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21 crímenes de papel 17/21: Philip Marlowe, ese palimpsesto

La rubia de ojos negros. Una novela de Philip Marlowe, Benjamín Black

"La rubia de ojos negros. Una novela de Philip Marlowe", Benjamín Black

En “La rubia de ojos negros”, el irlandés John Banville se desdobla en Benjamin Black para firmarla y darle otra vida a Marlowe, el mítico detective creado por Chandler

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Siempre he pensado que “masculino” y “femenino” son adjetivos que sólo pueden aplicarse, con propiedad y en ciertas circunstancias, a aquellos sustantivos de significado contrario. Es una de las formas más sublimes del oxímoron. Sólo una mujer puede resultar “masculina”; sólo un hombre puede parecer “femenino”; pues a mí me parece una redundancia algo afectada decir que una mujer es muy femenina o que un hombre es muy masculino; ¿y qué otra cosa deberían ser, entonces? Sería como decir de un tigre que es muy felino, o de un elefante que es extraordinariamente proboscidio.

Para leer La rubia de ojos negros, esta pequeña hazaña de John Banville (Wexford, Irlanda, 1945) en su traje literario de Benjamin Black, sugiero tener en cuenta la reflexión que acabo de hacer. Los herederos de Raymond Chandler, el creador de ese formidable detective con apellido de dramaturgo isabelino, Philip Marlowe, pidieron a Banville –ganador del premio Príncipe de Asturias de las Letras– que resucitara al personaje en una nueva aventura, y este se ha empeñado en recrear –y ha cumplido con creces– una novela muy chandleriana; tanto, que ni siquiera el propio Chandler habría logrado escribir como él –pues así como un gato no puede fingir ser gato, tampoco Chandler habría podido escribir como Chandler–. Banville ha rascado a conciencia en las novelas donde aparece el personaje y con los residuos obtenidos ha dado forma a su frankenstein novelesco para goce de los aficionados al género. Ya en 1988 el escritor Robert B. Parker terminó una novela inacabada del autor, Poodle Springs (1959; Crimen perfecto, en español), al parecer con poco éxito de público y de crítica –pero ya se sabe, desde el fallido y farragoso Quijote de Avellaneda, que las copias nunca dan buenos resultados–.

Advertido  de esto, Banville no se ha propuesto hacer una copia de Chandler, sino algo más interesante: ha ensayado un palimpsesto. “Hace poco descubrí una bonita palabra: palimpsesto. El diccionario dice que es un manuscrito antiguo en el que se borró parte del texto original para escribir encima uno nuevo. El asunto del que yo me ocupaba tenía algo de eso”. Y siguiendo, quizá inconscientemente, la tradición de los monjes medievales irlandeses, Banville ha regresado para salvar parte de esta civilización en forma de estructura policial. A un lector atento no se le escapará que remedar a Chandler entraña un peligro adicional, además del inherente al riesgo de convertirse en una mala copia: las propias palabras de Chandler. En un librito suyo, que recomiendo tener a mano mientras se lea esta novela, El simple arte de escribir, el padre del que es quizá el detective más famoso del cine negro suelta poderosas cargas de profundidad que Banville habrá tenido en cuenta para esquivarlas: “si un hombre no puede elegir su compañía ni siquiera en las novelas, las cosas están mal”; “de todas las formas del arte, el realismo es la más fácil de practicar, porque de todas las formas mentales la mente chata es la más común”; “hacer que una escena improvisada parezca inevitable es toda una hazaña”; y, quizá la más útil y wagneriana de todas, “nunca conozcas a un escritor si te gustó su libro”.

Benjamin Black, como tributo pero también por coherencia interna del género –según el cual en las sagas más o menos han de aparecer, o ser mencionados, los mismos caracteres principales además del protagonista–, recupera personajes de novelas chandlerianas como Terry Lennox y Mendy Menéndez, de El largo adiós (1953); Rusty Regan, de El sueño eterno (1939); y la inefable novia/esposa de la que al final Marlowe se divorcia, Linda Loring –hija del magnate Harlan Potter– de El largo adiós, Playback (1958) y la inconclusa Poodle Springs. Con ellos merodeando por las páginas, más la recreación del sur de California de los años cincuenta, los nuevos personajes que él introduce y la historia, algo convencional, que recrea, levanta una novela que en poco más de trescientas páginas ofrece lo que todo lector de Chandler espera: mucha ironía del protagonista, muchas palizas, asesinatos a veces tan crueles que parecen sacados de cuentos de Poe y mucha reflexión en primera persona que habla más del que mira que de lo mirado. Y, por supuesto, una rubia abre la novela y una rubia la cierra con su aroma, sus piernas largas, su cabello olímpico y su enigmático secreto. Mujeres que reflexionan como en el cine: “Se llevó el índice a la mejilla  y presionó hasta crear un hoyuelo mientras alzaba los ojos al techo. Me imaginé el texto en el guión: ella se detiene para pensar”.

Sin embargo, algo nos dice que esto no es Chandler, sino un placebo; y por más palimpsesto que sea, no termina de desprender el inquietante aroma de las novelas de escritor estadounidense. Demasiado uso de las descripciones, demasiado limpio todo, demasiado calculado. Poca improvisación y muchísima ironía (“¡Hey, que no soy Chandler, que es un disfraz, que soy Banville con voz de Chandler!, ¿a que soy igualito?”). Pero estas son las trampas de nuestro tiempo; ya no entramos en la cueva de Altamira, sino en una réplica de la cueva; ya no comemos mantequilla de verdad, sino algo amarillo y grasoso que se le parece; ya no nos sorprendemos, sino hacemos que nos sorprendemos; ya no leemos a Chandler, sino que simulamos que leemos al sucesor de Chandler. Así, quizá, comenzó a leerse Don Quijote de La Mancha, como remedo de las novelas de caballerías; y si Banville persevera y tiene suerte, puede que al final le ocurra lo mismo y esté a las puertas de un nuevo género –el palimpsesto policial– para estos tiempos líquidos y manieristas.

LA RUBIA DE OJOS NEGROS. UNA NOVELA DE PHILIP MARLOWE
Benjamin Black
Traducción de Nuria Barrios
Alfaguara
Madrid, 2014