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21 crímenes de papel 18/21: Preñar a la luna

Nicolas Melini, “El futbolista asesino”

Nicolas Melini, “El futbolista asesino”

Para Juan Carlos Chirinos, Nicolás Melini en “El futbolista asesino”, induce a dudar sobre lo siguiente: ¿estamos leyendo una novela negra al estilo de las de Jim Thompson, o una historia triste y áspera como las que podríamos esperar de Bukowski o Fante?

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Las conexiones en la obra de Nicolás Melini (Santa Cruz de la Palma, 1969) se asemejan a las de Relatividad, aquella litografía que en 1953 creó el artista holandés M. C. Escher en la que se puede ir de un lugar a otro a través de escaleras que, a causa de las leyes de la Física, resultarían imposibles de transitar; sin embargo, la vista nos muestra que esos senderos son probables e, incluso, apetecibles. Esta curiosa ilusión óptica –la escalera infinita– la explicaron los matemáticos Lionel y Roger Penrose en 1958 como otro más de los objetos imposibles. Pues bien; en las creaciones de Melini –en cine, literatura y fotografía– también hay conexiones forzosas que nos obligan a violar ciertas leyes sin peligro: porque si algo une toda esa obra, aunque parezca alejada por formato, género o medio de expresión, es un elemento que quiero llamar irónico desencanto.

El autor, a quien tuve la fortuna de conocer en Tenerife el año 2000, y con quien he compartido desde entonces largas conversaciones, no siempre del mismo lado, ha dedicado su energía creativa al cine, la fotografía y la literatura con la misma conciencia meditativa y, creo yo, de lacónica certeza con que defiende sus argumentos. El que contemple sus fotos, sus cortos –sobre todo Hijo, basado en un relato suyo– y sus textos narrativos y poéticos –como Pulsión del amigo, Los chinos y esta novela que comento–, descubrirá que lo que bulle allí dentro son convicciones que muy difícilmente cederán terreno a la chapuza y a la moda; a la lisonja al lector débil y a la complacencia de conciencias acomodaticias y sanchipanzadas. El que se enfrente, de verdad, a la obra de Melini, tiene que estar dispuesto a pensar, en el más amplio sentido de la palabra. Ah, olvidaba un detalle: Nicolás Melini también fue futbolista profesional, como Falo, el protagonista de esta novela negrísima y gore; así, pues, el deporte de esta novela no le es ajeno.

Francisco José M. C., conocido por todos como Falo, aún debe disimular su progresivo e inevitable declive: Ya nunca será el futbolista profesional que quizá soñó ser, ha perdido a sus seres queridos y vive con una chica, Silvia, a la que no está seguro de amar. El mundo se derrumba delante de sus ojos, cree él; en realidad, sólo ocurre que su verdadero yo ha salido a flote gracias a las circunstancias en que se encuentra: es un futbolista, sí, aún querido por algunos; pero sobre todo, y esencialmente, es un asesino. Ni caníbal ni violador: sólo un asesino. Él mismo no se comprende, cambia de opinión –o, mejor, de deseos– y ni siquiera sabe qué clase de episodio está protagonizando: “Quisiera contar lo que me pasa. Pero no se trata de ninguna historia: Qué género literario es todo esto que siento”, se pregunta, y nos induce a la duda: ¿Estamos leyendo una novela negra al estilo de las de Jim Thompson, o una historia triste y áspera como las que podríamos esperar de Bukowski o Fante? A mí me parece, sin embargo, hallar en estas páginas ecos metafísicos de El juez y su verdugo, de Friedrich Dürrenmatt. En El futbolista asesino la historia la cuenta el criminal, pero esto no es óbice para la presencia, siempre necesaria, de los agentes de la ley, que lo persiguen como perros de presa, aunque la descripción del hipotético detective queda a cargo del propio protagonista: “Me gustaría conocer al cabecilla de esta operación. (…) Seguro que se trata de una persona inteligente y tranquila. La tranquilidad es una virtud. También debe tratarse de una persona dotada con una buena dosis de mala leche, porque hace falta poseer una buena dosis de mala leche para actuar con tanta tranquilidad y sangre fría. (…) Saber dosificar la mala leche es la hostia de la inteligencia”.

Como no quiero contar el final, para no frustrar una primera y gozosa lectura, cuento el escalofriante principio que indicia de manera clara al personaje: Falo regresa a su casa en la noche, en taxi; va tranquilo, callado; pero algo lo perturba: El taxista “tiene en lo alto de la cabeza dos bultos de distintos tamaños”. Este desagradable detalle es suficiente para perturbar a Falo, que no encuentra otra salida sino abrirle la cabeza al pobre hombre para ver qué tiene dentro. Y, claro, lo mata, y allí comienza a aflorar su verdadero espíritu –y la ristra crímenes–. Un médico concluiría que se trata de un claro brote psicótico que trastorna el mundo del protagonista, cuya aspiración máxima es “disparar contra la luna. Apuntar bien con la punta del capullo y alcanzarla de un chupinazo. Pringarla y preñarla tan certeramente como si tuviera la NASA en los huevos”: A ver quién duda de que se trata de un lunático. Pero un escritor, en cambio, ve en esta escena inicial la locomotora que arrastrará toda la trama con éxito hacia su desenlace, la anécdota perfecta para comenzar una novela escandalosamente negra. Un buen escritor sabe que en cada uno de nosotros, que vivimos en una época líquida, desencantada y profundamente irónica, anida un Falo, y nadie se libra de las distorsiones que produce una escalera imposible de Escher –ni siquiera un futbolista mediocre–. Y allí está la (buena) literatura para recordárnoslo.


EL FUTBOLISTA ASESINO

Nicolás Melini

Casa de Cartón

Madrid, 2012

/ ebook: musaalas9.es, 2011