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21 crímenes de papel 15/21: Un país entero contra la novela negra

LOS MALETINES, Juan Carlos Méndez Guédez

LOS MALETINES, Juan Carlos Méndez Guédez

Para Juan Carlos Chirinos con la novela "Los maletines", su autor Juan Carlos Méndez Guédez, confirma que el género negro “puede infiltrarse con comodidad en territorios para los que en principio no ha sido creado"

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Hace poco leí una nota de Facebook de Dayana Fraile, escritora que vive en Estados Unidos, en la que contaba consternada cómo su sobrino de cinco años, en Venezuela, había sido muy listo y, para evitar ser secuestrado por unos malandros motorizados que asaltaban el kínder donde estudia, se había escondido en el baño. Al parecer, su abuela celebró que su nietecito, aún tan pequeño, tuviera la astucia suficiente para librarse de semejantes peligros, pero desde luego –confiesa Dayana– desearía que la abuela tuviera otras anécdotas más amables, semejantes a las que todas las abuelas del mundo cuentan de sus nietos. Pero no, viven en Venezuela, y la vida normal hace tiempo que desapareció de la Pequeña Venecia. Actualmente, la violencia se ha enterrado de tal forma en la vida cotidiana, que produce los mismos dolorosos efectos que la espina de un cují. Otro “daño colateral” de la brutal escalada de violencia en la sociedad venezolana es que ha acentuado una característica que ya se percibía hace décadas: la imposibilidad de que la novela policial y/o negra (al menos las de corte clásico) tuvieran un desarrollo “normal”. Porque como dice un personaje en esta novela que nos ocupa, “un lugar en el que matan a diecinueve mil personas cada año no es el lugar donde hay que ocultar una muerte”. Con la historia de violencia que ha tenido Venezuela, al menos desde 1810, lo sorprendente es que hayan existido –y sigan apareciendo– escritores a los que el género negro los seduzca, pues tengo la impresión de que en Venezuela –y quizá en el resto de América Latina– a este género lo ha sustituido la novela de la violencia política, de las revoluciones fallidas, de la barbarie impuesta por esos que, si mi memoria no me falla, Ítalo Tedesco llamaba la “trilogía embrutecedora” (el cura, el prefecto y el terrateniente). No es igual la violencia que rodea a Andrés Barazarte en País portátil que la que rodea a Philip Marlowe en El sueño eterno.

La obra de Juan Carlos Méndez Guédez (Barquisimeto, 1967) –con cuya ya larga amistad me congratulo– no ha dejado de establecer conexiones entre Venezuela y España; de hecho, si una imagen representa a sus personajes, es la de un avión que cruza el Atlántico, en un sentido u otro del mapa; a veces, para regresar; otras, para huir; otras, para buscar. A mí me atrapan especialmente las historias de El libro de Esther, Tal vez la lluvia, Arena negra y Retrato de Abel con isla volcánica al fondo. A esta top list viene a sumarse la más reciente, Los maletines, que es la “plenitud de su humor triste”, como la define, con su habitual agudeza, Andrés Neuman.

El protagonista, Donizetti, es un funcionario opaco y mediocre (pero “buena gente”), de los tantos que el proceso chavista ha colocado como un parásito más en la teta del Estado. Donizetti viaja con maletines de un continente a otro, pero no sabe qué llevan dentro (no se escapa el referente del escándalo de Guido Antonini Wilson “atrapado” en el argentino aeropuerto de Ezeiza con un maletín que llevaba 800 mil dólares sin declarar en un avión privado lleno de funcionarios venezolanos y argentinos, en 2007). Donizetti sólo obedece órdenes, aunque en el fondo no sepa de quién las obedece –de los chavistas, del G2, del jefe cubano que lo trata con displicencia, de los rusos, de los chinos, de un “arriba” kafkiano en el que el poder se desdibuja como en aquel asfixiante castillo–. Donizetti casi tiene dos familias; casi tiene dos hijos; casi tiene una vida normal. Todo lo normal que se puede tener en Venezuela. Donizetti tiene un amigo de la infancia, Manuel, que resultará un verdadero amigo, y clave para la resolución del final feliz la novela, un detalle nuevo –y refrescante– en la novelística del autor. Sin embargo, me dio la impresión de que Donizetti, a veces, tiene un problema: cree que vive en una novela de Graham Greene o de Robert Harris, y las cosas no serán así de fáciles para él. No se trata de una novela de espías, o negra, o policial, o de corrupción política al uso; el autor no será así de generoso con él: incluso le embardunará, literalmente, de excremento la cara para que entienda que no está en algo tan sofisticado, sino en la penosa Venezuela que Hugo Chávez nos ha dejado como envenenado legado. Porque, confesó hace poco Méndez Guédez, “cuando escribes intentas también incorporar una suerte de fotografía subjetiva de un momento particular de la existencia, en este caso de la existencia de un país (…) del mismo modo, lo que más me interesa es que haya quedado un reflejo de lo que puede ser la fuerza salvadora de la amistad en momentos duros, de lo que puede significar la paternidad en el siglo xxi, de lo que significa para dos personajes comunes, corrientes, opacos, el encontrar una esperanza inesperada en una aventura para la que no saben si están preparados, pero que les resulta su único espacio de salvación”.

El género negro no ha dicho su última palabra en Venezuela, ni mucho menos, aunque parezca que la historia del país no es propicia; antes bien, con esta novela se confirma que es un género que puede infiltrarse con comodidad en territorios para los que en principio no ha sido creado. Siempre y cuando tenga como soporte indispensable una prosa de gran poder como esta, efectiva para crear el ambiente de una buena novela noir. Pero cuidado: Los maletines esconde el mapa de un tesoro que el lector deberá descifrar, y no sé yo si querrá hacerlo, o si le conviene, porque “el peligro de muchas señales es intentar comprenderlas”. Quedan advertidos  –y, por eso mismo, tentados.


LOS MALETINES

Juan Carlos Méndez Guédez

Editorial Siruela

Madrid, 2014.