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21 crímenes de papel 18/21: El cine o la vida

“No disparen contra la sirena”  Juan Carlos Chirinos

“No disparen contra la sirena” fue ganadora en Barcelona del premio de novela negra de la editorial Laia

La escritura a cuatro manos, sumada al carácter y talento de ambos narradores, puede resultar una obra memorable. El caso que ocupa a Juan Carlos Chirinos puede ser considerado uno de ellos: Tomás Onaindia y José Manuel Peláez en “No disparen contra la sirena” 

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Escribir a cuatro manos es una habilidad que ha sido concedida a unos pocos. Muchas condiciones han de converger para que la fusión de dos voces narrativas tenga lugar; voluntad, ocasión, amistad y temas apropiados. Hace un tiempo la periodista Nuria Azancot agregaba, en Sueños a cuatro manos algunas razones más para escribir con otro: “Los motivos para escribir en común no siempre son los mismos: hay quien lo hace por amistad, dinero, necesidad, por encargo o por admiración.”, y entre los casos a que hace mención destacan el frustrado proyecto de García Márquez y Vargas Llosa de escribir juntos una novela sobre la guerra entre Colombia y Perú; y, cómo no, la fructífera alianza entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, creadores del célebre H. Bustos Domeq, autor de los Seis problemas para don Isidro Parodi. Queda claro que cuando dos grandes comulgan en carácter y talento, los resultados pueden ser memorables. El caso que me ocupa puede ser considerado uno de ellos, sin ningún género de duda; Tomás Onaindia y José Manuel Peláez han escrito a cuatro manos, que yo tenga noticia, al menos tres novelas que hace tiempo engrosan la lista de la buena literatura negra venezolana: Seguro está el infierno (1985, bajo el heterónimo de Juancho Calvo), llevada al cine por José Alcalde en 1986 –con América Alonso, Tania Sarabia, Gledys Ibarra, ¡y hasta Oscar D’León!– y que aún recuerdo con placer; Matar cansa, que permanece inédita y que algunos elegidos hemos leído; y No disparen contra la sirena (1987), ganadora en Barcelona del premio de novela negra de la editorial Laia.

Por esos curiosos caminos que toma la vida, me fue dado conocer a los autores en años y lugares distintos. De José Manuel Peláez aprendí casi todo lo que sé sobre la escritura de teatro y cine, y a él debo, entre otras muchas, la lectura de dos novelas que sigo considerando fundamentales en mi mesa de noche y que nombro cada vez que puedo: El juez y su verdugo y Griego busca griega, de Friedrich Dürrenmatt. José Manuel es el maestro que nos inculcó el amor al teatro y a las películas. Por otro lado, cuando ya creía que Tomás Onaindia sólo sería el inasible “otro” autor que escribía novelas con Peláez, vino la suerte –de la mano de Frank Spano– a ponerme, en el extinto bar Iruña de Madrid, frente al segundo miembro de esa dupla. Tomás es de esos autores apropiadamente discretos y generosos que lo han leído todo, lo han escrito todo y –es su caso– han traducido grandes obras del francés. Y que saben que no hay nada peor para un perro que perder a su amo (Amo perdido).

“Me dormí pensando cómo tres apartamentos iguales al mío (incluyendo el baño que es el único que está independiente) cabrían en el salón donde Dana Andrews se duerme una noche al pie de la difunta Laura. Sólo que él se despierta para encontrarse con Gene Tierney en persona y yo, a la mañana siguiente, me desperté para encontrarme con un rinoceronte galopando dentro de mi cabeza. Lo derribé con un par de aspirinas en medio de los ojos.” Dejando de lado el indispensable humor con que está generosamente regada la historia, esta frase condensa de manera bastante eficaz el tono y la estructura de No disparen contra la sirena, que es una novela negra hecha como una casa de dos plantas. En la planta de abajo, discurre la trama: El protagonista –una especie de suertudo y degradado James Bond que en vez de ir a casinos de un Mónaco elegante e invernal va a bingos en la ciudad de Madrid, en pleno verano– se topa con la femme fatale que le torcerá la vida, y que el narrador define con milimétrica precisión: “ella fumaba sin compulsión pero con necesidad”. De inmediato se enamora de ella, y decide parangonarla con Caherine Deneuve, pero pronto descubrirá que su belleza está definida por un “Matilde” que le parece más vulgar, aunque no tanto como para no colocarla en un pedestal (“cualquier cosa que viniera de Matilde sonaba a revelación de oráculo”). Sigue yendo al bingo a esperar que reaparezca; y allí comenzarán sus problemas. Se conoce la mirada que engancha, pero nunca se sabe hacia dónde te llevará esa mirada. Para el protagonista de esta novela será un incierto tobogán de peripecias en las que siempre estará a punto de morir –mientras los demás caen a su alrededor como moscas–. Y todo, claro, a causa del móvil por excelencia: El dinero.

Un elemento adicional que hace de esta novela una sabrosa pieza de suspense es el que habita en la segunda planta de esa casa que son sus páginas: la constante alusión al cine, sobre todo, clásico: aquí hacen apariciones fugaces Groucho Marx, Orson Welles, Truffaut, Jeanne Moreau y varias decenas de referencias fílmicas que sirven para darle volumen a la historia que se cuenta, y algo más: No disparen contra la sirena se erige en la réplica áspera que es el mundo real cuando se compara con el glamour del celuloide. La solución final está en la oscura butaca del espectador: “Me compré una televisión de 24 pulgadas y un vídeo. Ya tengo una buena colección de películas. Algunas me las mandan de Francia. (…) Varias veces por noche Catherine Deneuve, la Sirena del Mississippi, seduce, miente, roba y asesina. De algún modo ella ama al hombre que está envenenando con un raticida.” Y como siempre es el lector el que debe decidir dónde se queda y a quién ama más, al cine o a la vida.

 

NO DISPAREN CONTRA LA SIRENA

José Manuel Peláez y Tomás Onaindia

Editorial Laia

Barcelona, 1987