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21 crímenes de papel 13/21: Matar sin querer

Retrato de Junichirō Tanizaki / Fotografía tomada de Internet

Retrato de Junichirō Tanizaki / Fotografía tomada de Internet

Junichirō Tanizaki publicó por primera vez “En el camino” en la revista “Kaizo” en 1920. “Tojo” es su título original y es la obra que ocupa esta entrega de Juan Carlos Chirinos

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Junichirō Tanizaki (Japón, 1886-1965) es uno de los grandes nombres de la literatura japonesa del siglo XX y, junto a él, se hallan nombres como Ōgai Mori, Natsume Sōseki, Ryūnosuke Akutagawa, Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Kōbō Abe. Algunos de estos autores son más conocidos que otros aquí, en Occidente; y algunas de sus obras se han convertido ya en referentes para escritores y lectores curiosos: la hermosísima El marino que perdió la gracia del mar, de Mishima; el célebre relato Rashōmon, de Akutagawa; o la delicada La casa de las bellas durmientes, de Kawabata, son textos que circulan con asiduidad entre los lectores en español y, de hecho, la última novela publicada por Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes, es una (mala) “imitación” de la novela de Kawabata. Y a pesar de que Tanizaki no es de los menos traducidos, no ha sido sino hasta ahora cuando he tenido ocasión de leer algo suyo. Y me alegro de haber comenzado con este En el camino, que fue apreciado como una innovación del relato policiaco en Japón. Por mi parte, debo decir que si no fuera por Los agentes fantasmas y el Capitán Centella (¡cómo olvidar al señor Iwai!), no tendría noticia del género en el país la flor de crisantemo. No cabe duda que tantos dibujos animados japoneses vistos en mi infancia me han predispuesto favorablemente a la literatura de ese país.

Debo al azar, y a la amistad que va uniendo puntos concordantes en el mundo, la suerte de haber conocido a Ryukichi Terao, profesor y traductor del español al japonés y viceversa; entre sus trabajos, mencionaré solo dos, con la intención de señalar su versatilidad: al español, el sesudo Adiós, libros míos, de Kenzaburō Ōe; y al japonés, el siempre desternillante (y experimental) Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. Y eso que apenas ha trasvasado la barrera de los cuarenta años. Pero él mismo me ha dicho: “dentro de cuarenta años, seguiré traduciendo”. Ojalá que así sea, sobre todo si es para verter a nuestro idioma relatos tan bien construidos como este de Tanizaki (entiendo que Ednodio Quintero ha colaborado con Ryukichi en la versión española), que aún sigue inédito, pero que él amablemente me ha permitido leer para comentarlo en esta serie de crímenes semanales.

En el camino relata la historia del abogado Katsutaro Yugawa, empleado de T.M. Tokyo, S.A., que se dirige a su casa de lo más contento porque acaba de cobrar su sueldo y además un bono, dinero con el que pretende agasajar a su adorada esposa, Kumako. En el camino es interceptado por el señor Ichiro Ando, detective privado, que está haciendo unas averiguaciones y requiere la ayuda del abogado. Un tanto incómodo porque no le parece apropiado entablar una conversación larga con un extraño en plena calle, accede a caminar junto al detective mientras este le explica las razones para su intempestiva interrupción. Además, el detective viene con una nota de recomendación de un amigo. Hambriento, el abogado Yugawa, se dispone a oírle. El detective Ando necesita comprobar algunos detalles de una persona que se va a casar, y Yugawa comprende: siempre la familia de la novia quiere asegurarse antes de entregarla al desconocido; él es abogado y ha tenido varios casos así. Pero el relato da un giro de 180 grados cuando el detective le dice que la persona que él está investigando es él mismo. “¡Pero si yo ya estoy casado!”, protesta el abogado, pero no casado legalmente, así que la familia de Kumako, su esposa, le ha pedido que lo investigue. Cosa que, nos enteraremos poco a poco, el detective ha hecho a conciencia. Resulta que el abogado había estado casado anteriormente y su esposa, Fudeko, había muerto de tifus. Pero siendo una mujer de débil constitución física, había padecido gripes y todo tipo de enfermedades que no la mataron pero que fueron debilitándola cada vez más; y, encima, también con algo de mala suerte, pues en varias ocasiones estuvo a punto de morir en accidentes absurdos –en un taxi, asfixiada en un hospital–. La suma de todas estas circunstancias es lo que pone en guardia al detective que, al final, y por medio de la deducción tan cara al género, le va explicando al asombrado abogado por qué esas enfermedades y esos accidentes en realidad fueron intentos de asesinato que él planeó contra Fudeko para poder casarse con la nueva esposa, Kumako. Al final del paseo, ya cerca de su despacho, Ando le dice: “El padre de su esposa anterior lo está esperando en mi casa esta noche. No se asuste tanto y venga conmigo un ratito”. Derrotado, el inocente abogado sabe que ha sido descubierto.

He aquí un ejemplo de gran brillantez en el que la poderosa deducción de un detective –aderezada con esa cortesía exquisita de Japón– ilumina con la oscura luz del crimen lo que antes parecía simple casualidad o negro hado de la víctima. Pero no hay asesino inocente, y ninguno mata sin querer. No dejen de leerlo, y de seguir, por ahí, la vía de la mejor literatura japonesa.