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21 crímenes de papel 16/21: un cielo lleno de cruces hediondas

21 crímenes de papel 16/21: un cielo lleno de cruces hediondas

Breviario galante. Fundación para la Cultura Urbana, Caracas, 2004

Para Juan Carlos Chirinos el relato “Los zamuros también tienen mala suerte”, de Roberto Echeto, refleja que algunos narradores contemporáneos han sabido encajar en sus historias personajes parecidos a Caracas y sus contextos. Esta obra cargada de humor e ironía determina el curso de esta entrega de 21 crímenes de papel

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Me he quedado pensando frente al imaginario papel en blanco de mi computadora, viendo cómo titilaba el cursor; me he quedado pensando sin mover los dedos sobre el teclado no porque no supiera lo que iba a escribir, sino porque estaba decidiendo qué cosas –en este estrecho espacio semanal– iban a quedarse fuera, pues el relato del que me toca hablar hoy evoca todo tipo de ideas y da para varios y sugerentes inicios. Voy a ensayar varios.

Primer intento

A Roberto Echeto (Caracas, 1970) lo conocí en el pasillo del tercer piso de la Universidad Católica Andrés Bello, hace más de veinte años. Yo estaba en los últimos años de la carrera de Letras, y él la empezaba, pero ya venía del mundo del arte y el diseño, donde había desarrollado sus dotes de artista plástico. Quiero creer que de inmediato entablamos una conversación animada y fructífera, pero seguramente me engaño: la meditativa taciturnidad de Roberto es inmune a los excesos de la conversadera venezolana, y no dudo que esa fuera una de las primeras características que me atrajeran de él: no hay nadie a quien envidie más que a alguien que piense antes de hablar, contraviniendo ese impulso hispánico que nos hace ir por delante de las palabras. Esa característica, cómo no, se ha filtrado a sus libros de relatos, Cuentos líquidos, Breviario galante y La máquina clásica, y a su novela No habrá final. Si yo fuera crítico de arte, sabría explicar por qué siento que en su obra gráfica también se puede percibir esa tranquila velocidad de su pensamiento. (¿Tal vez porque uno de sus temas favoritos es el dibujo de monos, tigres y elefantes, en trazos nítidos y lacónicos?). Cápsulas de este pensamiento veloz y plácido se encuentran en sus celebradas listas de títulos, los aforismos o en una inocente y malvada enumeración de nombres típicos venezolanos (una ristra de Kerbis, Yojanson, Yudelkis, Yon, Yefry, Yeferson, Yormis, Torkill, Danitza, Yurly, Chirly, Deivis, Brayan, Kely y cientos más, que concluye con un inofensivo “que conste en acta que ninguno de estos nombres es inventado por mí. Mi imaginación no da para tanto...”). Hay que agregar, además, descomunales toneladas de humor, al estilo del mejor Aquiles Nazoa o G. K. Chesterton.

Segundo intento

En el texto anterior a este, la semana pasada, asomé la teoría de que Venezuela, según la historia que ha vivido desde el siglo xix, no es país para la novela negra, o policial, sino más bien el territorio de la literatura de la violencia política, de la subversión, de la denuncia de las injusticias sociales, pero que, no obstante, ha sido un país que no ha dejado nunca de producir escritores de género negro, probablemente porque en el enigma que encierra una historia de esta naturaleza subyace el sentido último de la narrativa, la eterna lucha entre la contraposición onomasiología/semasiología o, lo que es lo mismo, la dialéctica entre el que crea la obra y “los nombres” (el criminal) y el que interpreta esos nombres para entender su significado (el detective), una pareja que bien podría formar parte de las célebres antinomias de Saussure. Por eso ningún (buen) narrador evita escribir, al menos una vez, una historia negra, policial o de suspense.

Tercer intento

Caracas es una ciudad que cambia de forma continuamente; es como una colcha a la que se le agregan o sustraen retazos, o como un palimpsesto sobre el que se escribe y re-escribe innumerables veces. Caracas no es una ciudad para detectives. Pero de alguna manera, los narradores venezolanos han sabido encajar personajes parecidos en sus historias, historias que ocurren en esa ciudad caótica y con límites que es la capital de Venezuela. Y quizá todo dependa del punto de vista desde donde se asuma la historia. En el caso de Los zamuros también tiene mala suerte –texto al que tengo especial cariño por la risa que siempre me provoca al leerlo–, el narrador baja hasta la ciudad acompañando a un zamuro que ha olido la llamada de la muerte y se ha metido por una ventana a la habitación 1502 del hotel Savoy, donde yace el cadáver de un individuo fallecido quizá por causas naturales. Pero antes de llegar a su destino, mientras el zamuro traza sus círculos funerarios, el narrador aprovecha para ofrecernos una panorámica de la ciudad que no deja de recordarme los cuadros de Manuel Cabré, que pintaba una Caracas que dejó de existir hace tiempo. Y de esta manera fija en nuestra memoria lo único que no cambia de esa desastrosa ciudad: el cerro Ávila, mole indestructible.

Pero para mala suerte del zamuro, y de los otros dos que llegan tras él, el muerto tiene pendiente una deuda con dos mafiosos, Caraota Plástica y Ramiro, que aparecen a las tres de la mañana para ajusticiarlo y lo encuentran ya muerto. En una especie de retruécano de Pulp fiction, los matones ya no tienen ningún trabajo que hacer. Dejo al lector la curiosidad de lo que al final dice Caraota a su compañero: “Tú como que piensa mejó cuando vomita…”.

Último intento

Roberto Echeto dijo una vez, en Mérida: “Gracias al cielo que nuestros escritores también han abandonado la ojeriza que le tuvieron durante años a las anécdotas”. Es verdad, Roberto; y gracias a Dios, que llena el cielo de Caracas con zamuros, esas cruces oscuras y hediondas, rebullones agoreros de la capital.


LOS ZAMUROS TAMBIÉN TIENEN MALA SUERTE

Relato incluido en el libro Breviario galante

Roberto Echeto

Fundación para la Cultura Urbana

Caracas, 2004.