantes ha arraigado como lengua nativa. Esto, para un escritor, tiene consecuencias que repercuten en el discurso con que su universo narrativo va conformándose, pero también en la manera como ve el mundo. Si José Antonio Ramos Sucre anunció en su momento que un idioma es el universo traducido a ese idioma, ¿cuántas formas, pues, tiene ese universo si lo traducimos al mismo idioma, pero desde perspectivas diferentes? Esta parece ser la premisa con que Benavides crea a su primer detective, el Capitán Larrazábal, cuyo sobrenombre, “El colorado”, ya anuncia una contradicción o, al menos, una curiosa “anomalía”.

En Perú se llama “colorados” a los blancos; es quizá un vocablo parecido a nuestro venezolano “catire”, que refiere a las personas rubias pero también a aquellas tan blancas que por fuerza (del sol) son rosadas o sanguíneas. El problema de usar este sobrenombre para referirse al capitán Larrazábal es que él es negro (o afrodescendiente, como le gusta al discurso del poder llamarnos hoy en día a los que tenemos total o parcialmente raíces africanas). Es, pues, una burla, pero también una explicación: el colorado es hijo de peruana y vasco, y de ahí su apellido y, probablemente, el chusco apelativo. Y, encima, el capitán Larrazábal tiene la costumbre de usar expresiones foráneas a los limeños, como vamos “a por” un cafecito, cosa que incomoda al teniente Carhuachín, su compañero de pesquisas: “¿No veía acaso el capitán que ya bastante tenía con que lo apodaran ‘colorado’ como para encima echar más leña al fuego de los agravios y hablar tan raro?” Pero el capitán Larrazábal no se amilana ante las miradas suspicaces y los chistes a sus espaldas: cuando se comete un crimen, pone en funcionamiento el poder deductivo y no afloja hasta que da con la explicación.

En este, su último caso, el empresario Pedro Téllez Rentería aparece muerto a balazos dentro de su carísima camioneta, estrellada contra un árbol en el parque Domodossola; “El colorado” sospecha que no se trata de la escena de un simple robo, él sabe que hay algo más, así que comienza a investigar. Y como a todo aquel que se arriesga a hurgar en la vida privada de la clase alta, al final del túnel de indicios lo espera el implacable brazo del poder, que sabe cuándo detener a esos que como el Colorado Larrazábal creen que todos los trapos sucios han de salir al sol. Pero en momentos de tensión, las soluciones suelen legar en la ocasión menos oportuna: el capitán encaja las piezas de ese macabro rompecabezas mientras orina; y luego, con la seguridad del que ha iluminado otro fragmento oscuro del mundo, sale “satisfecho a contemplar la pista de tenis”. A la paz que da saber la verdad se suma la relajada actitud del que ya ha miccionado. Y seguramente habrá muchos lectores, como me ha pasado a mí, que den con el criminal al mismo tiempo que el colorado Larrazábal. Como si orináramos juntos. Sólo que para él, los verdaderos problemas comenzarán allí donde el asesinato de Téllez tiene su solución.

Es más que atractivo el hecho de que la primera historia de este nuevo detective sea en realidad su última incursión, porque abre varias posibilidades para Benavides, autor de fascinantes novelas como Un millón de soles (2008) y Un asunto sentimental (2012), que lo han colocado a la cabeza de la narrativa latinoamericana actual, y de un utilísimo manual, Consignas para escritores (2012), fruto de su antiguo blog de creación literaria: ¿Es este relato sólo una incursión eventual del autor, un encargo para el plan lector de su país natal, o quizá sea el óbolo con que todo novelista rinde culto al género narrativo que por excelencia describe nuestro anhelo fáustico ‒el suspense‒? ¿O será, tal vez, la puerta de entrada a la vertiente policial en la obra de Benavides? Por mi parte, sospecho que el colorado Larrazábal no tendrá secuelas, pero sí una larga y variadísima precuela insegura y mestiza como el protagonista, sí; y con Lima como escenario literario: una ciudad en alto contraste, donde hasta Antinoo tiene que esconder sus pasiones de los prejuicios y del poder.

 

EL ÚLTIMO CASO DEL COLORADO LARRAZÁBAL

Jorge Eduardo Benavides

QG Editores

Lima, 2012